Hace apenas unos meses se publicó la encíclica papal Magnifica Humanitas. En torno a ella se ha generado cierto revuelo, quizá más por el final de la prolongada ausencia del papa León XIV en asuntos considerados «terrenales» desde su elección como sumo pontífice, que por el contenido concreto del documento o por su eventual trascendencia práctica.

A pesar de ello, algunas de las reflexiones realizadas sobre la inteligencia artificial resultan interesantes e, incluso, son compartidas por amplios sectores sociales. Podría decirse aquello tan manido de que un reloj averiado acierta dos veces al día.

El Papa sostiene que la inteligencia artificial no es moralmente neutral y advierte de que quien controle estas tecnologías impondrá inevitablemente su visión del mundo. De ahí que afirme que «la inteligencia artificial requiere hoy ser desarmada» y que, detrás de cada algoritmo, existen intereses, ideologías y determinadas concepciones del ser humano.

Hasta aquí, poco hay que objetar. La tecnología nunca es neutral. Ningún avance científico o técnico surge en el vacío ni se desarrolla al margen de las relaciones sociales existentes. Toda innovación está condicionada por quienes la financian, la diseñan, la poseen y la utilizan.

Sin embargo, lo que preocupa al jefe de la Iglesia católica no es lo que expresa, sino lo que omite. En cierto sentido, la inteligencia artificial constituye un nuevo capítulo en una larga secuencia histórica de avances que, en distintos momentos, fueron percibidos como amenazas para el orden establecido: el modelo heliocéntrico, la teoría de la evolución, la disección anatómica, la imprenta, la traducción de la Biblia a las lenguas vernáculas, la libertad de conciencia,la vacunación obligatoria, los partos sin dolor, los zapatos puntiagudos o el café.

No obstante, sería injusto despachar la encíclica únicamente desde una perspectiva crítica. Hay elementos que merecen ser compartidos. Cuando se afirma que la inteligencia artificial debería estar al servicio del conjunto de la humanidad o que «debemos aprender a escucharnos unos a otros, afrontar con valentía los desafíos del presente y cooperar en la construcción de una sociedad más humana y fraterna», se está apuntando hacia una preocupación legítima.

El problema aparece cuando estas aspiraciones se desligan de las condiciones materiales necesarias para hacerlas realidad. La cuestión de fondo no es si la inteligencia artificial debe servir al bien común, prácticamente todo el mundo estaría de acuerdo con esa formulación. La cuestión es quién decide qué significa ese bien común y quién posee los medios para imponerlo.

La IA debe analizarse desde una perspectiva amplia, materialista y dialéctica, como una nueva fase en el desarrollo de las fuerzas productivas. Su incorporación masiva a la producción y al consumo está transformando ya la organización del trabajo, la formación de las personas, la creación cultural, la circulación de información y la práctica totalidad de las relaciones sociales.

Pero, bajo las actuales relaciones de producción, esas mismas posibilidades pueden traducirse en desempleo, control social, concentración de riqueza y ampliación de las desigualdades sociales.

La inteligencia artificial, en manos de grandes corporaciones tecnológicas, se convierte en una poderosa herramienta para optimizar la extracción de beneficios y reforzar posiciones monopolísticas. En manos de una sociedad que ejerciera un control democrático sobre ella, podría convertirse en un instrumento sin precedentes para mejorar las condiciones materiales de existencia de la mayoría.

Por ello, el verdadero debate no es tecnológico ni moral, sino político. En este sentido, resulta especialmente imprescindible el estudio del ensayo de Sven Tarp, La calma antes de la tormenta, editado por Editorial Unidad y Lucha, una obra que aborda la inteligencia artificial desde una perspectiva materialista, dialéctica e integral y que invita a reflexionar sobre sus implicaciones para el desarrollo de las fuerzas productivas y para el futuro de las sociedades contemporáneas.

La inteligencia artificial no constituye una amenaza para la humanidad, al contrario de quien la ostenta y la utiliza para someter a la mayoría social. Hoy, el poder político y económico pertenece a unos pocos tecno-capitalistas, de igual forma que en otros tiempos estuvo en manos del clero.

Kike Parra

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