El pasado 28 de enero más de 400 mineros murieron sepultados en una mina. La noticia pasó prácticamente desapercibida. Pocos conocimos esta tragedia. ¿Cómo es posible este apagón informativo en pleno Siglo XXI?
Uno de los motivos es que tuvo lugar al este de la República Democrática del Congo (RDC). En la provincia de Kivu del Norte. Las intensas lluvias en la zona provocaron un deslizamiento de tierra que terminó colapsando una mina en Rubaya, localidad minera que posee uno de los yacimientos de coltán más importantes del mundo. Este mineral es clave para fabricar muchos componentes electrónicos sin los cuales no tendríamos móviles, baterías, ordenadores...
Se calcula que el 80 % del coltán mundial se extrae en RDC. Otro 10 % en Australia. ¿Alguien se imagina esta tragedia en Australia? ¿Alguien se imaginaría un silencio mediático allí comparable al ocurrido en el Congo? ¿Importa más la vida de un minero blanco que la de un minero negro? En nuestra sociedad capitalista occidental la respuesta está clara y es un SÍ rotundo.
No solo estamos ante unas condiciones laborales aberrantes, del S. XVIII, en las que estos mineros trabajan sin uniforme, sin protección alguna, sin guantes ni mascarillas, usando sus manos para escarbar en la tierra.
No es solo el nivel de sobreexplotación que cuentan los que han trabajado allí con jornadas de 10 horas seguidas por apenas 3 dólares.
No es solo porque muchos mineros sean niños1 , que por tener cuerpos más pequeños y brazos más finos que un adulto pueden trabajar de manera más rentable en esos túneles excavados en la tierra, sin sistemas de protección.
Estamos ante un racismo institucionalizado, un racismo de clase, un racismo asfixiante que domina en nuestra sociedad y que debemos explicar y denunciar ante nuestra clase. En este caso se suma además el interés geoestratégico por el coltán por parte de las superpotencias del planeta que han militarizado esas minas. Son muchos los países que tienen puestos sus ojos en ese punto exacto del planeta.
El silencio del que hablamos incluye al propio Movimiento Comunista Internacional, que tampoco ha respondido en la proporcionalidad que corresponde ante esta tragedia, la mayor en los últimos 60 años en el sector minero.
Una persona que se considere revolucionaria debe llevar estos sucesos a su entorno más cercano, a su sindicato, a su centro de trabajo. Debemos alzar la voz, explicar lo que sucede a miles de kilómetros de distancia y denunciar cómo la geopolítica, tan de actualidad en esta etapa de la lucha de clases internacional, también mata, arrasa con la vida de la clase trabajadora de aquellos países que tienen la suerte (en este sistema, mejor decir "la condena”) de nacer encima de un gran yacimiento de un mineral clave para el desarrollo de la carrera tecnológica de nuestros días.
Esa labor se llama internacionalismo proletario y debe estar fuertemente unida a nuestra práctica revolucionaria. Lo decía el Ché Guevara, en la carta en la que se dirigía por última vez a sus hijos, “sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario”.
Ayer fue Rubaya, pero la barbarie capitalista va a continuar, no se detiene. Desde el PCPE debemos seguir denunciando estas situaciones que el mismo capitalismo origina y oculta. La vida de la clase obrera vale lo mismo en cualquier lugar del mundo.
JAVI DELGADO
1 Algunas fuentes estiman en unos 40 000 los niños que trabajan en las minas de RDC.












