
En el imaginario liberal, el del burgués ilustrado y presuntamente humanista ajeno a la lucha de clases, el sistema penitenciario es una especie de campamento de verano en el que se brinda una segunda oportunidad y se forjan hombres y mujeres para su reinserción en la sociedad. No perderé tiempo ni gastaré las escasas palabras que tengo en rebatir tal ensoñación, el problema de este cuento de unicornios reside en el delito político, ahí empiezan a tener problemas nuestros liberales.
Lo primero que intentan es eliminar el componente político, se condenan actos delictivos y no ideas, dicen. Persiguen delitos que discuten el monopolio de la violencia del Estado burgués y la propiedad burguesa, pero rápidamente el régimen debe ampliar el radio de caza, y empiezan a perseguir organizaciones políticas, expresiones culturales, a toda una comunidad nacional, a organizaciones sindicales y sociales. Conforme el conflicto crece y se acentúa, aumenta la población susceptible de ser reprimida, torturada, encarcelada y asesinada. Para perseguir los delitos “no-políticos” necesitan crear una legislación especial, cuerpos policiales y militares especiales, cárceles y regímenes penitenciarios especiales, evidenciando el carácter sí-político del delito y haciendo añicos el mito liberal de la justicia.
Aunque estar preso ni da ni quita razones, los y las revolucionarias debemos reconocer el carácter político de la represión, y por lo tanto la existencia de los presos y presas políticas. No hay excusa para no denunciar los tratos de excepción, las torturas y la violencia sistémica del Estado burgués, aunque el prisionero o prisionera no sea de nuestra cuerda, o podamos estar en mayor o menor conformidad con sus posiciones políticas y formas de lucha en el lugar y el momento concreto, porque ser víctima de represión ni da ni quita la razón, ni te vuelve infalible, ni te hace guapo. Vean los casos de Abdullah Öcalan u Oriol Junqueras.

El imperialismo quiere instrumentalizar a los presos e intenta convertirlos en símbolos que penetren en el imaginario colectivo. Por un lado, los somete a unas condiciones tan brutales para que sean escarmiento, como en el medievo cuando se exhibía el cuerpo del ahorcado en las puertas de la muralla. Tenemos el caso de Simón Trinidad, o de los revolucionarios turcos en las cárceles “pozo”, o los presos saharauis en la cárcel de El Aaiún, las cárceles de la ocupación sionista o la base yankee de Guantánamo, por poner unos pocos ejemplos. Por otro lado, con la brutalidad y la tortura, intenta romper la moral, hacer que el revolucionario renuncie a sus ideas, rompa la unidad revolucionaria. Cuando lo consigue, “premia” al preso con “ventajas”, suaviza, normaliza y hasta libera al preso, intentando que su ejemplo rompa la moral de sus compañeros y compañeras, sabiendo que si los prisioneros y prisioneras abandonan la lucha, fuera de las prisiones la lucha también se abandonará.
El enemigo sabe del alto poder simbólico del prisionero, que quienes luchan fueran de las prisiones se retroalimentan de quienes luchan dentro de las prisiones y viceversa, y que si consiguen quebrar la resistencia de uno de ellos, el otro tendrá más difícil sostenerse y luchar.
Por ello, la solidaridad con los revolucionarios y revolucionarias presas es un deber, no sólo ético sino político también. Si abandonamos a nuestros prisioneros y prisioneras, a los comunistas encarcelados por el imperialismo, abandonaremos nuestra alma, y más pronto que tarde, nuestros principios. Los hermanos Kononovich en Ucrania, Simón Trinidad en los USA, Ahmed Sa’adat en la Palestina ocupada, Serkan Onur en Turquía y los miles de presos y presas comunistas en decenas de países, en España también.
Ferran N.











