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Quien se mueve habitualmente a pie o en bicicleta en nuestras ciudades, se enfrenta diariamente con estos ridículos seudo-todoterrenos (todocaminos) que, con fastidiosa insistencia física, se han hecho inevitables. Su trayectoria histórica es instructiva para entender como funciona el sistema capitalista. Para que surja un coche tipo SUV (Sport Utility Vehicle) tienen que coincidir varios elementos: La necesidad de crecimiento de la industria y el nivel económico junto con el poder de compra de un número de consumidores. Además, hace falta la construcción ideológica de los intelectuales del capitalismo tardío que influye directamente en los y las políticas y sus políticas, en los gobiernos y en la conducta de las personas. De este modo el individuo como consumidor no se puede sustraer fácilmente de la redes de producción capitalista. Recordamos que Marx en las tesis sobre Feuerbach dijo que el individuo es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales.

Un vehículo para aparentar está siendo la expresión y encarnación del espíritu de nuestra época: las relaciones de poder y dominación capitalista a nivel global y local se introducen e intoxican hasta las relaciones personales, promocionan los valores agresivos y egoístas para hacer realidad la afirmación de Margaret Thatcher en 1979 “there is no such thing as society” (no hay una cosa como la sociedad), sólo hay individuos, hombres y mujeres y “cada uno debe cuidar de sí mismo”. Quien reflexiona habitualmente sobre el Zeitgeist no puede obviar un producto que evidenciael carácter mortal del presente” (Joseph Beuys).

El SUV Volvo XC60 ganó en 2018 el premio al mejor coche del año en el Salón del Automóvil de Nueva York.

¿Qué significa esto? ¿Que es un buen coche? Sólo dentro de los parámetros de la industria automovilística. Cuando la industria del porno premia la mejor película del año, no vamos a ir a verla por este premio, porque el producto sigue siendo sexista y obsceno y las productoras ganan mucho dinero con la explotación de la mujer. No ocurre lo mismo con el coche, aunque las ganancias de los monopolios son igual de obscenas, además, es un producto que perjudica a todos, contamina nuestro medio y explota muchas personas sin piedad aquí y más en los países con materias primas (vea tierras raras). Desde el punto de vista social, quiere decir teniendo en cuenta todos los efectos que tiene el coche en la sociedad como medio de transporte – beneficios y perjuicios – y especialmente los coches que gastan grandes cantidades de recursos en el proceso de producción y en su uso, desde luego no es buen coche, el Volvo arriba mencionado. Precisamente el formato SUV y su enorme consumo de gasolina produce grandes cantidades de Co².

Un artículo de El País El lado oscuro de los SUV que nadie suele mencionar” afirma además, que los coches de formato SUV son más peligrosos tanto para los mismos pasajeros dentro como para otros como los peatones, ciclistas o coches pequeños. Concretamente matan tres veces más peatones que otros coches.1

Pero empecemos por el principio: hay que preguntar por el sentido y la finalidad de las cosas. La finalidad del coche es poder moverse de manera cómoda según las necesidades específicas, como pueden ser el transporte de personas o mercancías, o según el terreno que se pretende cruzar. En las páginas de “Motor” en periódicos y en la web, nos dicen que son “los automóviles con aspecto de todoterreno y alma de ciudad“. A pesar de la patética caracterización hay que constatar que el SUV es obviamente un error categórico, parece más un dinosaurio en nuestras carreteras, pues el vehículo es en todos los sentidos completamente disfuncional: Con su tecnología y su estética (detalles decorativos) no es útil en el campo pues el SUV pierde las características de los todoterrenos para circular mejor por la ciudad; para la ciudad tiene un motor y ruedas sobredimensionados con potencia innecesaria y para correr en la autopista es demasiado macizo y pesado, la mayor altura sobre el suelo y por tanto su centro de gravedad muy alto provoca que vuelque fácilmente (=Suddenly Upsidedown Vehicle).2 La mayor seguridad es también una leyenda pues su gran masa y peso (hasta más de 2 toneladas) no se puede frenar fácilmente y sobre todo son una amenaza para los demás. Su utilidad práctica es poca, en realidad no tiene para ningún uso una utilidad optima (excepto el uso ostentoso por ejemplo cuando se lleva en él los niños al colegio y SUVebordillos).

Los antecedentes del producto inútil son por una parte un modelo de coche militar (Jeep) convertido en los años 50 y 60 en Estados Unidos en coche civil con un diseño no muy atractivo y escaso éxito comercial. Por otra parte sale en los años 60 un coche a la venta que se puede considerar el primer SUV, llamado “Wagoneer”, una clase de combinación entre furgoneta y turismo. La publicidad enfoca la clase de los nuevos ricos o como los llama el sociólogo Thorstein Veblen: la clase ociosa (leisure class) y su consumo ostentoso. En Gran Bretaña se presenta un poco más tarde el “Range Rover”, un vehículo de líneas sencillas pero confortable: apropiado para los y las ascendentes de la “up coming class”. El Rover podría haber tenido el mismo destino que el Wagoneer que al final lo usaran las familias y se quedara en su nicho del mercado. Si no … Si no hubiera llegado Margaret Thatcher en 1979 al poder … entonces

¿Cómo pudo tener tanto éxito un vehículo tan poco práctico y de elevado consumo en tiempos de recursos escasos y del cambio climático?

En 1974 recibió Friedrich August Hayek el premio nobel de economía y dos años más tarde su hermano espiritual Milton Friedman. En 1947 ya habían fundado la sociedad Mont Pèlerin Society (MPS) un Think Tank para promocionar la ideología del neo-liberalismo: la monetarización de casi todo, la deregulación del mercado de trabajo, la privatización de los bienes públicos y la liberalización de los mercados financieros. En Margret Thatcher y Ronald Reagan encontraban sus seguidores más incondicionales que llevaban las ideas a la práctica. Además, como afirma un periodista del New York Times, pasaba la industria del automóvil en USA por una crisis en los años 80 y 90, que pudo superar aliándose con el lobby de la industria petrolera. Se sabe que la fortuna y el poder de la familia Bush se basa en el negocio del petroleo, así que los presidentes Bush velaron por los intereses de la industria contaminante, por ejemplo con normativas medio ambientales muy laxas para esta clase de coches.

Con Thatcher y Reagan regresó el capitalismo a sus orígenes y sus representantes y lacayos se cebaron primero con la clase obrera atacando los derechos de los y las trabajadoras para mantener la tasa de ganancia. Los salarios se estancaron, algunos sectores sufrieron bajadas reales porque las subidas salariales ni siquiera alcanzaron la tasa de inflación. En los países mas ricos surgieron colectivos con ingresos muy bajos y empleos muy precarios que antes no existían. La precarización de amplias capas populares coincide por una parte con el aumento exorbitante – para no decir obsceno – de las ganancias de los grandes monopolios y de sus gestores y, por otra, sirve hoy como advertencia para los que todavía tienen empleo aunque cada vez más inestable. Durante este periodo del “triunfo de la nueva economía” (Business Week 1996) se empieza a promocionar esta clase de coche fanfarrón, pues los empleados del boom, por ejemplo los altos ejecutivos de la banca o los gestores de fondos inversión, necesitaban sus insignias. Con la mentalidad del más fuerte uno*una se mueve entre la plebe y mira desde la altura de su puesto de piloto del SUV con desprecio a los “inferiores”, a los envidiosos*as peatones, rabiosos*as ciclistas y celosos*as conductores*as de Panda y Polo. Supongo que es entonces cuando le invade una sensación de placer cochino.

Por tanto, no hay que buscar el sentido de la obra megalómana en su valor de uso sino en su valor simbólico. La estética de la antigüedad abarca exactamente lo absurdo de estos vehículos. Para Aristóteles el valor de las cosas reside en su utilidad: una silla es útil y buena, cuando puedo sentarme cómodamente en ella. La noción calidad reúne pues función, estética y moral. Una cosa es bella en la metida que es útil y esto le confiere un alto valor moral – hoy en día puede ser un producto ecológico o un servicio práctico y accesible para la mayoría. El concepto de valor junta pues las tres perspectivas mientras que en el capitalismo tardío estos criterios son habitualmente separados, tratados aisladamente, lo cual nos dice bastante sobre el presente de nuestras sociedades avanzadas e inhumanas. En el sentido de esta tradición filosófica, un vehículo tipo SUV se revela enseguida como una cosa que no solo es prácticamente inútil sino también mala y fea, y de ahí resulta también esta sensación de agresiva presencia que nos asalta inmediatamente cuando nos encontramos con estas máquinas.

La teoría clásica de la estética distingue entre lo monstruoso y lo colosal. La obra colosal produce – por su enorme tamaño y sus poderosas proporciones – una sensación de pequeñez en el ser humano. Le hace sentir su insignificancia. Pero al mismo tiempo se presenta como una unidad artística que concede cierta dignidad a la obra. En lo monstruoso, la ambición por la magnitud domina cualquier principio estético. Muchos modelos SUV parecen hinchados y mal formados como si se hubieran añadido algunos implantes para inflar la piel metálica.

¿Quién disfruta exponerse como propietario*a de un objeto de tan mal gusto?

Además, un mal gusto ofensivo. En realidad sólo pueden ser personas obsesionadas por la necesidad de distinción social. Necesidad que en ellas se ha desarrollado poderosamente, resaltando permanentemente su superioridad material, y desde luego mucho más que su formación estética y moral. Al adquirir estos montones de chatarra se manifiesta un déficit de juicio tremendo y revela al mismo tiempo que el sujeto se ha entregado completamente al consumismo darwinista total en tiempos posthumanistas.

Se trata de un colectivo o una clase social que antes sufría el desprecio de la aristocracia y más tarde el rechazo de la burguesía culta: los nuevos ricos, los pijos, los incultos llegados-a-ser-pudientes de la clase adinerada. Histéricos, tienen que reafirmar permanentemente su estatus haciéndoles la pelota a las viejas élites, negando la propia procedencia subalterna. Desde luego, no se percatan que su hinchado coche farol debe parecerse a toda persona con capital cultural como una penosa expresión de un – en realidad lamentable – deseo devoto de reconocimiento social.

De hecho se puede y se debe sospechar que en el SUV se reconoce justo lo contrario de lo que pretende sugerir por su tamaño y su fanfarrón diseño: La soberanía y la autoridad de su titular. Es más bien un indicio – cada vez más claro – de una lucha de clases desde arriba. No hace falta consultar a Marx o Sigmund Freud para interpretar el SUV como una simulación de fuerza y superioridad, un gesto compensatorio, vamos, un espacio que protege el yo débil y a la personalidad reducida de su propietario*a.

El SUV es hoy el vehículo de una clase media-alta acojonada que teme algún día no poder pagar el préstamo pero pretende desmarcarse; una clase que nota que su propio bienestar está amenazado y el viejo orden está podrido. En una situación de pánico surge esta señorial y móvil imitación como un violento intento de autoafirmación de aquella prepotente constancia; ignorando la realidad social, dónde la seguridad de la permanencia se ha ido desvaneciendo hace tiempo.

Además, tal empresa de distinción es desde luego inútil, pues las marcas asiáticas ofrecen perfectos plagios de las marcas premium europeas y a precios muy asequibles para compradores no tan pudientes. Aunque tengan que renunciar al viaje en las vacaciones, no importa, ahora se puede llevar los niños con un rechoncho coche fanfarrón al colegio. Entonces uno se pregunta que es más patético: Con el BMW X6 o el Porsche Macan pregonar ante todo el mundo la necesidad de mostrar el volumen obsceno de mi cuenta bancaria, o con el lujo cutre de un Ssangyong llevar la excrecencia de la propia obsesión por el prestigio más allá de las reales posibilidades financieras.

El coche tipo SUV es por tanto el intento – obviamente fracasando – de salvar un mundo y un orden de valores caducados. También queda claro que la ostentativa indiferencia del conductor o conductora de estos coches, frente a lo que llamaríamos conciencia ecológica, no es sólo la perezosa actitud del acomodado ricachón. El ostentoso despilfarro de combustible y recursos materiales es un consumo agresivo de la clase ociosa. Los ricos se entregan públicamente al derroche, celebran sus excesos porque frente al fin del mundo ya no hay ética que valga ni necesidad de moderación. Una codicia infantil agarra todo que pueda antes de que pinchara la burbuja de bienestar, o que se terminara la época de la movilidad individual (a pesar de las promesas del complejo político-industrial).

Podríamos ver estas máquinas como penosos síntomas del miedo existencial o como una alegre resignación de la clase media; incluso denunciarlas por ser obsceno y asocial o caer simplemente en la cuenta que son sólo una de las expresiones del cinismo que domina la economía capitalista y cada vez más también el presente de nuestra sociedad en su conjunto.


1Hay varios estudios e investigaciones que confirman los datos del artículo. Ya en el año 2002 se publicó en una revista de medicina (British Medical Journal) los resultados de una investigación que confirma el peligro para peatones, ciclistas, motoristas, etc.
2Las estadísticas del Servicio Estadounidense de Seguridad en Autopistas muestran que la mayoría de los coches de pasajeros tienen un 10 % de probabilidad de volcar, mientras que la de un SUV es de entre 14% y 23%. Ejemplos: limusina BMW5: 9,3 % - SUV BMW X5: 18,8 %

Gerhard Brückner, militante del PCPE