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La casa de papel cuenta la historia de unos atracadores que se apoderan de la Casa de la Moneda para fabricarse la mayor cantidad de dinero posible por lo que tienen que postergar hasta el límite el asalto policial. A partir de la necesaria espera, la historia se juega en oposiciones dentro/fuera.

En un plano, los atracadores del “interior” están continuamente guiados por el cerebro fuera: la mente preclara que se autonombra Profesor, que distingue su nombre del resto de la banda. Hago un pequeño paréntesis porque este parecido/diferencia con Reservoir dogs es muy significativa: en la peli de Tarantino los colores son asignados, recordad a Señor Marrón, en La casa de papel los nombres son electos… Resaltemos la diferencia: todos los atracadores se nombran por ciudades, salvo El Profesor. También el resto desempeñará trabajos manuales en la preparación y realización del atraco. De hecho, y esto es fundamental para entender el funcionamiento de la serie, El Profesor se ve abocado a la intervención manual por los sucesivos errores viscerales de los trabajadores manuales: ira, avaricia y, sobre todo, amor.

El Profesor ha sido capaz de anticipar todas las reacciones de la policía y de sus propios trabajadores. Pero hay actos irracionales, casi pecados capitales. Incluso su propio comportamiento se modifica por el amor sexual; El Profesor, que lo tuvo todo preparado hasta el más mínimo gesto, se enamora y prefiere abandonar su torre de vigilancia -su trabajo de capataz distante- para encontrarse carnalmente con la detective del caso.

En esto, también hay una semejanza/diferencia con Ocean’s Eleven. Hay una historia amorosa que sostiene la trama, pero la diferencia aquí es que los ladrones no son señores con trajes caros y manicura: son arrancados de la miseria entre el lumpen y el proletariado: un minero claustrofóbico y su hijo, un niñato que ha pasado su adolescencia encerrado en su cuarto con un ordenador, una madre adolescente falsificadora, una lumpen cuyas decisiones son siempre fruto de arrebatos, dos mercenarios y un sociópata que éste sí es un ladrón de guante blanco, pero de segunda fila. Es en el mismo sentido fundamental que sea este trabajador manual, el que menos se ensucia las manos, quien asuma las funciones de jefe de obra.

En el otro plano, se sitúa la simpatía del público por los atracadores. El Profesor, aunque luego tiene muy poca relevancia en la trama -sí la tiene en la construcción narrativa-, considera central que el público -¿qué es el público?, ¿la sociedad civil?, ¿el pueblo?-. Ya digo que no tiene luego presencia en la trama, entonces, ¿por qué es importante?

Es importante porque es aquí donde cobra sentido Bella ciao y con ella la escena final en la que El Profesor convence a la inspectora Murillo de que los deje escapar ya que, si el Estado malgastó su dinero en rescatar los bancos, ellos no hacen nada más que resolver sus vidas de mierda. ¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?, escribió Brecht. “¿Qué es el asesinato comparado con trabajar en una oficina?” continúa Macheath. La sarcástica legitimación del crimen de La ópera de los tres peniques no se ha movido un ápice: si el Estado y el Capital delinquen y nos roban, ¿por qué no vamos a robar nosotros? No es ya la máxima de quien roba a un ladrón, al contrario: si aquellos que ya lo tienen todo nos roban, nosotros que hemos tenido vidas miserables (cada uno de los atracadores tiene su tara) tenemos el derecho a llevarnos los millones de euros que nos permitan una vida ociosa. Y en este sentido es un discurso políticamente muy peligroso.

 JARM