
Vinimos en una vorágine impuesta por redes y medios de comunicación que imponen una conversación pública que solo gira alrededor de la corrupción, los escándalos y las disputas entre los partidos del sistema, mientras la gran mayoría de personas siguen enfrentándose cada día a problemas realmente urgentes: salarios insuficientes, alquileres imposibles, jornadas interminables, precariedad laboral y dificultades crecientes para sostener una vida digna. Las portadas, platós televisivos y reels se llenan de declaraciones cruzadas, filtraciones y falsos enfrentamientos entre dirigentes políticos, pero rara vez se habla con la misma intensidad de problemas de la clase trabajadora y sectores populares.
La corrupción que es consustancial a este sistema, esencia misma del mismo podría decirse, solo se persigue si viene bien al poderoso de turno y esta campaña a tumba abierta contra el gobierno socialdemócrata actual deja reducida la política a una discusión permanente sobre quién ocupa el poder o quién se beneficia de él. Porque mientras la atención se concentra en esta falsa dicotomía PP-PSOE, mientras quienes ostentan el verdadero poder la oligarquía hace y deshace, permanece intacta una realidad que afecta cada día a millones de trabajadoras y trabajadores: el aumento de las desigualdades, la precarización de las condiciones de vida y la mercantilización de derechos básicos.
Mientras los beneficios empresariales baten récords, millones de personas enfrentan alquileres imposibles, empleos cada vez más precarios y una creciente incertidumbre sobre su futuro, las guerras se multiplican y el gasto militar aumenta, la reivindicación de paz, techo y trabajo no es una consigna del pasado: es una necesidad urgente para la clase trabajadora y los sectores populares.
A pesar de los discursos sobre macro crecimiento económico y modernización, amplios sectores de trabajadores y trabajadoras viven bajo la amenaza constante de la precariedad. Los beneficios empresariales aumentan mientras muchas familias siguen teniendo dificultades para cubrir gastos básicos. La riqueza que genera el trabajo colectivo se concentra cada vez más en manos de una minoría, mientras quienes producen esa riqueza ven deteriorarse sus condiciones de vida.
Las mujeres trabajadoras ocupan una posición especialmente vulnerable dentro de esta realidad, no porque la precariedad sea exclusivamente un problema de las mujeres, sino porque el sistema económico se apoya en desigualdades de género, que conllevan peores salarios y condiciones laborales y asumen la mayor parte de los trabajos de cuidados y una enorme cantidad de trabajo no remunerado sin el cual la economía simplemente no podría funcionar.
La vivienda constituye otro de los principales escenarios del conflicto social actual. Mientras fondos de inversión, grandes propietarios y entidades financieras continúan obteniendo beneficios multimillonarios, miles de familias trabajadoras destinan una parte creciente de sus ingresos al alquiler o la hipoteca, situación que afecta al conjunto de la clase trabajadora siendo las familias monomarentales las que encabezan las estadísticas de pobreza.
En el clima de rearme generalizado en Europa, la paz tampoco puede reducirse a la ausencia de frente local de guerra, desde una perspectiva de clase, la paz significa garantizar condiciones de vida dignas para la mayoría social combatiendo la pobreza, la exclusión y todas las formas de violencia estructural. Significa cuestionar una creciente militarización social que avanza al mismo tiempo que se reclama contención del gasto social y se deterioran servicios públicos esenciales. Mientras unos pocos hacen negocio con los conflictos, las clases populares son quienes pagan sus consecuencias.
Necesitamos recuperar una agenda política que vuelva a poner en el centro las necesidades de la mayoría trabajadora, porque mientras nos invitan a observar el espectáculo de las luchas por el poder, la verdadera disputa sigue estando en otro lugar: en quién controla la riqueza que producimos, quién decide sobre nuestras condiciones de vida y quién se beneficia de nuestras necesidades. Frente a quienes hacen negocio con el trabajo, la vivienda y los cuidados, la respuesta sigue siendo la organización colectiva.
El capitalismo necesita convertir cada aspecto de nuestra existencia en una mercancía. La vivienda se convierte en un activo financiero; los cuidados, en una carga privada; la salud, en un negocio; la educación, en un privilegio. Mientras tanto, quienes producen la riqueza colectiva ven empeorar sus condiciones de vida. La precariedad no es un accidente ni una consecuencia indeseada: es una condición necesaria para el mantenimiento de un sistema que concentra poder y riqueza en manos de una minoría.
Frente a ello, y es necesario construir una alternativa basada en la justicia social, la igualdad y la dignidad, donde no basta con la indignación ni la resistencia individual, la historia demuestra que ningún derecho fue concedido voluntariamente por el poder, todos fueron conquistados mediante la organización colectiva, la movilización sostenida y la construcción de poder popular.
Hay que fortalecer todo lo colectivo y lo presencial, hay que poner el cuerpo en las redes vecinales, los sindicatos combativos, los movimientos feministas, las plataformas por la vivienda, las organizaciones antirracistas y todos aquellos espacios donde la clase trabajadora se organiza para defender sus intereses. Paz, techo y trabajo no son reivindicaciones históricas, sino las necesidades más urgentes de la clase trabajadora y el conjunto de las clases populares en el momento presente.
Tatiana Delgado












