Desde hace un tiempo, la salud mental ha entrado en la agenda mediática y en las conversaciones cotidianas. Cada vez son más las personas que acuden a un profesional de salud mental; se ha normalizado acudir e incluso se reclama una mayor inversión dentro del sistema público.

Pese a que es positivo disminuir el estigma en una sociedad que invisibiliza y culpabiliza, se puede caer en relativizar los problemas de salud mental (o lo que es lo mismo, el sufrimiento psíquico) y en ciertos discursos de generalizar que todas las personas han de acudir a un profesional.

Aunque aparente un discurso avanzado, obvia que se convierten problemas del sistema en el que vivimos en un problema de salud pública. Obvia también que los profesionales en la salud mental también están atravesados por la ideología dominante, en la que se perpetúan dinámicas de poder similares, en la que importa tu condición de género, tu clase social y, por supuesto, la etiqueta diagnóstica que te pongan.

Porque lo que esconde este paradigma es que perdemos como individuos el hecho de manejar nuestras emociones, compartir entre iguales nuestro sufrimiento y afrontar nuestras fuentes de malestar. El sufrimiento psíquico tiene que ver con lo que vivimos, con nuestro entorno. Con nuestras condiciones de vida y de trabajo, nuestras formas de relacionarnos y con las soluciones que encontramos y también que nos dan a estos problemas.

Por eso en una sociedad en que imperan la inmediatez, la ambición y el ego; en la que se enseña y premia la multitarea. Cada vez están más presentes en nuestro vocabulario e ideario colectivo frases como "tengo que llegar a todo” o “ debo ganar más dinero”, además de la explotación del hombre por el hombre, es la explotación del hombre a sí mismo en la que el trabajo es la única fuente de vida y hay una falsa sensación de que es algo voluntario que hacemos nosotros y nosotras con nuestra vida porque está asumido como respirar, pero que cuando a tu mente, tu cuerpo o una situación vital desborda, llega la ruptura.

Personas rotas despojadas de su conciencia de clase, de su capacidad política para sí mismas y para sus iguales. Pero con la necesidad de adquirir más, de tener más obligaciones "innecesarias" para tener la misma vida pero sin tanto tiempo para vivirla o lo que es lo mismo para pensar.

Porque así es el capitalismo, una máquina a presión que necesita cada vez más por menos, mientras no cesa la subida de la carestía de la vida, con la guerra en directo y por todo el mundo, con la capacidad tecnológica para evitar tanto sufrimiento, pero transformada en acumulación de riqueza fruto de la mayor perversión humana.

Esto es una trituradora a nivel psíquico, ¿Cómo integrar todo esto? Quizás no siendo consciente de la guerra en el mundo, aceptando que es un daño colateral, aspirando a migajas de estabilidad, pero la clase trabajadora no podemos correr de esta vorágine, de esta espiral de precariedad, de angustia y de guerra.

Por tanto, podemos hablar cifras del aumento de problemas de salud mental, argumentar como se hace desde muchos altavoces que los problemas de salud mental suponen una epidemia de salud pública, que necesitamos más inversión en sanidad y no sería erróneo, pero sí una respuesta a medias, ya que entraríamos en una rueda infinita en la que el sufrimiento no dejaría de aumentar.

Y así continuar poniendo únicamente soluciones individuales, farmacológicas o sociales y no señalar el sistema capitalista y patriarcal que atraviesa nuestra forma de relacionarnos y pensarnos.

David Martínez

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