El desarrollo clásico de una crisis capitalista de sobreproducción pasa por una serie de fases:

1.- Se descompensa el siempre precario equilibrio oferta-demanda, se acumulan excedentes de producción que no finalizan el proceso de reproducción del capital, se hunde la demanda solvente.

 

2.- Destrucción de una parte de las fuerzas productivas utilizadas en el proceso de sobreacumulación anterior, aumento del paro, cierre de centros de producción. Destrucción de capital sobre-acumulado en sus diversas formas (viviendas, máquinas, etc.), bajan los precios.

3.- Reducción del precio de la fuerza de trabajo. Condiciones de “excepción” en la reglamentación laboral para incentivar la contratación de la fuerza de trabajo disponible. Salto cualitativo del proceso de concentración y centralización del capital, que aprovecha la depreciación previa para crear nuevas condiciones -más monopolistas- para la extracción de plusvalía.

4.- Si todos estos mecanismos funcionan se inicia una fase de recuperación -siempre transitoria-, hasta la siguiente crisis de sobreproducción. Si este proceso no consigue resolver la crisis se inicia la guerra, como solución última de la economía capitalista.

A este esquema, clásico para las crisis cíclicas de sobreproducción y sobreacumulación, hay que superponerle siempre otra dinámica de largo recorrido que viene derivada de lo que llamamos crisis general del sistema capitalista, que está determinada esencialmente por la ley de la caída tendencial de la tasa de ganancia, y por el inexorable y creciente proceso de concentración y centralización del capital. Toda crisis cíclica del capitalismo termina con un nuevo salto en el proceso de monopolización del capital. En su desarrollo histórico la formación capitalista -en fase imperialista desde el inicio del siglo XX-, evoluciona hacia una situación donde la idílica “libre competencia capitalista” es prácticamente liquidada, y son los grandes monopolios los que controlan férreamente todo el proceso de reproducción del capital, sometiendo-utilizando a las fracciones no monopólicas del capital.

Esto lo resumió Lenin como “capitalismo parasitario y en descomposición” (1915).

EL CAPITALISMO NO TIENE MARCHA ATRÁS

En estas condiciones, y bajo estas leyes, evoluciona la actual crisis capitalista mundial. Por tanto quienes nos vienen con propuestas de recuperación de la “normalidad del sistema capitalista” (se refieren al capitalismo de mediados del siglo XX, junto a la existencia entonces del bloque socialista internacional) no se enteran de que están hablando de un mundo que ya desapareció y que no volverá, incluso a pesar de su cándido y voluntarioso empeño. Quienes pretenden achacar a la corrupción y a los “malvados bancos” los males del sistema es que no conocen ni las primeras letras de la economía política.

El Movimiento Comunista Internacional, hace tiempo, sacó sus conclusiones utilizando las categorías científicas: vivimos en la etapa de transición del capitalismo al socialismo.

Y esta conclusión determina el programa político, las alianzas y los objetivos para las luchas presentes de la clase obrera organizada en su Partido.

Hoy las clases dominantes -las élites oligárquicas monopolizadas- reaccionan como únicamente lo pueden hacer por su naturaleza de clase: intensificando la explotación, y la violencia sistémica, para tratar de mantener tan antisocial sistema herido ya de muerte. Bajo su dominio -mientras éste se mantenga- la humanidad será sometida a grados de violencia hasta ahora desconocidos, una parte de la misma será abandonada a su suerte al no jugar un papel útil en el proceso de acumulación del capital, el planeta será saqueado y agredido llevando el deterioro medioambiental a provocar grandes cataclismos, y la guerra continuada será parte consustancial al senil proceso de acumulación del capital.

En este escenario -cada vez más dantesco- los gobiernos nacionales reafirman su carácter de clase, como nunca antes, e imponen el guión que les dictan los grandes monopolios a los que pertenecen. Pretender, en el capitalismo imperialista, sustituir estos gobiernos de la oligarquía por gobiernos “de progreso” o “de los ciudadanos” es pura quimera propia de aquellos sectores de la burguesía, y de la aristocracia obrera, que van quedando arrinconados por el desarrollo monopolista y que todavía se niegan a abrir los ojos a la incuestionable realidad del único capitalismo posible.

MAYOR CONCENTRACIÓN Y CENTRALIZACIÓN

Un elemento sustancialmente diferente en el desarrollo de las crisis capitalistas actuales es que la dimensión del salto en el proceso de concentración y centralización del capital, necesario para salir de las mismas, tiene una escala exponencialmente mayor. Ese salto cualitativo no tuvo el mismo tamaño al final de la crisis de 1929, que la que necesita hoy el capitalismo en la crisis que explotó en verano de 2007.

Tomando como ejemplo el sector bancario español, al inicio de la crisis existían más de medio centenar de bancos, a día de hoy son solo quince, y se han destruido más de dos decenas de miles de empleos. Por otra parte, ese sector bancario, rescatado con cifras astronómicas (más de cien mil millones de euros), escasamente ha devuelto el 4% de esa cantidad. Concentración, destrucción de fuerzas productivas y parasitismo.

Tomando algún dato de la escena internacional, en abril de 2013 Japón -que vive una muy larga crisis económica- decidió ampliar su base monetaria en dos mil setecientos sesenta y siete millones de dólares, prometiéndose un efecto mágico para su economía con ese chorro de liquidez. Los datos de este agosto 2014 -caída del PIB de un -1,7% en tasa trimestral y -6,8% en tasa interanual- evidencian la inutilidad de tal astronómica medida.

La escala del salto cualitativo del proceso de concentración y centralización necesario plantea nuevos problemas al capitalismo internacional y, además, lo sitúa en un nivel de fragilidad de auténtico infarto. El fallo de cualquiera de esos grandes monopolios -o de esas gigantescas medidas económicas- contamina a toda la economía mundial en cuestión de horas, y lleva el sistema al colapso.

Google puede ser el caso más paradigmático de esta situación. Una empresa que controla en régimen de monopolio mundial la parte fundamental del mundo de internet, se ve obligada a nuevas imparables necesidades de ampliar su ámbito de actividad, cuya dimensión le hacen inevitable el imbricarse directamente con los grandes centros del poder imperialista: CIA, OTAN, servicios de espionaje varios. Estamos ante una nueva forma evolucionada de la relación capital-estado.

NO HAY RECUPERACIÓN ECONÓMICA

Hay todo un mundo en proceso de cambios acelerados que genera nuevos poderes, y nuevas necesidades de aumento de la explotación -extracción de plusvalía- y del ejercicio de la violencia. Todo ello en confrontación directa con el concepto democracia. Existe una agudización extrema -irresoluble dentro del sistema-, entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción.

En ese escenario Rajoy vende cuentos de verano, y pretende hacer creer que el aumento de los autónomos por la tarifa plana, o el incremento de los contratos basura a tres euros la hora, demuestran una supuesta salida de la crisis capitalista en España. Lo único que existe es un cierto reparto de la miseria. Cuatrocientos euros al mes para mantener la sumisión del grupo familiar, y tratar de evitar que avance la conciencia revolucionaria.

Como marxistas las preguntas que nos tenemos que hacer son: ¿ha sido suficiente el grado de destrucción de fuerzas productivas que el capitalismo ha realizado, a nivel mundial y a nivel de los distintos estados, para salir de la crisis?, ¿ha sido suficiente el salto en el proceso de concentración y centralización del capital?

Sencillamente no y no.

El Movimiento Comunista Internacional ha de analizar el actual desarrollo de la lucha de clases desde esta matriz de interpretación. Sin ningún tipo de ambigüedades en la caracterización del momento histórico.

Coordinar los esfuerzos de todas las organizaciones que se sustentan en los principios científicos, y que tienen un compromiso práctico con el desarrollo de la revolución es una necesidad nunca suficientemente reafirmada. Hoy la carencia de un MCI fuerte supone un elemento de debilidad en la posición de la clase obrera para su lucha diaria frente al capital.

Además del trabajo de fondo, para ir tejiendo con el tiempo necesario esas coordinaciones y coincidencias, en el día a día hay que implementar una práctica consecuente del internacionalismo proletario que dé respuesta puntual a cada agresión del capital, que vaya sustrayendo a la clase obrera de las influencias de las posiciones oportunistas aliadas del capital. La consigna de “Poder obrero y revolución socialista-comunista” tiene que situarse en el centro de cualquier acción de lucha que protagonice cada destacamento de la clase obrera.

Carmelo Suárez

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