La pretensión de presentar y exponer toda fluctuación de la política y de la ideología como expresión inmediata de la estructura (presentada como postulado esencial del materialismo histórico) tiene que ser combatida en la teoría como un infantilismo primario y en la práctica hay que combatirla con el testimonio auténtico de Marx. Así podrá observarse cuántas cautelas reales introduce Marx en sus investigaciones concretas, cautelas que no podían formularse en las obras generales. Entre estas cautelas podrían enumerarse como ejemplo las siguientes: 1) la dificultad que tiene el identificar en cada caso, estáticamente, la estructura; la política es de hecho en cada caso reflejo de las tendencias de desarrollo de la estructura, pero no está dicho que esas tendencias vayan a realizarse necesariamente. 2) Un determinado acto político puede haber sido un error de cálculo de los dirigentes de las clases dominantes, error que el desarrollo histórico corrige y supera a través de las ‘crisis’ parlamentarias gubernativas de las clases dirigentes; el materialismo histórico mecánico no considera la posibilidad de error, sino que entiende todo acto político como determinado por la estructura de un modo inmediato, o sea, como reflejo de una modificación real y permanente (en el sentido de adquirida) de la estructura. 3) No se considera lo suficiente el hecho de que muchos actos políticos se deben a necesidades internas de carácter organizativo, o sea, que están vinculados a la necesidad de dar coherencia a un partido, a un grupo, a una sociedad.

En el nº 13 de los “Cuadernos de la cárcel” Gramsci califica al Partido Comunista de “Príncipe moderno”. Al igual que el Príncipe de Maquiavelo su objetivo es fundar un nuevo tipo de Estado. El Estado proletario que se trata de establecer ha de poner fin a la sociedad de clases y abolirse por tanto a sí mismo como Estado, dado que todo Estado está vinculado a un conflicto de clases. Esta abolición debe corresponder para Gramsci a la transición de un poder que descansa en última instancia en la coerción a una “sociedad regulada” en la que el autogobierno sea la regla.

Como recuerda Perry Anderson en “Las antinomias de Gramsci” [1978]: “es importante recordar el conocido principio marxista de que la clase obrera bajo el capitalismo es inherentemente incapaz de ser la clase naturalmente dominante a causa de haber sido estructuralmente expropiada, por su posición de clase, de algunos de los medios esenciales de producción cultural (educación, tradición, ocio), a diferencia de la burguesía de la Ilustración que pudo generar su propia cultura superior dentro del marco del “ancíen régime”.

La innovación a gran escala no acontece durante la onda larga de estancamiento relativo que precede a una revolución tecnológica porque las expectativas de ganancia son mediocres. Una verdadera revolución tecnológica implica una revisión radical de las técnicas básicas utilizadas en todas las esferas de la producción y de la distribución capitalista, incluyendo los transportes y las telecomunicaciones. Cuando se produce, ésta es ya de por sí de larga duración.

Una verdadera revolución tecnológica significa, al menos en su primera fase, grandes diferencias en los costes de producción entre aquellas empresas que ya aplican la técnica revolucionaria y aquéllas que no la aplican o la aplican sólo de forma marginal. En estas condiciones las rentas tecnológicas tienden a elevar la tasa media de ganancia y no se realizan a expensas de las empresas menos productivas.

El clima general expansionista atrae enormes olas migratorias de mano de obra subempleada y a pequeños productores de mercancías empobrecidos de la periferia del capitalismo industrial a los centros metropolitanos.

La fiesta por excelencia de los y las trabajadoras es el 1º de Mayo. Todo comenzó en los EEUU en el año 1886 donde se había iniciado por parte de la clase trabajadora una lucha en pos de conseguir la jornada laboral de 8 horas, cuando la única limitación existente era que en algunos Estados se prohibía que una persona trabajase más de 18 horas al día. El sindicato más fuerte en ese momento amenazó a la patronal con una gran huelga si no accedía a la petición de que la jornada de trabajo fuese de 8 horas a partir del 1 de mayo de 1886.

Las y los 340.000 trabajadores que no vieron cumplida su demanda comenzaron una huelga el 1º de mayo. En Chicago se inició con una manifestación de más de 80.000 trabajadores liderados por Albert Pearsons. A las puertas de la fábrica Mc Cormick los enfrentamientos se tornaron sangrientos entre la policía y los trabajadores cuando esta disparó contra los manifestantes produciéndose más de tres muertos entre los obreros, y muriendo más trabajadores los días siguientes. El 4 de mayo estalló un artefacto durante una concentración en la plaza Haymarket matando a 15 policías. Las autoridades responsabilizaron a las y los concentrados y hubo más de 30 detenidos. Todos fueron condenados, cinco de ellos fueron ahorcados y otros tres condenados a prisión perpetua.

La Internacional Socialista se propuso, en 1889, reivindicar la jornada de ocho horas para todas las personas trabajadoras del mundo, y se haría mediante una gran manifestación en todos los países en honor a los cinco mártires de Chicago.

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