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El avance de la industria a partir de la revolución industrial y su dependecia de los combustibles fósiles, han venido aumentando de forma exponencial el uso de combustibles fósiles que alteran la química de nuestra atmósfera. Esto, junto a la deforestación fruto de la necesidad de ocupar el territorio, está provocando un cambio climático constante que poco a poco está aumentando la temperatura media de la tierra lo que conlleva el derretimiento de los casquetes polares, elevando el nivel del mar y causando desertificación en diversos emplazamientos a lo largo del globo. Además, este aumento titánico y caótico de la producción conlleva la contaminación de importantes zonas naturales por desechos industriales, de diversa naturaleza e impacto.

Así que con el pánico de muchos científicos en el último tercio del siglo XX que profetizaban enormes islas de plástico y ciudades inundadas, las principales potencias económicas de la mano de grandes multinacionales decidieron virar su estrategia 180º. Negar los estudios científicos y hacer oídos sordos a las protestas no estaba siendo eficaz, así que pasaron a todo lo contrario, a la concienciación, a abrazar al ecologismo.

Nuestra generación ha crecido con las consignas bien aprendidas. No desperdiciar agua al ducharse; no malgastar el papel; usar el transporte público; reciclar cada cosa por su contenedor. Si todos aportamos podemos frenar este desastre natural.

Lo mejor de su estrategia es que no oculta el problema. Al contrario, te lo pone en la cara y vuelca hacia ti las culpas de la complicada situación ambiental -como si nosotros decidiésemos que se construyan complejos inmobiliarios enormes en plena costa o que todo lo que compramos en el supermercado venga doblemente envasado-. En el capitalismo no existe democracia, mucho menos en la producción. Son unos cuantas empresas las que deciden qué hacer con los escasos recursos del planeta, mientras la clase trabajadora miramos nuestros bosques desaparecer y nuestras ciudades cubrirse por una nube de contaminación cada vez más densa que nos quita lentamente la salud.

Vuelve a echar un vistazo a la lista de causas del cambio climático y piensa en cuáles se podrían solventar sólo con la participación de la gente corriente. El cambio climático nunca ha sido una elección, ha sido el camino tomado por un capitalismo ciego y a la deriva.

¿Y qué pasa con la  legislación para las empresas durante todos estos años?, ¿Acaso tantos años de concienciación y trabajo no han servido para nada?.

A pesar de décadas de medidas  ecológicas y legislaciones, se descubre que no solo es que no haya mejorado, sino que ha empeorado exponencialmente la situación de la tierra. Y es que es lógico: el capitalismo nunca se para a pensar en si su camino es bueno, ético o siquiera meramente lógico; el burgués tiene un dios y no es la “mano invisible”: es el puro y crudo beneficio.

Nada diferencia al burgués de principios de siglo XX alimentando las enormes chimeneas industriales de Birmingham, del elegante director estatal que por las mañanas firma pactos ecológicos para la sucursal canadiense y por la tarde manda subir la producción en la de Malasia. El capitalismo siempre se abre paso sea al coste que sea. Sirva aquí de ejemplo observar como las grandes corporaciones se han llevado su producción a Asia, lo cual ha permitido contener ligeramente los niveles de emisiones contaminantes en Europa, pero las han disparado en estas zonas. Acto seguido de esto, se culpa a estos países de ser descuidados con el medio ambiente por un supuesto factor cultural, cuando es precisamente el imperialismo europeo y americano quienes les niegan el acceso a la tecnología para procesar esos deshechos industriales, obligando a os habitantes de esas regiones a vivir poco menos que entre basura.

Entendiendo la dinámica propia del capitalismo más maduro de tomar luchas que no son suyas o que incluso le son perjudiciales, vaciarlas de contenido y hacerlas suyas, no es extraño encontrarnos con que las empresas entienden incluso algo tan grave como el cambio climático como un nicho de mercado más, un poco como tratan la educación y la sanidad.

Un ejemplo alarmante de esto fue el caso del atún mexicano. La asociación ecologista Earth Island Institute contrató un buque panameño (que había estado inactivo durante 6 años) para grabar un documental en el que se mostraban unas condiciones deplorables a la hora de la pesca del atún en las que “los mexicanos” mataban importantes cantidades de delfines, y se pedía a los espectadores que dejaran de comprar atún mexicano para evitar tal masacre. “La campaña culminó con la ex­pedición de una ley (...) su­puestamente destinada a proteger a los delfines pero que sólo se apli­ca en las zonas donde pescan los buques latinoamericanos, no don­de lo hacen los estadounidenses.” Así, amparadas bajo la bandera del ecologismo, las empresas pueden fácilmente eliminar a sus competidores, pero por supuesto sin en ningún momento mirar de ninguna forma por la causa ecologista.

Esta práctica de blanqueamiento hace que la imagen del sistema capitalista sea una imagen conciliadora, pro-LGTB o feminista, en la que todo el mundo tiene las mismas oportunidades, aunque la realidad sea otra.

En el caso del ecologismo, recibe nombres como ecoblanqueamiento o greenwashing, en la cual las empresas sacan líneas eco-friendly que invisibiliza la ingente masa de contaminación que dejan sus productos. Un claro ejemplo es Coca-Cola, que se jacta de “poner en el mercado envases más sostenibles y 100% reciclables, así como recuperar el 75% de nuestros envases” y de reducir su “generación de residuos aplicando criterios de economía circular”, según las propias palabras de la compañía en un artículo de su periódico Coca-Cola Journey en 2016. Sin embargo, sólo un año después, el periódico británico iNews saca a la luz datos de la cantidad de residuos emitidos por la compañía, que llegan a 100 mil millones de ventas de envases de plástico de usar y tirar en un sólo año. Además, publican datos de un estudio de Greenpeace en el que denuncian que se venden 3500 envases no reciclables y de un sólo uso por segundo.

Se ha conseguido no sólo que el capitalismo no se vea como -principal- enemigo del medio ambiente sino que se ha dotado a este movimiento de un cariz individualista que “echa la culpa” al propio consumidor. Aquellas concienciadas son instadas a seguir la regla de las tres R (reducir, reutilizar y reciclar) y se olvida de exigir si quiera lo mismo a las grandes multinacionales que son las mayores consumidoras de energías fósiles y las que más residuos generan.

El propio tratamiento de residuos es una actividad movida por el rendimiento económico. Por un lado, la administración pública cubre los sobrecostes que las contratas municipales presentan; y por otro lado, solo se reciclan aquellos residuos que se pueden “valorizar”, el resto se usan como fuentes energéticas o son almacenados en vertederos.

Según denuncia Oxfam Intermón, 4/5 de la contaminación la producen las empresas y no obstante los grandes grupúsculos ecologistas siguen con su mensaje segmentado y sus medidas ineficaces. Claro, cuando nos enteramos que grandes organizaciones ecologistas están financiadas por empresas, se nos hace más lógico el amparo del burgués y la criminalización del proletariado. Finalmente recalcamos la prerrogativa que llevamos arrastrando todo el artículo, toda lucha parcial que busque la reforma dentro de los mecanismos del capitalismo está condenada a formar parte de éste y por lo tanto, a legitimarlo . Esperemos que no les dé tiempo a acabar de hipotecar nuestro futuro.

(Este sistema solo merece su destrucción, en este caso antes de que acabe con nuestro propio planeta.)

José Manuel García y Violeta Moldes Rivas