“El Chico” de Charles Chaplin, película considerada por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos como una obra cinematográfica “cultural, histórica y estéticamente significativa” y seleccionada para su conservación en el National Film Registry de la ciudad de Washington (consideraciones nada despreciables viniendo de quienes censuraron la vida y la obra del genial cineasta británico), cumple ahora un siglo de existencia. Pese a ello, es decir pese a su larga vida fílmica, la cinta sigue gozando de extraordinaria vitalidad. Rodada por Chaplin en 1921(su primer largometraje después de decenas de populares y exitosos cortos), obligado es reconocer que la película no ha cogido ninguna arruga. Y es que la historia que cuenta el creador del hombre del bombín, es decir la de los parias de la tierra, persiste en el capitalismo.

Han transcurrido diez años desde la entrada del ejército fascista en Barcelona y la ciudad que fue uno de los principales bastiones del movimiento obrero sobrevive sometida a la represión y el silencio. Parte de la estrategia de venganza que se ceba en los trabajadores, en los derrotados y en todo aquel que no sabe o no puede mantener las necesarias relaciones sociales dentro del nuevo Régimen consiste en acentuar sobre la población los efectos del hambre y del miedo.

Foto: Obra de la serie Nganga, de Alberto Lescay.

En varias ocasiones, cuando eran frecuentes mis conferencias y conversatorios con estudiantes y jóvenes interesados en los estudios y la valoración sobre arte, solía decirles que lo primero que debe desarrollar un analista de esas tan diversas expresiones de los seres humanos, son los sentimientos culturales. Sentir es casi la «puerta de entrada» a la órbita de objetos, imágenes o eventos de significación, requeridos de contemplación subjetiva y de una posterior comprensión crítica. Sin el enlace sensible que la conciencia de los receptores teje con los productos y ambientes de cultura, cuyo canal de articulación lo arman de impresiones y emociones (aun cuando estas sean de rechazo o desagrado), resulta ilegítima una lectura interpretativa, que entonces puede devenir solo especulativa, vacía, retórica o epidérmica.

En marzo de 1939 el doctor Juan Negrín, jefe del Gobierno republicano, regresó de París acompañado de los generales Enrique Líster y Juan “Modesto”. Llegaban al Madrid heroico con energías suficientes como para continuar la guerra y redoblar la resistencia republicana, pues todavía quedaba mucho territorio y sobre todo gran parte del Ejército republicano distribuido por diferentes frentes dispuesto a defenderlo. Pero eso era sin contar con la felonía del coronel Segismundo Casado, jefe del Ejército del Centro, quien en colaboración con las redes de espionaje franquistas, la Quinta Columna de Madrid, el general Miaja y los apoyos de socialistas y anarquistas como Julián Besteiro, Wenceslao Carrillo (líder de la UGT y padre de Santiago Carrillo) y Cipriano de Mera de la CNT, encabezó un golpe de Estado contra el Gobierno de la República el 5 de marzo de aquel año. El primer acto del Gobierno casadista fue fusilar a los mejores jefes de la defensa de Madrid, entre los que se hallaban los coroneles Barceló, Ascanio y el joven jefe de brigada Juan Morillo. ¿Cómo, probados republicanos, habían podido perpetrar tamaña traición?

“La revolución, nuestra diana”

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