La expresión “la realidad supera la ficción” se cumple, por desgracia. No hace falta ver en ello ningún misterio metafísico, sencillamente se deba a que las capacidades mentales que facilitan la imaginación humana suelen ir siempre por detrás de los acontecimientos, el verdadero problema es como el acontecimiento, la realidad, va adquiriendo a fuerza de superar a la ficción un tono cada vez más ficticio. Y pero todavía, y ahí su desgracia, no solo ocurre en cuanto al contenido, siendo las personas cada vez más personajes, también en cuanto a la forma, de manera que la realidad no puede compararse con un buen relato sino con una farsa tan grotesca como cruel.

En estas semanas nos topamos con un buen ejemplar de este drama real, el caso Garzón, o más exactamente el sintomático caso Garzón, un fenómeno poliédrico y contradictorio que recoge perfectamente la grotesca y absurda farsa en la que estamos instalados. Una vez más vemos como vuelve a usarse el término comunismo, no en el sustantivo que designa un programa político o una ideología, sino como un adjetivo que designa una cualidad, en este caso lo de lo maligno, porque acaso hay algo más maligno que aquello que deliberadamente ataca lo más sagrado, tradicional y a la vez libre como es la comida, las recetas de tu abuela, los ingredientes típicos de tu región, y sobre todo, cómo decides tú alimentar a tu familia, que es a fin de cuentas lo más importante de una sociedad, la familia. Pues bien eso es lo que los comunistas quieren arrebatar a la civilización, su enemistad con la libertad es tal que no solo quieren controlar lo que pensamos, hasta nos quieren obligar a todos a comer lo mismo, y la prueba más palpable de ello es Garzón.

Ahora bien, exactamente quién o qué es Garzón, según por dónde se lo mire se va a obtener una imagen diferente, tratándose de un personaje público eso es normal. En este aspecto podemos ver tres personajes distintos. De un lado está Garzón el rojo, el abyecto marxista bolivariano proetarra que trabaja para destruir la civilización. Su abyección ideológica le priva de racionalidad y como rojo que es, está programado para destruir España, la libertad, a un bebé y a todo lo bueno y sagrado del mundo. Las casas de apuestas, la bollería y los refrescos azucarados, los chuletones, y ahora le toca el turno a nuestra ganadería, no es solo la industria cárnica, es también contra todos los cerdos, vacas y corderos españoles. Este Garzón es la más clara demostración de la naturaleza perturbada y sombría del gobierno de coalición, que una de dos, o está secuestrado incluso hipnotizado por el poder oculto de los enemigos de España, o son los mismos enemigos de España pero con un rostro más amable. Para los que profieren este Garzón rojo, empelan estas imágenes a conveniencia, convirtiéndolo así en una pieza imprescindible de su argumentario, cualquier cosa que haga o diga se convierte fácilmente en otro gran escándalo.

También está el Garzón comunista, el que él mismo dice ser, como Yolanda Díaz, su filiación a las siglas PCE así lo demuestra, claro que el caso de esta formación política nada tiene que ver con otras formaciones de este país que entre sus siglas ostentan términos como socialista o incluso popular, y sin embargo poco tiene que ver con el socialismo y con el pueblo. En cualquiera de los casos, este otro Garzón, el comunista, ahí está, en la estela del compromesso storico, acometiendo la histórica tarea de demostrar que este país, con sus actuales instituciones y poderes, puede ser gobernado, y bien, por comunistas. Que estos se vuelven imprescindibles en su tarea de dirigir al gobierno por la izquierda, que son necesarios para impedir que el PSOE, como siempre, gobierne para la patronal, en resumen, Garzón el comunista del siglo XXI. Los usuarios de esta imagen de Garzón se mueven entre el posibilismo y el mal menor, tal vez mencionen el capitalismo en algún momento pero solo para hallar una coexistencia pacífica buscando su forma menos lesiva, naturalizándolo de acto al tenerlo por inevitable. Cualquier postura política que no admita el capitalismo se vuelve así, para estos modernos comunistas, una organización sectaria que quiebra la unidad de una supuesta izquierda ideal.

Y luego estaría Garzón el ministro de la coalición, ese ministro que a cada poco su propio gobierno debe desmentirle y recordar, a modo de excusa, que es que se trata de un gobierno de colación con diferentes sensibilidades, es decir, se trata de un ministro que cuando habla no es gobierno sino alguien dando una opinión personal. Este Garzón es el ministro siempre inoportuno, siempre a destiempo, con ocurrencias disparatadas y que para ser ministro por sorteo y de un ministerio de importancia relativa no hace más que levantar polvaredas inútiles. Esta es la imagen del Garzón que manejan los adictos al régimen del 78, para estos Garzón les repugna tanto como el jarabe a los niños, lo desprecian pero saben que solo es una incomodidad temporal, entre lo que dice Garzón, lo que dicen de él, y lo poco que realmente interviene en el gobierno, solo es una cucharada de jarabe amargo para volver a hacer grande a la principal correa de transmisión entre la oligarquía y las masas en este reino, el PSOE.

Pero lo sintomático del caso Garzón, lo que logra condensar el espectáculo mediático con el que aturden a la clase obrera mientras la conducen al matadero, es que en una sola figura se aúnan todos los papeles, Garzón es a la vez el gobierno liberticida y el ministro desmentido por el gobierno, es señal de identidad de izquierdas en el gobierno y la prueba de moderación para facilitar la gobernabilidad, es comunista y socialdemócrata, es útil e inútil a la vez, cual Rey Midas de la polémica, mañana podría pedir la privatización de las pensiones y seguiría siendo el rojo, peligroso, el socialdemócrata útil y el ministro inoportuno, porque ante todo, Garzón es el Don Tancredo de este espectáculo mal llamado democracia. Así, mientras medios de todo tipo reproducen masivamente el mismo relato con cientos de pequeñas diferencias y matices, la propaganda subvierte al acontecimiento y la realidad se vuelve más ficticia, tanto que supera cualquier farsa.

Mientras el problema sean las ocurrencias inoportunas de un ministro, o la maligna cualidad de ser comunista, el espectáculo absorbe la realidad. Así, en el caso de las macrogranjas, mientras hablamos de Garzón obviamos su papel monopolístico, las principales cárnicas españolas están orientadas a la exportación y las macrogranjas son el tipo de producción necesaria para poder satisfacer sus intereses en el mercado. De hecho la política agroganadera y pesquera de la UE siempre ha sido potenciar las grandes multinacionales que esquilman los recursos antes otras formas de producción más tradicional. La defensa de una producción sostenible, o de un producción beneficiosa a los productores, siempre será es un brindis al sol mientras domine un sistema basado en la concentración de capital, mientras la UE siga siendo lo que es y trabaje por los grandes monopolios en contra de los pequeños productores, y mientras sigamos atendiendo al espectáculo de los garzones de turno. Podemos permanecer en esta realidad convertida en farsa, o, conscientes de que solo el pueblo organizado salva al pueblo, ponernos en marcha y organizarnos para cambiar las cosas por nosotros mismos.

Eduardo Uvedoble

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