DESTACADO

Compartir

En 1905 el Imperio Ruso era un hervidero de luchas obreras y campesinas. Tras el Domingo Sangriento del 22 de enero, se sucedieron una ola de huelgas, ocupaciones de tierras, actos de pistolerismo obrero, etc. durante todo el año. El POSDR, de donde luego nacería el Partido Bolchevique, todavía estaba en pañales, y era fiel representación de un movimiento obrero todavía inmaduro, donde reinaba el espontaneismo y la confusión ideológica. Eso llevó a que el año de 1905 fuera un continuo de avances y retrocesos en la lucha obrera y popular, sin una gran coordinación ni una claridad de objetivos. 

 

En el cénit de este conflicto, el 14 de junio, se producía el amotinamiento del Acorazado Potemkin, que gracias a Eisenstein, queda para siempre como acto heroico en la memoria de la humanidad. Según la historiografía oficial, la chispa salta cuando a los marineros del Potemkin, en unas condiciones deplorables, se les da para comer una carne con gusanos, certificada como apta para el consumo por el oficial médico. La ira de los marineros estalla y arremeten contra los oficiales, acabando con la vida de la mayoría de ellos y haciéndose con el control del flamante acorazado. Se substituyó el pabellón zarista por la bandera roja del proletariado, y se puso rumbo a Odessa, ciudad que hacía días que estaba en huelga. 

En la histórica ciudad ucraniana del mar Negro el Potemkin es aclamado por las masas a su llegada. La situación de tensión impide a las fuerzas zaristas de tierra asaltar el acorazado mientras no llegan sus refuerzos, pero sí pueden reprimir de manera sanguinaria el masivo entierro del marinero Vakulinchuk, único muerto entre los amotinados, que se había convertido en una gran manifestación obrera y popular. La masacre, con decenas de muertos, tres de ellos marineros del acorazado, es inmortalizada por Eisenstein en la escena de la gran escalinata de Odesa que comunica el puerto con la ciudad. Horas después se acercaron los refuerzos reaccionarios de la Flota del Mar Negro, y el Potemkin le salía al paso. La victoria en este episodio no la decidió la potencia de los cañones si no la solidaridad de clase, cuando los marineros que tenían la orden de hacer rendir o hundir al Potemkin se negaron a abrir fuego contra sus compañeros. Este es el colofón final de la película muda soviética, pero sólo el principio de una larga travesía por el Mar Negro.

Con los ánimos por los cielos, los 670 marineros del acorazado, a los cuales se habían unido dos miembros del POSDR en Odessa, deciden que van a usar el acorazado para apoyar a los que se subleven, hasta la caída del régimen zarista. La solidaridad que sintieron en Odessa les hizo pensar que serían recibidos por las masas con los brazos abiertos allí donde fueren. Pero la mano de la vanguardia revolucionaria todavía era en 1905 muy corta y la del zarismo muy larga; así que la realidad fue bien distinta. Encerrados en el Mar Negro por culpa del apoyo turco al zar, y sin carbón ni agua dulce, fueron unos días vagando por el gran mar buscando ayuda sin encontrarla. Finalmente, acusados por la falta de comida y combustible, decidieron rendir la nave en Cosntanza, Rumanía, a cambio de que no los enviaran a Rusia. Para hacer olvidar esta historia el Imperio Ruso cambió de nombre al Potemkin, y luego los alemanes más tarde lo hundieron en su puerto en la Primera Guerra Mundial. Pero no consiguieron su objetivo;  a unos y a otros la clase obrera soviética les enseñó, pocos años más tarde, que el orgullo de clase no se hunde ni se olvida, si no que nace de la miseria que el propio capitalismo genera.

Hoy, 109 años después, el PCPE recuerda y rinde honores a esos marineros; pero no de una manera nostálgica, si no para poner en vigencia su heroísmo, aprender de sus aciertos y mejorar sus errores. Y es por eso que el PCPE se esfuerza hoy para que la chispa salte entre la clase obrera, y también entre las fuerzas armadas; pero teniendo claro siempre que necesitamos a la clase obrera unida, con una estrategia revolucionaria interiorizada, y con un centro de mando de la revolución que coordine todos nuestros golpes; para que el próximo Potemkin que se alce sea solo la punta de lanza de millones de obreros que esté llamada a atravesar el corazón del capitalismo.

A. Camarasa