"Mohammad Faraj está LIBRE, después de 20 días, el periodista de Al Mayadeen, fue liberado de su encierro injusto a manos de las autoridades jordanas.
Los medios al servicio del imperialismo guardaron un silencio cómplice durante todo este tiempo.
Mohammad Faraj está alineado con un eje de resistencia que pasa por su fase más difícil, y es precisamente esto lo que hace su detención y el silencio más escandaloso.
Con la madurez de la experiencia impuesta por los años posteriores a 2011, y con la transformación de las redes sociales en un espacio político y cultural del que es imposible desligarse, se configuró en mí un tejido de interés y seguimiento de activistas e intelectuales en dos países árabes en particular: Jordania y Túnez.
Paso el tiempo, y la presencia tunecina disminuyó relativamente, mientras que la jordana se mantuvo de manera más constante e influyente. Hoy, al revisar los nombres que sigo y cuyo trabajo me esfuerzo por leer, noto que la mayoría son jordanos.
De ahí surge la particular crudeza de la detención del escritor y periodista Mohammad Faraj en Ammán, desde hace más de dos semanas, antes de convertirse en un caso de carácter general.
Desde el anuncio de su apresamiento, y sin que se ofrecieran razones, quedó claro que tratar el asunto como un incidente individual y convencional no tenía sentido.
Mohammad Faraj no puede reducirse a un simple título profesional: periodista, escritor o presentador de programas. Su proyecto intelectual y mediático trasciende estas etiquetas, y su persecución no se vincula únicamente con su función periodística, sino con el contenido político y cognitivo ofrecido mediante de los espacios que se le brindaron, desde su aparición como invitado en los medios, hasta convertirse en un profesional de la comunicación y la conducción de programas que llevaban su nombre y su discurso.
En esencia, lo que nos importa de Mohammad Faraj son sus convicciones y el estilo ejemplar que utilizó para expresarlas, alejado del sensacionalismo, el lenguaje provocador y el desprecio por la inteligencia pública.
Cuando se silencia la voz de alguien conocido por sus posiciones resistentes, y por sus lecturas críticas profundas sobre el papel de Occidente y del sionismo en la región, la cuestión trasciende el simple nombre de una persona y se acerca al significado de lo que representa: el modelo del periodista culto que considera la palabra como un instrumento de cambio, y la expresión de la verdad como un compromiso ético, no un lujo intelectual.
Nunca fue un periodista que desempeñara meramente un papel, ni un escritor que llenara páginas con palabras vacías. Mohammad Faraj tiene una personalidad rara que combina una ética intachable con un mensaje mediático sincero.
Tuve la oportunidad de tratarlo directamente durante su dirección del sitio Al Mayadeen, y allí se confirmó mi impresión: su persona es la de un intelectual aislado del ruido (un monje en un templo de ciencias políticas), que lee abundantemente, reflexiona con profundidad, y mantiene un diálogo interno constante consigo mismo, con el fin de producir un contenido cognitivo distintivo.
Nunca percibí en él ninguna tendencia a la jactancia ni a la ostentación. En cambio, presencié una humildad que emana de un conocimiento enciclopédico y una tranquila confianza en sí mismo.
Faraj no escribe para complacer a nadie más que a su propio impulso; no ejerce el periodismo como oficio, porque tiene algo que comunicar en un tiempo en que el ruido aumenta y el significado disminuye.
Esta rara combinación de ética, cultura y compromiso con causas justas lo convirtió en un modelo con una singularidad ineludible.
No cabe duda de que su persecución hoy no es contra su persona únicamente, sino que constituye un ataque a toda una línea de pensamiento y a una voz que eligió alinearse con el ciudadano árabe frente a "Israel" y a los proyectos de hegemonía occidental.
La cuestión es un punto de unificación intelectual. ¿Y por qué se lo silencia?
Lo que hace excepcional el caso de Faraj no es únicamente la violación de sus derechos, sino también su capacidad de reunir diversos espectros intelectuales y políticos.
El movimiento de derechos humanos considera su detención una flagrante violación de la libertad de prensa, mientras que nacionalistas, arabistas e izquierdistas ven en él una voz que rechaza los proyectos occidentales y sionistas en la región.
Aquí surge la paradoja: un solo caso logra unir a actores que normalmente divergen en sus referencias políticas e ideológicas.
La verdad es que el discurso de Mohammad Faraj a lo largo de su carrera ha sido racional y responsable; conoce perfectamente los riesgos del caos dirigido, y posee conciencia de las conspiraciones destinadas a desestabilizar las sociedades árabes bajo el pretexto de las "revoluciones".
Incluso sus críticas al normalizar relaciones o su denuncia de alianzas con Estados Unidos nunca se convirtieron en llamados impulsivos de incitación contra los regímenes, sino en críticas políticas equilibradas, orientadas a revelar verdades y analizar conspiraciones.
Este enfoque convierte su persecución en un ataque a la palabra sincera en sí misma, y al modelo que demuestra que el periodismo puede ser libre y responsable al mismo tiempo.
El temor hoy radica en que el ataque esté dirigido al modelo Faraj, y no solamente a su persona: a la postura mediática seria, a la voz que eligió alinearse con Palestina y con las grandes causas nacionales.
Cuando se silencia una voz reconocida por su resistencia, la pregunta deja de ser "¿qué hizo este hombre?" para transformarse en ¿por qué se desea acallar su voz? ¿Y en beneficio de quién, fuera de las fronteras del árabe dolido?
El honor de la solidaridad
Lo que otorga a la detención de Mohammad Faraj un significado tan profundo es que no cuenta con un ultra elitista que lo proteja; no se mueve dentro de las opciones políticas dominantes del panorama árabe, ni cuenta con el respaldo de capitales occidentales o del Golfo que financien y controlen los medios en la región.
Es una voz que se encuentra fuera de las redes de influencia más dominantes en la sociedad árabe, sin respaldo político interno sólido, ni maquinaria financiera capaz de generar campañas en redes que impongan su caso en la agenda pública.
En este contexto, es natural —incluso previsible— que su situación transcurra sin atención por parte de las organizaciones europeas de derechos humanos, que rara vez actúan fuera de los mapas de influencia previamente establecidos.
Simplemente, él está fuera del "código mediático" requerido; no es aprovechable ni apto para mercados de inversión política o de derechos humanos.
Faraj se alinea con un eje de resistencia que atraviesa sus etapas más difíciles, y esto, precisamente, hace que su detención sea más brutal y que el silencio ante ella sea más flagrante.
En tal caso, deja de ser un acto meramente de seguridad, y se convierte en un mensaje deliberado: el modelo independiente en su discurso, cuando no es susceptible de ser contenido o explotado, se vuelve un objetivo fácil de excluir.
Por ello, la solidaridad con Mohammad Faraj no es hoy una postura cómoda ni un alineamiento gratuito, sino una elección casi kárbalaica: una prueba que revela quién cree verdaderamente en la dignidad del individuo y del país, y quién trata las causas de la libertad como lemas selectivos sometidos a los cálculos de poder y financiamiento.
Al Mayadeen: compromiso con la responsabilidad frente al abuso
No puede disociarse el caso del marco más amplio que representa la red mediática Al Mayadeen.
El historial de esta institución demuestra que nunca ha sido una herramienta de incitación ni plataforma de odio; tampoco se ha entregado al populismo o a la espectacularización mediática habitual, incluso en la etapa más difícil posterior a la Primavera Árabe.
Ha mantenido una línea editorial equilibrada, en apoyo a la resistencia en sus diversas arenas, dentro de una visión general que conjuga audacia con moderación, independencia con compromiso de la misión.
Mohammad Faraj, en su trayectoria y postura, encarnó vivamente este modelo mediático responsable: un periodismo que considera la libertad como un deber y no como un caos, y la palabra como un principio, no como una herramienta de manipulación masiva. Esto convierte su persecución en un ataque a un enfoque integral, no a un individuo aislado.
La experiencia de Al Mayadeen, con su equipo y su discurso, confirma que la libertad no puede separarse de la responsabilidad, que el periodismo puede ser crítico sin ser destructivo, y libre sin ser descontrolado.
En tiempos de desequilibrio de estándares y colapso de pesos y medidas, defender este modelo se vuelve una necesidad, no una muestra de solidaridad meramente emocional, sino la defensa misma del papel del periodismo.
Mohammad Faraj tiene aún mucho por ofrecer, y le esperan años de vida para disfrutar en paz y alegría junto a su familia, conservando su espíritu joven y su voracidad intelectual.
Estoy convencido de que su experiencia mediática será revalorada como un modelo preciado en el periodismo árabe post Primavera Árabe, pues rara vez se encuentra en la generación media —de treinta a mediados de cuarenta— una combinación tan rara de audacia, conciencia, compromiso profesional y lealtad a los valores nacionales.
Es el modelo del escritor que sigue su visión, que no escribe para complacer a la audiencia ni a la autoridad, sino para expresar lo que considera correcto, sin importar las consecuencias ni el costo.
Otros medios: Al Mayadeen. Autor: Sayyed Shebel











