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O si demostráramos que son conservadores

Entre los muchos factores políticos e ideológicos por los que la nueva socialdemocracia de PODEMOS y sus confluencias electorales –incluida IU y el PCE- pueden considerarse estructuras sistémicas, uno de los más determinantes es su diaria defensa de la superestructura cultural e ideológica del estado burgués. Pudiera parecer exagerado o incluso mentira acusar a quienes se prodigan con un verbo tan afilado contra el recorte de derechos sociales y laborales y en defensa de la práctica totalidad de libertades civiles y políticas, de puntales del status quo del sistema de dominación capitalista y de todas y cada una de sus estructuras políticas desde el ámbito municipal al interestatal (UE, OCDE…), sin embargo, en estas líneas trataremos de demostrar lo contrario, lo acertado de una afirmación que día a día los hechos demuestran.

La crisis superestructural de la formación social española o el barco hace aguas por todos lados.

El armazón que dio continuidad al franquismo en una monarquía parlamentaria con economía de mercado perfectamente integrable en las estructuras más avanzadas del capitalismo internacional, no ha sido capaz de salir incólume de la crisis económica estructural que le ahoga desde 2008. Desafección e incredulidad en la práctica totalidad de sus instituciones es la consecuencia de una realidad en la que el Estado es incapaz de mantener los mínimos derechos y prestaciones que tras largos años de lucha de clases, los trabajadores y trabajadoras de este país habíamos alcanzado. Ciertamente muy poco y mal repartido en un país con altísimas tasas de desempleo estructural y amplias bolsas de pobreza, pero fruto de décadas de confrontación social en todos los ámbitos. En las empresas y en los barrios, con huelgas y manifestaciones, hemos sido decenas de millones de personas las que, pese a las constantes traiciones de la vieja socialdemocracia y el eurocomunismo, conseguimos arrancarle nuestros derechos al Estado. Insistimos, hemos sido nosotros/as los que hemos conquistado nuestro derechos y ni uno de ellos nos ha sido concedido gracialmente por nuestro enemigo de clase.

Y ahora es donde viene el eje de nuestro argumento: Cuando la superestructura de nuestro contrario - del que nos explota y domina a diario en todos los aspectos de nuestra vida- está clara y generalizadamente cuestionada por las consecuencias sociales de los permanentes recortes que para tratar de sobrevivir realiza de nuestros derechos, la nueva socialdemocracia (PODEMOS y Cía) sale en defensa de ella hablándonos de Constitución, estado de bienestar, derechos de ciudadanía... Se sitúan dentro de los límites ideológicos que nos propone el sistema e incapaces de de dar un paso más allá en su análisis que les permita unir economía y política/ideología (infraestructura y superestructura), nos proponen volver al estadio anterior a la crisis para defender lo que teníamos. Para sus entendederas los derechos que disfrutábamos eran parte y formaban parte orgánica del Estado, formaban parte de él y desde su soberanía eran concesiones que nos ofrecía a la “ciudadanía” por el mero hecho de ser españoles. Una especie de democracia “orgánica” interclasista garante de nuestros derechos por el alto nivel de bienestar y convivencia alcanzados en la España moderna postfranquista. Algo por lo que vale la pena salir a la tribuna a hacer el ridículo pidiéndole piedad al lobo hambriento. Nada de conquistas arrancadas una a una por la lucha de clases; eso son cuentos de generaciones pasadas que no disfrutaban de los derechos sociales y las libertades inherentes a nuestra ciudadanía europea.

Ese es su delito, el de, por convicción o ignorancia – depende del caso-, engañar a las amplias masas trabajadoras animándoles a salir en defensa de lo bueno que tuvimos olvidándose, tanto de lo malo que nunca desapareció, como que ni uno solo de nuestros derechos dejó de ser arrancado a la burguesía con multitud de esfuerzos y sacrificios.

Consecuentemente, cada voz en defensa de la legitimidad de lo que, a todas luces, se desmorona porque en su día nos ofreció derechos y libertades, es negar la lucha de clases y tratar de anclarse en un imposible e indeseable estadio “perfecto y permanente” de las cosas. Una visión profundamente conservadora, aristotélica, que nos niega, porque son incapaces de concebirlo, el protagonismo social de poder optar a cambiarlo todo aprovechando la metástasis del capitalismo.

Julio Díaz