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El 16 de junio de 1936, Dolores Ibarruri estaba nerviosa por la trascendencia de una sesión parlamentaria en que el minoritario Partido Comunista (y ella en su nombre) sería la fuerza de choque contra la reacción española y sus preparativos de sublevación militar. Pero el gobierno de la República creyó que exageraba.

Hija de una familia minera católica vizcaína, “…soñó con ser maestra de escuela y fue propagandista revolucionaria, soñó con la felicidad y la vida la golpeó con dureza”. Nació en 1895 en Gallarta y creció entonando canciones-protesta populares sobre las terribles condiciones de vida proletaria. “Levántate, obrero, que amanece ya, y el 1 de mayo huelga general”.

Se casó por la Iglesia en 1916 con un minero socialista y pronto ingresó en la agrupación de Somorrostro, pero el triunfo revolucionario en Rusia la orientó hacia la escisión que fundaría el PCE en 1920, del que sería secretaria general en el exilio entre 1942 y 1959.

Fue presidenta de la Unión de Mujeres Antifascistas (1933), diputada por Asturias (1936) y vicepresidenta de las Cortes en plena guerra civil. Tuvo 6 hijas e hijos, se divorció, mantuvo una relación sentimental “extravagante” para la moral de muchos camaradas y hubo de encajar críticas infames de la reacción por su biografía de mujer emancipada. “En el hogar la mujer se entrega por la fuerza de la necesidad al sacrificio, para hacer más grata la vida de sus hijos y marido, hasta anularse por completo”.

Un día de junio de 1959, volvería a estar nerviosa cuando pidió la palabra en el comité ejecutivo que evaluaba el éxito/fracaso de la Huelga Nacional Pacífica del día 18. Pero Dolores no se refirió a la HNP, leyó una breve cuartilla anunciando su dimisión de todos los cargos.

Entonces ya era Santiago Carrillo el que dirigía de facto los designios del PCE. Si Dolores callaba por compartir esos designios o por ser un símbolo de paja gobernado por un timonel excesivo, es difícil de constatar.

A su regreso del exilio en 1977 fue aclamada al grito de “Sí, sí, sí, Dolores a Madrid”. Y la mujer indomable que estremecía a las masas proletarias con su vibrante arenga revolucionaria y proclamaba que los fascistas “no pasarán”, retornaba a la patria como leyenda viva de un pueblo derrotado. Interpretó mansamente su nuevo papel en la España de la victoria fascista auto-regenerada, hasta que se fue apagando sin sobresaltos en 1982, evocando quizás la silenciada gesta de la España revolucionaria y su devenir por el único camino… al socialismo.


“El único camino”: memorias de Dolores Ibarruri. 1960.

Mila de Frutos