
El trabajo ha dejado de ser una vía de emancipación para la juventud de extracción obrera y popular. Lejos del discurso oficial que apela al esfuerzo individual y al “Querer es poder”, la realidad material demuestra que los trabajos a los que accede mayoritariamente la juventud sufren una clara desvalorización, destacando en su precarización.
De primeras, los jóvenes accedemos al mercado laboral en unas condiciones terribles: contratos temporales, prácticas no remuneradas, jornadas parciales forzadas y salarios que no alcanzan para vivir. Tener trabajo ya no significa necesariamente poder emanciparse, tal y como significó para nuestros padres y, de poder hacerlo, se da en unas condiciones extremadamente dificultosas ante los elevados precios de la vivienda y de los bienes básicos de consumo. Sin embargo, esta desvalorización responde a una lógica clara: convertir a la juventud en un ejército de reserva permanente, disponible, barato y sustituible.
Y es que el Estado español cumple brillantemente con la función que se le ha asignado dentro de la Unión Europea (UE), es decir, desarrollar sectores de bajo valor añadido como el turismo, la hostelería o la logística. Por lo tanto, el Estado español es el consejo de administración de los propietarios de los medios de producción que necesitan de una mano de obra precarizada para mantener sus márgenes de beneficio, entrando perfectamente en estos parámetros la juventud de extracción obrera y popular necesitada de ingresos, ya sea para subsistir o para pagarse sus estudios, pagando así el precio de un modelo productivo dependiente y subordinado.
A esta explotación material se suma una ofensiva ideológica. Cada X tiempo, en especial en verano, se repite hasta la saciedad, más concretamente, en el sector de la hostelería, que los jóvenes “no quieren trabajar”, que rechazan el esfuerzo o que tienen expectativas irreales. Este discurso, ampliado en los distintos programas matinales de los medios de comunicación, cumple una clara función política: ocultar la degradación objetiva del trabajo y culpabilizar a quienes la sufren.
Además, en dicha ofensiva ideológica se promueve una falsa narrativa de emprendimiento y autoexplotación. Se invita a los jóvenes a “invertir en sí mismos”, a aceptar trabajos sin derechos a cambio de experiencia, a competir entre ellos por migajas o a invertir sus ahorros en apuestas o criptomonedas. Una lógica individualista que contribuye a mermar la solidaridad de clase y reforzar la alienación, desviando la atención del conflicto real entre capital y trabajo.
El resultado se traduce en una juventud cansada, frustrada y consciente de que el sistema no cumple sus promesas. Por ello muchos se dejan arrastrar por falsos profetas que les buscan atraer a un futuro mejor a través de fórmulas mágicas de inversión y otras patochadas que, lamentablemente, calan profundamente en la juventud. Afortunadamente, una parte de la juventud empieza a cuestionar las condiciones de precariedad a las que se ve abocada y a ver que su trabajo ha sido vaciado de valor y dignidad.
No obstante, la respuesta no puede ser moral ni individual, es necesaria una respuesta organizada y colectiva que implique luchar por salarios dignos, estabilidad, derechos colectivos y un modelo productivo alternativo, al servicio de las necesidades sociales de la clase trabajadora. Para ello es importante orientar esa desilusión de la juventud y trasladarles que dichas condiciones son parte intrínseca del sistema capitalista y que la solución se encuentra fuera de este, en la construcción del socialismo hacia una sociedad comunista. Porque mientras el trabajo siga siendo tratado como una mercancía barata, la juventud trabajadora seguirá pagando con su presente y su futuro. Y eso no es una fatalidad generacional: es lucha de clases.
J. Cayuela











