En el nº 13 de los “Cuadernos de la cárcel” Gramsci califica al Partido Comunista de “Príncipe moderno”. Al igual que el Príncipe de Maquiavelo su objetivo es fundar un nuevo tipo de Estado. El Estado proletario que se trata de establecer ha de poner fin a la sociedad de clases y abolirse por tanto a sí mismo como Estado, dado que todo Estado está vinculado a un conflicto de clases. Esta abolición debe corresponder para Gramsci a la transición de un poder que descansa en última instancia en la coerción a una “sociedad regulada” en la que el autogobierno sea la regla.

Como recuerda Perry Anderson en “Las antinomias de Gramsci” [1978]: “es importante recordar el conocido principio marxista de que la clase obrera bajo el capitalismo es inherentemente incapaz de ser la clase naturalmente dominante a causa de haber sido estructuralmente expropiada, por su posición de clase, de algunos de los medios esenciales de producción cultural (educación, tradición, ocio), a diferencia de la burguesía de la Ilustración que pudo generar su propia cultura superior dentro del marco del “ancíen régime”.

La innovación a gran escala no acontece durante la onda larga de estancamiento relativo que precede a una revolución tecnológica porque las expectativas de ganancia son mediocres. Una verdadera revolución tecnológica implica una revisión radical de las técnicas básicas utilizadas en todas las esferas de la producción y de la distribución capitalista, incluyendo los transportes y las telecomunicaciones. Cuando se produce, ésta es ya de por sí de larga duración.

Una verdadera revolución tecnológica significa, al menos en su primera fase, grandes diferencias en los costes de producción entre aquellas empresas que ya aplican la técnica revolucionaria y aquéllas que no la aplican o la aplican sólo de forma marginal. En estas condiciones las rentas tecnológicas tienden a elevar la tasa media de ganancia y no se realizan a expensas de las empresas menos productivas.

El clima general expansionista atrae enormes olas migratorias de mano de obra subempleada y a pequeños productores de mercancías empobrecidos de la periferia del capitalismo industrial a los centros metropolitanos.

La fiesta por excelencia de los y las trabajadoras es el 1º de Mayo. Todo comenzó en los EEUU en el año 1886 donde se había iniciado por parte de la clase trabajadora una lucha en pos de conseguir la jornada laboral de 8 horas, cuando la única limitación existente era que en algunos Estados se prohibía que una persona trabajase más de 18 horas al día. El sindicato más fuerte en ese momento amenazó a la patronal con una gran huelga si no accedía a la petición de que la jornada de trabajo fuese de 8 horas a partir del 1 de mayo de 1886.

Las y los 340.000 trabajadores que no vieron cumplida su demanda comenzaron una huelga el 1º de mayo. En Chicago se inició con una manifestación de más de 80.000 trabajadores liderados por Albert Pearsons. A las puertas de la fábrica Mc Cormick los enfrentamientos se tornaron sangrientos entre la policía y los trabajadores cuando esta disparó contra los manifestantes produciéndose más de tres muertos entre los obreros, y muriendo más trabajadores los días siguientes. El 4 de mayo estalló un artefacto durante una concentración en la plaza Haymarket matando a 15 policías. Las autoridades responsabilizaron a las y los concentrados y hubo más de 30 detenidos. Todos fueron condenados, cinco de ellos fueron ahorcados y otros tres condenados a prisión perpetua.

La Internacional Socialista se propuso, en 1889, reivindicar la jornada de ocho horas para todas las personas trabajadoras del mundo, y se haría mediante una gran manifestación en todos los países en honor a los cinco mártires de Chicago.

La teoría de las ondas largas en la historia de la economía capitalista es de origen claramente marxista. El análisis marxista de las ondas largas se basa esencialmente en los movimientos a largo plazo de la tasa de ganancia que, en última instancia, determinan a largo plazo ritmos más rápidos o más lentos de la acumulación de capital (del crecimiento económico y de la expansión del mercado mundial). Estas ondas largas son más evidentes en las economías de los países capitalistas más avanzados, y más, en la producción mundial en su conjunto, que en las economías de los países capitalistas considerados aisladamente.

La acumulación de capital tiene su origen en la producción de mercancías, valor y plusvalor, y en su realización subsiguiente. Por tanto, los indicadores clave de las ondas largas son movimientos que se refieren a la producción y venta de mercancías. Y dado que Marx consideraba que el mercado mundial era el verdadero marco de las fluctuaciones económicas, la producción industrial y las estadísticas de las exportaciones mundiales aparecen nítidamente como los dos indicadores clave.

La teoría de las ondas largas en la historia de la economía capitalista es de origen claramente marxista. El análisis marxista de las ondas largas se basa esencialmente en los movimientos a largo plazo de la tasa de ganancia que, en última instancia, determinan a largo plazo ritmos más rápidos o más lentos de la acumulación de capital (del crecimiento económico y de la expansión del mercado mundial). Estas ondas largas son más evidentes en las economías de los países capitalistas más avanzados, y más, en la producción mundial en su conjunto, que en las economías de los países capitalistas considerados aisladamente.

La acumulación de capital tiene su origen en la producción de mercancías, valor y plusvalor, y en su realización subsiguiente. Por tanto, los indicadores clave de las ondas largas son movimientos que se refieren a la producción y venta de mercancías. Y dado que Marx consideraba que el mercado mundial era el verdadero marco de las fluctuaciones económicas, la producción industrial y las estadísticas de las exportaciones mundiales aparecen nítidamente como los dos indicadores clave.

Es una teoría económica que considera que el valor de un bien o servicio está determinado por la cantidad de trabajo necesario para producirlo, no por la utilidad que le encuentre el propietario.

Adam Smith entendía que el valor era la cantidad de trabajo que uno podía recibir a cambio de su mercancía. Se trata de la teoría del valor comandado o adquirido. Pero se encuentra que así no logra explicar los conceptos de beneficio y renta, además de que la venta de la fuerza de trabajo humana no era percibida por un comprador común. Esto le lleva a la teoría de los costes de producción, en la que el valor de las mercancías estaba dado por la cantidad de trabajo incorporado en ellas. Dos son los problemas principales que encontró esta teoría:

1.- En el mercado no se puede saber cuánto trabajo incorporado tiene una mercancía.

2.- Si el trabajo es la fuente de valor de la mercancía el obrero debía ser el que se viera beneficiado de este.

Hay dos maneras históricas de circulación de la mercancías, que a veces se suele confundir; la primera representa los primeros estadios de la economía mercantil, la génesis del capitalismo y se representa a través de esta fórmula Ma-D-Mb, la segunda fórmula de la circulación de mercancías, ésta plenamente capitalista, es: D-M-D’. En la primera fórmula (la mercantil) se utiliza el dinero como lo que es en un contexto de mercado: como un medio para facilitar el intercambio entre una mercancía Ma que se vende para conseguir otra Mb. En cambio en el intercambio capitalista se invierte capital para una vez operado a través de las mercancías, obtener más dinero: expresada de otra forma; C-M-C+P, donde el capital inicial C se compone del llamado capital constante Cc y el capital variable Cv, y donde el capital constante es el utilizado para comprar maquinaria, edificios para las fábricas y oficinas, propaganda, impuestos y demás mientras que el capital variable es el utilizado para comprar fuerza de trabajo.

Ya Engels dibujó lo que es una crisis económica capitalista en el Anti-Dühring: “El comercio se paraliza, los mercados están sobresaturados de mercancías, los productos se estancan en los almacenes abarrotados sin encontrar salida, el dinero efectivo se hace invisible, el crédito desaparece, las fábricas paran, las masas obreras carecen de medios de vida precisamente por haberlos producido en exceso, las bancarrotas y las liquidaciones se suceden unas a otras. El estancamiento dura años enteros, las fuerzas productivas y los productos se derrochan y destruyen en masa, hasta que, por fin, las masas de mercancías acumuladas, más o menos depreciadas, encuentran salida, y la producción y el cambio van reanimándose poco a poco. Paulatinamente, la marcha comienza a andar al trote; el trote industrial se convierte en galope y, por último, en una carrera desenfrenada, en una carrera de obstáculos que juegan la industria, el comercio, el crédito y la especulación, para terminar finalmente, después de los saltos más arriesgados, en la fosa de una crisis”, lo que nos permite comprobar que las tan cacareadas crisis se producen inexorablemente en el marco de las relaciones de producción capitalistas. Todos los afectados –el conjunto de la sociedad- consideran y tratan a la crisis como algo fuera de la esfera de la voluntad y el control humanos, un golpe fuerte propinado por un poder invisible y mayor, como si fuera un terremoto o una inundación, una prueba enviada desde el cielo.

Comenzaremos estas líneas recordando un Poema de Bertolt Brecht titulado “Canción del comerciante”:

Río abajo hay arroz,

río arriba la gente necesita el arroz.

Si lo guardamos en los silos,

más caro les saldrá luego el arroz.

Los que arrastran las barcas recibirán aún menos.

Y tanto más barato será para mí.

Pero ¿qué es el arroz realmente?

¡Yo qué sé lo que es el arroz!

¡Yo qué sé quién lo sabrá!

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