Compartir

 

Salvador Simó (Barcelona, 1975) en una entrevista a propósito del estreno el año pasado de su primer largometraje, Buñuel en el laberinto de las tortugas, decía que “basándonos sobre todo en el cómic de Fermín Solís, queríamos contar una historia de amistad, más que el nacimiento de una película. Era una mala época para Luís Buñuel y su gran amigo lo salvó”. Efectivamente, las cosas no iban demasiado bien para el cineasta de Calanda tras el estreno, en 1930, de L’âge d’or (La edad de oro). La película, una producción francesa con guión del propio Luis Buñuel y la ayuda puntual de Salvador Dalí, había levantado ampollas en la fina piel de la burguesía gala, ya que D. Luis se despacha a gusto con el clero, la burguesía, el poder, la patria y la familia. “Un ataque de primera magnitud al capitalismo y a los valores de una sociedad en putrefacción”, precisaba un manifiesto del movimiento surrealista firmado, entre otros, por André Breton, Louis Aragon y Paul Éluard. Circunstancias estas que evidentemente dificultaron mucho la continuidad cinematográfica de Luis Buñuel. Hasta el punto de que, después del accidentado estreno comercial de la película (grupos fascistas destrozaron la sala donde se exhibió) y de su posterior prohibición, el realizador aragonés tuvo que irse a Hollywood para seguir trabajando en el cine.

Las Hurdes

Fue a la vuelta un tanto asqueado del funcionamiento de la industria cinematográfica hollywoodiense en 1931, que Luis Buñuel manifestó un claro distanciamiento respecto a los surrealistas franceses y una aproximación al movimiento comunista (Buñuel ingresó en el PCE aquel año junto a Rafael Alberti y María Teresa León), así como hacia los conflictos sociales que sacudían entonces a las sociedades francesa y española. Siendo pues en ese contexto, con la IIª República ya proclamada y tras haber examinado atentamente “el magnífico estudio” del investigador francés Maurice Legendre, Las Jurdes. Étude de géographie humaine, que Luis Buñuel se decantó por el rodaje del documental denuncia que hoy conocemos como Las Hurdes (Tierra sin pan). Una región de la provincia de Cáceres en la que los descendientes de moriscos, judíos y otros “renegados” expulsados a ese lugar por la Inquisición, vivían en una trágica situación de miseria y atraso, “en estado poco menos que salvaje” según el periodista de la época, José Ignacio de Arcelu. Imponiéndose acto seguido encontrar dinero para producirlo, cosa que procuró prodigiosamente su gran amigo ácrata Ramón Acín, quien, después de ganar un premio en la lotería, le dio a Buñuel, como le había prometido, 20.000 pesetas para rodarlo. Y de todo eso y otras cosas más, es de lo que trata el singular y bello filme de animación del joven director catalán, quien sirviéndose de una emocionante banda sonora de Arturo Cardelús, nos incita a indagar sobre el cineasta calandino, su impresionante documental y sobre el laberinto político y social en el que se vieron ineludiblemente envueltos.

 

Rosebud