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La medicalización de la vida de las personas es un fenómeno que se va desarrollando en las sociedades modernas a partir de su industrialización en el siglo  XVIII.

Desde entonces, la industria farmacéutica, sobre todo, y las industrias vinculadas a las pruebas diagnósticas o a la cirugía han ido influenciando cada vez más las políticas relacionadas con la salud y provocando cambios en la visión de aspectos de la vida para tratarlos desde la medicina.

En este proceso, las mujeres somos objeto de medicalización en dos sentidos. En primer lugar, como colectivo clave para la medicalización de la sociedad, pues a nosotras tradicionalmente se nos ha relegado al papel de los cuidados y de la educación para  esos cuidados. Así, las industrias médicas se infiltran en todos los canales informativos susceptibles de ser consumidos por las mujeres, como revistas, televisión, internet. Hasta influir en las políticas sanitarias y en la información que transmiten los médicos especialistas.

En muchas ocasiones se hacen pruebas diagnósticas o se aplican vacunas de forma innecesaria (cáncer de cérvix o virus del papiloma humano), y sin tener la seguridad sobre los posibles efectos negativos de dichas pruebas o fármacos. En otras, se trata el dolor o el malestar psicológico con productos farmacológicos sin buscar las causas y establecer un diagnóstico diferencial para cada paciente. De esta forma, se ahorra en costes de una atención médica general, a través del médico de familia, con un seguimiento de la persona, y se simplifican los tratamientos, reduciéndolos a un denominador común tratable con un fármaco, lo cual es beneficioso económicamente para las farmacéuticas aumentando sus cuentas de resultados. Así, por ejemplo, se trata el dolor de cabeza con analgésicos, sin tener en cuenta que puede ser un síntoma de carencias en la alimentación, físicas o emocionales; o síntomas de malestar psicológico se tratan con antidepresivos sin una búsqueda previa de las causas que pueden estar provocando este malestar. Los síntomas quedan bajo control del fármaco y nuestra vida y nuestra voluntad también. Y además, recomendamos la “receta” a todo nuestro entorno.

En algunos otros casos, se extrapolan resultados de investigaciones en las que la mayoría  de los sujetos eran hombres, como en las investigaciones del riesgo cardiovascular, medicalizando así a las mujeres por prevención, cuando a lo mejor no es necesario. O también se aprovecha la relación entre salud y belleza, creando confusión, para lanzar productos seudocientíficos y extender tentáculos de la parafarmacia y consolidar negocios.

En segundo lugar, las etapas de la vida de la mujer han sido medicalizadas junto a su cuerpo. La menstruación, el embarazo, el parto, la menopausia o la vejez, dejan de considerarse procesos naturales que el cuerpo puede afrontar con sus propios recursos para ser vistos como problemas médicos en sí mismos. Se ha construido una visión patológica de la vida. Así nos controlan a través del miedo a la enfermedad y nos ofrecen sus remedios y soluciones que nos hacen más esclavas.

En la cuestión de la sanidad, estamos implicadas las personas desde la perspectiva de profesionales de la medicina o pacientes. Ambas partes debemos ser conscientes de que la ciencia por sí sola no sirve a la humanidad. Para ello, hacen falta políticas que respondan a este objetivo. Y actualmente, estas políticas están en manos de los intereses económicos de las industrias farmacéuticas.

Y cuál debe ser nuestra respuesta: organización y lucha. Organización entre nosotras, para contrastar informaciones y generar un conocimiento que sirva a la vida y no a la industria farmacéutica. Lucha para derrotar a los poderes que nos manipulan por su propio interés económico, y para construir una sociedad en la que prime la justicia social: la sociedad socialista.

Glòria Marrugat