
Al asiento de l’alma suba el oro,
No al sepulcro del oro l’alma baje,
Ni le compita a Dios su precio el lodo.
(Francisco de Quevedo)
Mientras se escriben estas líneas, el precio del oro experimenta bandazos desde máximos históricos, tras superar los 5 000 dólares por onza hasta sufrir correcciones de consideración. También la plata, el paladio y resto de metales preciosos entran en la misma lógica. En los períodos de crisis capitalista, cuando la turbulencia sacude los mercados bursátiles, las divisas se devalúan y la incertidumbre se apodera de la economía mundial, una mercancía ancestral resurge con fuerza: el oro.
La volatilidad es el elemento coyuntural de este llamado “valor refugio” que en esencia se presenta como un activo seguro, inmutable y estable. La narrativa dicta que eso es lo natural, lo lógico. Sin embargo, desde la perspectiva del materialismo histórico dialéctico, el metal amarillo representa la expresión concentrada de la contradicción más profunda del modo de producción capitalista. El oro, como una mercancía más (su valor sigue determinado por el tiempo de trabajo social necesario para extraerlo y refinarlo), es un fetiche que enmascara las relaciones sociales de explotación que se dan en este sistema en que vivimos a través de un proceso por el cual las relaciones sociales entre productores (el trabajo humano) aparecen veladas como relaciones entre cosas (mercancías, dinero).
El oro, en su origen histórico, se impuso como la forma dinero por excelencia debido a sus propiedades físicas (durabilidad, divisibilidad, escasez relativa). Sin embargo, con el desarrollo del capitalismo, el dinero dejó de requerir necesariamente su soporte en oro. El crédito, el papel moneda fiduciario (basado en la confianza en el estado emisor) y, finalmente, el dinero digital, son formas superiores (en el desarrollo capitalista) y más abstractas que desligan virtualmente el signo monetario de una mercancía específica.
La vuelta al oro en las crisis podría considerarse, por tanto, un fenómeno regresivo. Una huida hacia atrás, hacia la materialidad primitiva. Cuando los inversores, el mercado (la burguesía bajo nuestra concepción) duda de su propio sistema de crédito, de un Estado hecho a su imagen y semejanza, de los bancos centrales, corre a refugiarse en la mercancía dinero primordial y su “valor intrínseco” místico. Se apartan de la lógica del propio capitalismo extractor de plusvalor hacia el atesoramiento. El aumento del precio del oro no es un signo de fortaleza sistémica, sino un síntoma de debilidad.
La ideología del “oro refugio” se presenta como una decisión financiera prudente y apolítica. Sin embargo, esta consideración se autoafirma porque todos los actores entienden que conserva su equivalente «universal» mientras la moneda fiat se devalúa y, con ella, la capacidad adquisitiva de sus poseedores. El problema entonces se torna una cuestión de clase que antes encubierta comienza a vislumbrarse con más claridad. Los precios, a través de grandes operaciones financieras, son manipulados por los grandes bancos, los fondos especulativos y las políticas de los bancos centrales. El trabajador, con un salario que cada vez vale menos, no tiene sin embargo, más refugio que la fuerza de la unidad de clase. Esta es la principal lección que debieramos aprender. La fuerza del trabajo se desvaloriza con la inflación. El reflejo del precio del oro es el mejor faro de esta realidad.
La vivienda que hace diez años se compraba con una cantidad determinada de oro, hoy se compraría con la similar. Sin embargo, a la clase trabajadora cada vez le resulta más inaccesible. No se trata solo que la vivienda, el transporte, los alimentos o la energía cada vez valgan más, sino que el equivalente con el que se adquieren (el dinero) cada vez vale menos. Es decir, somos cada vez más pobres, mientras que la menguante burguesía parasitaria corre a refugiarse en el oro.
Kike Parra












