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Menos mal que no ha llegado la sangre al río porque hemos pasado unos días horribles.

Las cosas transcurrían bien en la isla de Palma, hasta que llegó la hora de Misa. No podemos imaginarnos qué ocurre ahí dentro cuando el cura levanta el cáliz, pero los feligreses se transforman en seres furibundos y coléricos, se enzarzan a la salida y las hostias se reparten en el pórtico como si no hubiera un mañana.

Esta vez, la trifulca se dio entre las mujeres de la más ejemplar familia de todas las Españas. Siglos y siglos sin que ocurriera nada digno de mención y por un quítame allá estas pajas, se desató la camorra.

Resulta que la griega quería una instantánea con las cachorras, pero la asturiana, dando por hecho que una foto con la yaya era peor que una maldición divina, sacó pecho y dijo que ni hablar del peluquín.

La que se montó fue aterradora. Letizia, trataba de hacer quiebros a la suegra, pero el efecto de los botox la mantenía rígida y con un ademán almidonado y agarrotado, mientras Doña Sofía, con los ojos puestos en el fotógrafo, remolcaba a las infantas de diestra a siniestra buscando el flash. Planearon codazos y guantazos como si de un combate de lucha leonesa se tratara, pero la bruja de la suegra se escurría como una anguila del río Mylopotamos y la regente intentaba remachar a las churumbelas en el parterre.

Para fortalecer la arremetida de su madre, la heredera le hizo una llave de judo a la “agüela” que a punto estuvo de partirle el brazo. La segunda criatura mostraba una sonrisa absorta, como dibujada.

Don Felipe, con la mismísima cara del crucificado, miraba a la parienta, luego a su madre, luego al cielo, luego al suelo como esperando que se lo tragara el abismo...

El ex de Corinna, muleta en ristre, se preguntaba cómo Dios que sana enfermos y cura leprosos no era capaz de sosegar el fulgor satánico de aquellas dos lobas.

Y nosotros, los súbditos, esperábamos ávidos que alguna de las contendientes acabara su labor y en una descarga derribara a la contraria… ¡pero no! Dios operó el milagro, y volvieron juntos a Marivent a comerse una barbacoa...

¡Ah! pero la prensa que es muy despiadada y cruel y, no sabemos por qué razón está bastante hostil con la familia real, empezó a levantar infundios contra la monarquía que es una institución aristócrata, magnánima, desinteresada y bondadosa.

Días más tarde, Don Juan Carlos, que llevaba un año en lista de espera para una intervención de las piernas, porque él siempre anduvo en malos pasos, fue citado para la operación y allí compareció, nuevamente, su excelsa parentela.

¡Daba gusto verlos! Antes de entrar al manicomio, la palaciega familia hace un posado para los fotógrafos de lo más afectuoso y afable. Eso sí, Doña Letizia se lió a darle golpetazos benéficos, con el bolso, en sendas corvas, a la nena mayor porque no había forma humana de que se arrimara a la abuela paterna. Salvando ese pequeño contratiempo, aquello era una balsa de aceite. Las puertas del hospital eran las puertas del cielo, todo eran besos, arrumacos y zalamerías. Las reinas (porque tenemos dos) parecían seres mortales, sonreían y movían las manos haciendo vaivén. Las niñas con unas sencillas gabardinitas de 775 €, tras la agresión materna con el bolso, acercaban sus angelicales cabecitas a la caja torácica de la octogenaria abuelita y aquella estampa, desdichadamente fugaz, acalló a los deslenguados murmuradores que se empecinan en contar que en la familia real no hay cariño ni avenencia.

Por si esa escenificación no fuera suficiente, para exteriorizar la cordial familiaridad que existe en casa de los Borbones, Doña Letizia volvió a dejar constancia de la estrecha campechanía que singulariza a la dinastía y, para desterrar chismorreos y monsergas, en la cena ofrecida al Presidente de Portugal, con la natural elegancia que la distingue, se colocó en “to lo más alto” una tiara de Cartier con motivos egipcios, muy sencillita que fue un regalito de su suegra, gesto que, aunque nosotros veamos rudimentario, tuvo una proyección internacional inigualable.

Y bueno, hoy tenemos el placer de comunicar a nuestro respetable público, que, hasta el momento, la quietud y la paz han vuelto a la Zarzuela. Que las niñas han mejorado en la práctica del judo y que son capaces de despedazar el brazo de la yaya o de quien se ponga delante. Que la abuela se ha comprado un palo de selfies y no volverá a pedir una foto ni en Pascua, ni en Ramos ni en el día de la Constitución. Que Juan Carlos, desde que ha dejado los elefantes, padece dolorosos espasmos en los perniles. Que Felipe, ante las temerarias embestidas de su esposa, en sus delirios románticos sueña con un príncipe saudí y que Doña Letizia está en conversaciones con Marinos porque está preparando una fracción a la griega con características asturianas.

Telva Mieres