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Afirmaba el inmenso escritor alemán Alfred Döblin en su libro Karl y Rosa, que los nazis “presentan la inmundicia como lo más auténtico en los seres humanos, como su naturaleza” y ha de servirnos su brillante afirmación para empezar a valorar algunos de los hechos que vienen produciéndose en los últimos años en la Unión Europa y que, por su estética y contenido político, no dejan de recordarnos aquellos lamentables momentos de nuestra historia más reciente.

Vaya por adelantado la respuesta negativa a la pregunta inicial, únicamente por las dos sencillas razones de que en la actualidad les falta la fuerza organizativa de masas que alcanzó el nazifascismo en los años treinta del siglo pasado y porque la ausencia de fuerza y pujanza de las organizaciones del movimiento obrero no se lo exige a la burguesía. Sin duda, de existir un escenario de la lucha de clases diferente en el que la ofensiva de las organizaciones obreras quebrara sus planes de dominación, las bases ideológicas para desarrollar un movimiento político de doctrina similar al nazifascismo están perfectamente sembradas y preparadas para germinar en muchos de los países de la actual UE. La profunda crisis estructural que vive la UE en su conjunto y, especialmente, muchos de los países de su periferia, es el abono sobre el que se construye esta ideología del abuso y la dominación sobre el otro, contra quien se nos presenta como “distinto” en razón de una identidad construida única y exclusivamente desde las necesidades de las clases dominantes y no desde la posición respecto a la propiedad de los medios de producción (obreros vs burgueses).

Se nos asusta desde la siempre circunspecta socialdemocracia del riesgo de quiebra de los valores humanistas y democráticos fundacionales de la UE, pero este es un cuento que ya solo alerta a los muy cínicos o a los muy ignorantes. Fuera de sus fronteras jamás la civilizada Europa dejó de exportar guerras, imponer tiranos y expoliar recursos, condenando a multitud de pueblos a la violencia, el hambre y la muerte. En su interior construyó amplios consensos sociales con la plusvalía adicional ganada con la sobreexplotación y el saqueo del llamado Tercer Mundo; capital extra para comprar y mantener callada a una clase obrera que, mayoritariamente, siempre fue cómplice de lo evidente y compró su conciencia con la caridad. Muchos renunciaron a cambiar la sociedad y su aspiración se limitó a tratar de vivir como nuestros enemigos de clase vendiendo cada vez mejor nuestra fuerza de trabajo.

Pero el capitalismo siempre entra en crisis y la magnitud de ésta, la que hoy sigue asolando nuestros derechos y libertades, ha hecho que se rompan las bases materiales de los consensos sociales que construyeron el llamado estado del bienestar que durante décadas disfrutaron la aristocracia obrera y la pequeña y mediana burguesía, y se genere un escenario diferente. Ya no hay plusvalía extras para repartir y la explotación de las nuevas generaciones de trabajadores y trabajadoras crece paralela al aumento de la proletarización de la pequeña burguesía incapaz de resistir el imparable proceso de concentración de la riqueza que vivimos.

Y, cómo no, el escenario - que necesariamente sigue estando marcado por la lucha de clases porque así es como se construye la Historia-, se transforma y se radicaliza en el peor de los contextos posibles para el futuro de la Humanidad. Tras décadas de entreguismo ideológico de la mayoría de las organizaciones políticas y sindicales de la clase obrera, la conciencia de la pertenencia a una clase social se ha diluido y el enemigo ya no es quien nos explota, sino el que nos dicen que compite por un puesto de trabajo con nosotros/as. En ese momento es en el que se desarrolla la ideología nazi y fascista, llámese como se quiera llamar ahora, y así es como se construyen sus bases: de la mano de las necesidades del capitalismo; no desde los liderazgos y partidos que, de alguna u otra manera, lo reivindican. Acabando con Urban, Le Pen, Salvini, Alternativa por Alemania o el dueto de Casado y Rivera, la UE no saldrá de la escalada represiva y autoritaria que le impone la gestión de la crisis estructural y general del capitalismo.

La decisión es otra, está en nuestras manos y simple y llanamente pasa por recuperar la referencialidad clasista que nos enfrente a quien nos explota y no a quienes, como nosotros y nosotras, luchan por ganarse el pan vendiendo su fuerza de trabajo. Nos corresponde a los Partidos Comunistas lanzar este mensaje internacionalista y de clase para, desde esas premisas ideológicas, rearmar la contraofensiva obrera y popular capaz de construir la amplia mayoría social que ponga fin y derrote definitivamente a este ejército de “tenderos cabreados” al servicio de los grandes monopolios.

Julio Díaz