La memoria colectiva iraquí está repleta de significantes de dolor y pérdida. Los últimos años no han hecho más que añadirse a las montañas de cuerpos y de escombros, y a sus significantes en un país devastado por décadas de dictadura brutal, sanciones genocidas y guerras.

La invasión anglo-estadounidense de 2003 (también conocida con su orwelliano nombre de «Operación Libertad Iraquí») desmanteló los restos del Estado iraquí agotado por guerras y sanciones. También provocó y normalizó la política del caos, la corrupción y las guerras civiles sectarias. El Estado Islámico de Iraq y de Levante (ISIL) no fue sino la consecuencia más reciente y visceral de aquella invasión. Aunque el repertorio simbólico y discursivo del ISIL indaga profundamente en el pasado lejano, su cordón umbilical se formó y nutrió en torno a 2003.

Los iraquíes no se han recuperado todavía de la violencia y el horror desatados por la aparición del ISIL, su ocupación de Mosul y otras ciudades en 2014 y la destrucción y masacres que dejó tras de sí. Ahora Mosul y otras ciudades y pueblos han sido liberados, pero cientos de miles de iraquíes continúan desplazados en campos lejos de sus ahora destruidos hogares. Las promesas de reconstrucción y rehabilitación hechas por uno de los regímenes más corruptos del mundo todavía se tienen que traducir en resultados concretos.

Pero hoy [13 de febrero de 2018], como cada año, muchos iraquíes conmemorarán y llorarán la masacre que tuvo lugar hace 27 años. «Al-Amiriyya» sigue siendo un capítulo fundamental en el libro iraquí del dolor.

A las 4:30 am del 13 de febrero de 1991 dos F-117 estadounidenses que sobrevolaban Bagdad lanzaron dos bombas «inteligentes» guiadas por láser de 2000 libras (900kg) de peso cada una. Su objetivo era un gran refugio para civiles (el número 25) en al-Amiriyya, un barrio residencial al oeste de Bagdad.

Unos mil civiles dormían aquella noche en el refugio. La primera bomba atravesó el muro de hormigón fortificado a través del canal de ventilación. La segunda cayó a continuación por el mismo sitio y explotó en las profundidades del edificio. Las bombas mataron a 408 civiles, incluidas 261 mujeres y 52 niños. La víctima más joven tenía una semana de vida. El calor de la explosión incineró a la mayoría de las víctimas. Los cuerpos que se sacaron después estaban carbonizados e irreconocibles. El olor a carne quemada impregnó el barrio durante días.

El Pentágono insistió en que el refugio de al-Amiriyya era un búnker utilizado como centro de mando militar. Afirmó que la vigilancia estadounidense había detectado señales que indicaban que era una instalación militar los días previos al bombardeo.

El entonces director de operaciones del Pentágono afirmó que «ambas bombas habían caído donde estaban programadas». Pero los periodistas extranjeros que visitaron el lugar inmediatamente después del bombardeo no encontraron indicación alguna de que el lugar no fuera sino un refugio civil. El portavoz del presidente estadounidense George HW Bush, Marlin Fitzwater, afirmó: «No sabemos porqué había civiles en aquel lugar, pero sabemos que Sadam Husein no comparte nuestra idea de que la vida humana es sagrada. Asesina a civiles intencionadamente y con un fin».

Dick Cheney, el entonces secretario de Defensa, culpó a Iraq y sugirió que se estaba colocando intencionadamente a civiles en emplazamientos militares.

Desde el 7 de enero de aquel año se habían producido bombardeos a diario por todo Iraq. El objetivo declarado era expulsar de Kuwait al ejército iraquí ocupante, que había invadido ese país en agosto de 1990. Pero los bombardeos arrasaron la infraestructura de Iraq al destruir 134 puentes, 18 de 20 de las centrales eléctricas de Iraq, complejos industriales, refinerías de petróleos, estaciones de bombeo de aguas residuales e instalaciones de telecomunicaciones. Después de la guerra la electricidad quedó reducido a un 4 % del nivel anterior a la guerra.

Tal como había advertido el secretario de Estado James Baker, Iraq fue bombardeado «hasta hacerlo retroceder a la era preindustrial». Las pérdidas económicas de la campaña de bombardeos de 43 días se calculan en 232.000 millones de dólares.

Unos meses después, el 8 de junio, se organizó en Washington DC un desfile de la victoria para celebrar el fin de la «Operación Tormenta del Desierto». El general Norman Schwarzkopf, que dirigió la operación, acompañó a Bush Sr en la tribuna. Pero en Iraq seguía otra guerra aunque de manera diferente e iba a continuar hasta 2003. Las sanciones económicas impuestas a Iraq para obligarle a irse de Kuwait se mantuvieron a pesar de su crueldad y de sus efectos devastadores que afectaron a todas las facetas de la vida.

En 1995 la ONU informó de que más de medio millón de niños iraquíes habían muerto a consecuencia de esas sanciones letales y de que lejos de dañar al régimen, estaban matando civiles y destruyendo el tejido social de Iraq. Aún así, la entonces embajadora de Estados Unidos ante la ONU, Madeleine Albright, declaró en una tristemente célebre entrevista que «merecía la pena pagar ese precio político». Menos mal que consideran que «la vida es sagrada».

Cada gobierno estadounidense después de Bush Sr ha bombardeado Iraq por una razón u otra. Algunos de los mismos personajes que supervisaron la primera Guerra del Golfo en 1991 volvieron a aparecer a principios de este siglo para vender y llevar a cabo la invasión de Iraq de 2003.

El régimen iraquí utilizó la tragedia y el lugar para su propaganda. El destrozado refugio de al-Amiriyya se convirtió en un monumento conmemorativo. En las paredes de sus oscuras habitaciones estaban colgadas las fotos en blanco y negro de las 408 víctimas. En las paredes y el suelo quedaban las marcas de algunos de los cuerpos quemados y eviscerados.

Los supervivientes y las familias visitaban el lugar para llorar y recordar. Una madre que había perdido a ocho de sus hijos se convirtió en la guía del lugar.

Hoy, sin embargo, el lugar está abandonado y cerrado al público. Hay un unidad del ejército iraquí estacionado ahí. No habrá ninguna mención ni conmemoración oficial de la masacre de al-Amiriyya. El gobierno iraquí y toda la clase política son los beneficiarios de Estados Unidos y sus guerras. Reconocen y conmemoran los crímenes de Sadam Husein y el régimen Baath, y ahora del ISIL, y los explotan para sus mezquinos y sectarios fines políticos.

Pero los iraquíes nunca olvidarán al-Amiriyya.

Sinan Antoon es un novelista y poeta iraquí. Su última novela es The Baghdad Eucharist.

Sinan Antoon | 22/02/2018 | Irak

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