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Ante la noticia que nos ha sacudido esta semana, donde un padre de Madrid dejó olvidado a su bebé en el coche camino a la guardería, y se fue a trabajar, se han alzado todo tipo de opiniones al respecto.

Como si la tragedia no tuviera suficiente voz. Como si no fuera un grito ensordecedor por sí misma, ante la cual guardar un doloroso silencio. Para alguna gente, este hombre, inmerso ahora mismo en la desgracia más absoluta, es un mal padre.

El buen padre en este sistema, es el que provee. Y para proveer, hay que ser un buen trabajador. Un buen padre lleva a sus cuatro hijos a la escuela y guardería, y un buen trabajador acaba rápido esa tarea, aparca el coche y coge el tren a tiempo para llegar a su puesto de trabajo. En algún momento de este Miércoles, estas líneas se desdibujaron en una letal confusión, para un padre de familia que hoy atraviesa un dolor reservado sólo para unos pocos. Una pesadilla en vida.

El padre no se iba de fiesta, no se fue al bar. Se iba a trabajar. A hacer lo que le permite dar de comer a su bebé olvidado en el coche y a sus otros tres hijos. A lo que más quiere. Se iba a ser un buen padre y un buen trabajador. Pero en este intercambio de roles que marca el capitalismo, lo más importante es estar en tu puesto de trabajo, a tu hora. Al cien por cien. Sin importar cuánto gastes en guarderías o si algunos niños tienen que levantarse a horas intempestivas sacrificando su descanso, para dejarlos antes en el cole porque los padres entran temprano a trabajar.

El sistema hace que lo importante, lo verdaderamente importante, se desdibuje. Cuando la subsistencia de lo que más quieres, depende del trabajo... dime, ¿cómo interpreta eso tu cerebro? ¿A qué le das prioridad durante el día?

Quizás deberíamos empezar a ser malos trabajadores, y llegar tarde porque había atasco y no podíamos conducir temerariamente el coche con prisas por dejar al bebé en la guardería.

Deberíamos empezar a ser malos trabajadores y llamar al trabajo diciendo que nuestro hijo ese día está enfermo, y no piensas dejarlo con otra persona mientras esté con fiebre.

Deberíamos ser malos trabajadores, y unirnos en la campaña contra el derecho que se otorga la empresa al obligarnos a responder llamadas de teléfono y mails fuera del horario laboral. Quizás anunciándote una jornada tan estresante que te desconcentre de tu verdadera misión, que era llevar a tu bebé a la guardería.

Deberíamos empezar a ser malos trabajadores, y exigir horarios que nos permitan disfrutar de nuestros seres queridos, y que no crezcan con padres y madres ausentes. Quizás deberíamos empezar a ser malos trabajadores, para ser buenos padres.

Igual deberíamos empezar a ser malos ciudadanos, y quemar ayuntamientos si osan permitir que nuestros hijos pasen hambre un sólo día.

Todo puede sonar descabellado, pero vivir sin luchar trae conformismo. Trae la alienación. Trae la aceptación del estrés que supone ser el único sustento de un bebé que no puede defenderse por sí mismo. Y en el peor de los casos vivir sin luchar, puede suponer olvidarte de lo que más quieres. En nombre de nada. En nombre de lo absurdo. Para ir a ningún sitio. Ninguno más importante que donde debías estar. En un coche con las ventanillas cerradas donde un bebé se durmió hasta quedar inconsciente. Porque imaginar cualquier otra escena es desgarrador, imposible, y supondría asomarse por un momento al abismo en el que está ahora mismo suspendida la mente de ese padre. De ese buen padre. Y nadie quiere mirar en ese abismo.

Ese bebé no se ha desvanecido en la nada por un olvido, ¿cómo olvidar lo que más quieres? A ese bebé no lo ha matado la negligencia de un mal padre, ese bebé ha sido víctima de un sistema muy concreto y letal. El capitalismo.

Y nada de lo que pasaba en esa oficina, nada era tan urgente como para que ese padre no pudiera conducir tranquilo y sacar a su bebé del coche y caminar unos pasos hasta la guardería. Ya podía caerse la empresa a malditos pedazos, no había nada tan importante esa mañana de Miércoles, como para que se cerraran las puertas del coche, y un bebé de veintiún meses quedara en su sillita, esperando.

Es de justicia solidarizarse con ese padre y ese trabajador, que estará viviendo lo inimaginable. Una entrada al infierno sin retorno.

Ojalá ese padre entienda que su bebé ya no sufre. Y que sus tres otros hijos le necesitan. Vivo. Y aquí. Y aquí* no es más que donde ellos están, donde todo hijo necesita a sus padres, a su lado.

Judith Escuder