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Erase una vez la transición, los Pactos de la Moncloa, la democracia burguesa como envoltorio de la continuidad del estado franquista, de su clase política, de sus estamentos jurídicos, militares, clericales…La continuidad de la dictadura del capital adaptada a otras formas.

Una larga lista de leyes represivas jalonan estos 40 años. La Ley Corcuera, del primer gobierno del PSOE (año 82), Ley de extranjería, Ley de derecho de reunión, manifestación y huelga, constreñidos esos derechos a estrictos y rígidos requisitos administrativos para su ejercicio, ley de partidos políticos, consagrando la posibilidad de ilegalización de cualquier organización política que no acepte el marco jurídico constitucional, es decir, la “sacrosanta” constitución de 1978. En los años 80 y 90 se recortaban derechos y libertades con los argumentos de la “colisión de derechos” y la necesaria convivencia y en el S.XXI hemos pasado del discurso de la seguridad al de la legalidad. Pero siempre legitimándose la represión de los derechos de las capas populares, abriéndose paso el derecho penal de autor, criminalizando el pensamiento y desde luego la disidencia. Instaurándose, en definitiva, el delito de opinión y todos y todas (especialmente quienes se organizan en la lucha contra el sistema capitalista) somos susceptibles de una acusación de terroristas o de sedición por defender el derecho de autodeterminación.

Los derechos y libertades en el mundo capitalista retroceden por doquier, en el ámbito político y en el ámbito laboral, del que a veces se tiende a excluir este retroceso, asumiendo como normal y necesarios esos recortes de derechos laborales en aras de la "competitividad" o de la salida de la crisis. Pero no sólo hay maltrechos derechos individuales y colectivos cuyo ejercicio en el marco de las sociedades capitalistas, siempre estará constreñido, limitado y, pueden desaparecer según las necesidades que tengan las clases dominantes. También la represión, la arbitrariedad de uniformados, la tortura, son algo que se ha ido convirtiendo en una tendencia en esta sociedad. La violencia cotidiana ejercida por uniformados contra ciudadanos y ciudadanas, brutal y, por lo general, impune, dada la complicidad del aparato judicial, es habitual en las calles de la mayoría de nuestras ciudades y escapa al control social y democrático del conjunto de la sociedad.  

Esta violencia salvaje es el producto de una sociedad cuyas relaciones sociales son la expresión de la explotación, la violencia y la opresión. El estado burgués no  tiene otra forma de responder ante las consecuencias de sus políticas, derivadas de la creciente acumulación de capital y la expropiación por parte de una minoría social, que el recurso sistemático a la violencia. Una violencia que es cotidiana como manera de expresión de una dominación de clase. Las videocámaras en las calles y en los centros de trabajo, la seguridad privada, los cuerpos uniformados, la violencia institucionalizada son la expresión de unas relaciones sociales, políticas y económicas ya podridas y descompuestas, son la expresión de un capitalismo parasitario y reaccionario.

Enfrentar el capitalismo en descomposición y crisis estructural, dotado de un inmenso poder coercitivo y de enorme violencia, que intenta mantenerse en pié, requiere enfrentar a quiénes se resignan, a quienes creen que la crisis pasará o es cuestión de gestores, a quienes piensan que dentro de la Unión Europea cabe una parte social, a equidistantes que evitan mojarse porque la represión actual es por una cuestión nacionalista… tendremos que hacerlo y sumando a nuestra justa causa a las amplias mayorías de explotados y desposeídos, pues sólo desde la lucha de masas hay alternativa razonable para los pueblos.

La militancia y las organizaciones obreras, en estos momentos de desarrollo de la lucha de clases, habrán de estar preparadas para una intensificación de la persecución política, policial y judicial y para su criminalización social. Es imposible el cumplimiento de los derechos reales de la mayoría cuando responden a los intereses de la clase explotadora, por tanto, acabar con este régimen de opresión y explotación es la única salida, nuestra alternativa. 

María Luna