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En el nº 13 de los “Cuadernos de la cárcel” Gramsci califica al Partido Comunista de “Príncipe moderno”. Al igual que el Príncipe de Maquiavelo su objetivo es fundar un nuevo tipo de Estado. El Estado proletario que se trata de establecer ha de poner fin a la sociedad de clases y abolirse por tanto a sí mismo como Estado, dado que todo Estado está vinculado a un conflicto de clases. Esta abolición debe corresponder para Gramsci a la transición de un poder que descansa en última instancia en la coerción a una “sociedad regulada” en la que el autogobierno sea la regla.

Como recuerda Perry Anderson en “Las antinomias de Gramsci” [1978]: “es importante recordar el conocido principio marxista de que la clase obrera bajo el capitalismo es inherentemente incapaz de ser la clase naturalmente dominante a causa de haber sido estructuralmente expropiada, por su posición de clase, de algunos de los medios esenciales de producción cultural (educación, tradición, ocio), a diferencia de la burguesía de la Ilustración que pudo generar su propia cultura superior dentro del marco del “ancíen régime”.

Reich escribe en junio de 1934: “Mientras nosotros exponíamos a las masas magníficos análisis históricos y disquisiciones económicas sobre las contradicciones interimperialistas, ellas se entusiasmaban por Hitler desde lo más profundo de sus sentimientos. Habíamos dejado la práctica del factor subjetivo, por decirlo con Marx, a los idealistas y nos habíamos convertido en materialistas mecanicistas y economicistas”.

En el cuaderno nº 4 Gramsci afirma que, si cumple perfectamente su papel, el Partido está abocado a desaparecer, pues representa al proletariado clase cuyo interés histórico es la superación de toda división de las sociedades humanas en clases y cada partido no es más que una expresión de clase.

Para hacer la revolución el Partido ha de luchar contra el Estado existente. Esto le lleva a adoptar una organización centrada y disciplinada. Tiene que aceptar –en palabras de Gramsci- “el hecho primordial, irreductible en el que se basa la ciencia y el arte políticos, la distinción entre dirigentes y dirigidos. Sin embargo, por otro lado, quiere precisamente abolir esta distinción.

El Partido debe estar centralizado y dotado de una dirección fuerte: en primer lugar constituye el principal factor de unificación de las masas y para triunfar en la lucha de clases es imprescindible la unidad. De acuerdo con la concepción leninista desarrollada en “¿Qué hacer?” sólo un partido formado por “revolucionarios profesionales” bien formados puede llevar a cabo una verdadera lucha de clases política, dirigida contra el Estado y la sociedad de clases en su conjunto, y no solamente una serie de luchas parciales, limitadas a un nivel principalmente económico. Sin embargo, la función del Partido no se reduce a una función de dirección y organización político-militar, sino que debe cumplir antes que nada un papel educativo e intelectual. Su labor política debe ser concomitante a su esfuerzo por elaborar, desarrollar y difundir entre las masas “una nueva concepción del mundo”. Las teorías verdaderamente revolucionarias nacen de la educación recíproca de los intelectuales y las masas. El Partido no es únicamente un instrumento que permite crear el comunismo. Sino que se entiende que ha de ser un “islote de comunismo” realmente existente. El Partido puede caracterizarse por una dirección extremadamente firme sin sacrificar por ello la relación flexible y profunda que debe mantener con las masas. La acción del Partido ha de dirigir, encuadrar y organizar a las masas, pero no debe sofocar las iniciativas populares ni la espontaneidad de las masas.

El centralismo democrático es un centralismo en movimiento, o sea, una continua adecuación de la organización al movimiento real, un contemporizar los impulsos de abajo con el mando de arriba, una inserción continua de los elementos que brotan de lo profundo de la masa, en el marco sólido del aparato de dirección que asegura la continuidad y la acumulación regular de la experiencia.

La fragmentación organizativa y la falta de coherencia en la acción del partido no es ni mucho menos una garantía de funcionamiento democrático: al contrario, permite que se expresen directamente los intereses corporativos y los oportunismos de toda clase. Gramsci define claramente la concepción de disciplina militante: “todo miembro del Partido, cualquiera que sea la posición o el cargo que ocupe, sigue siendo un miembro del Partido y está subordinado a la dirección de éste”

Hoy es más actual que nunca lo que dijo Gramsci en mayo de 1925, publicado en 1931 en “Lo Stato operario”: Para que el Partido viva y esté en contacto con las masas hace falta que cada miembro del partido sea un elemento político activo, un dirigente. Precisamente por el hecho de que el partido está fuertemente centralizado, hace falta una amplia labor de propaganda y agitación en sus filas y es necesario que el partido, desde el punto de vista organizativo, eduque a sus miembros y eleve su nivel ideológico. Centralizar quiere decir justamente hacer posible que, cualquiera que sea la situación, incluso en un estado de sitio agravado, cuando los comités dirigentes no pueden funcionar durante un tiempo o no están en condiciones de poder reunirse con sus subordinados, todos los miembros del partido, cada uno en su entorno, estén en condiciones de orientarse, de saber extraer de la realidad los elementos con los que fijar un rumbo, a fin de que la clase obrera no se sienta abatida, sino que tenga la sensación de estar guiada y se vea todavía capaz de luchar. La preparación ideológica de masas es por tanto una necesidad de la lucha revolucionaria; es una de las condiciones indispensables de la victoria”.

Área ideológica del CC