La ignorancia no es falta de información: también puede ser producida por estructuras de poder que condicionan el conocimiento y la conciencia social.

Si sabemos que la ignorancia no constituye una ausencia simple de información. Funciona como una relación histórica entre producción, circulación y apropiación del conocimiento dentro de una organización social determinada.

Cada época desarrolla mecanismos específicos para ampliar la comprensión colectiva del mundo o para restringirla según las necesidades materiales de quienes concentran el poder económico, militar, religioso y cultural.

Paradójicamente, bajo el capitalismo, la amplitud del universo de la ignorancia crece, junto con la expansión de los recursos científicos y tecnológicos que permanecen subordinados a intereses mercantiles capaces de transformar descubrimientos en privilegios, datos en mercancías y educación en instrumento de discriminación social.

La contradicción adquiere una dimensión decisiva porque el aumento del saber disponible no garantiza una conciencia proporcional acerca de las condiciones reales de existencia. Cantidades inmensas de información pueden coexistir con incapacidades profundas para comprender las causas estructurales de la explotación, de la desigualdad y de la violencia organizada.

Cada formación económica produce también una arquitectura intelectual destinada a naturalizar sus relaciones de dominación. Las ideas dominantes no aparecen espontáneamente en la conciencia colectiva; requieren instituciones, hábitos, lenguajes, sistemas educativos, industrias culturales y dispositivos comunicacionales que reproduzcan diariamente interpretaciones compatibles con la estabilidad del orden existente.

La ignorancia adquiere entonces carácter productivo. No se limita a ocultar hechos; organiza percepciones, jerarquiza problemas, distribuye silencios y administra incertidumbres. El desconocimiento deja de ser una condición accidental para convertirse en una fuerza material que interviene sobre las prácticas sociales mediante operaciones permanentes de fragmentación de la experiencia histórica. Son dictaduras que representan expresiones particulares de esa lógica.

Algunas irrumpen mediante violencia militar sangrienta, suspensión de garantías jurídicas y persecución abierta contra toda organización popular. Otras preservan procedimientos electorales, mantienen apariencias institucionales y administran consensos elaborados por sistemas complejos de manipulación simbólica.

La diferencia entre unas y otras pertenece principalmente a las modalidades del ejercicio del poder, no necesariamente a la finalidad histórica perseguida cuando el propósito consiste en impedir que las mayorías reconozcan el origen social de su explotación, su saqueo, sus padecimientos y no desarrollen capacidades organizativas suficientes para emanciparse.

La coerción física y la persuasión ideológica constituyen momentos diferentes de un mismo proceso cuando convergen en la preservación de relaciones profundamente desiguales. La fabricación contemporánea del consentimiento no descansa únicamente sobre la censura.

Opera mediante saturación informativa, espectacularización permanente, aceleración de los ritmos comunicacionales y debilitamiento sistemático de la memoria histórica. El presente aparece aislado de sus determinaciones materiales mientras los acontecimientos se consumen con velocidad suficiente para impedir conexiones críticas entre causas y consecuencias.

La experiencia colectiva pierde espesor temporal y la conciencia queda expuesta a una sucesión ininterrumpida de estímulos que sustituyen comprensión por impacto emocional. La ignorancia encuentra allí un territorio extraordinariamente fértil porque la abundancia de mensajes reemplaza el conocimiento articulado por acumulaciones dispersas de datos incapaces de configurar explicaciones consistentes. La lucha de clases atraviesa también el campo del conocimiento.

Ninguna confrontación decisiva puede desarrollarse exclusivamente sobre el terreno económico mientras las representaciones sociales continúen organizadas por categorías funcionales al mantenimiento de la subordinación. Cada avance de la conciencia de clase implica una conquista intelectual inseparable de experiencias compartidas, investigaciones rigurosas, prácticas solidarias y elaboración crítica de la historia.

Cada retroceso expresa victorias temporales de narrativas destinadas a convertir relaciones históricas en fatalidades naturales. El conflicto alcanza así dimensiones epistemológicas porque aquello que una sociedad considera evidente determina igualmente aquello que juzga imposible transformar. La emancipación exige mucho más que acceso cuantitativo a información.

Se requiere apropiación crítica de los procesos mediante los cuales el conocimiento se produce, circula y adquiere legitimidad pública. Medios, modos y relaciones producción del conocimiento. La ciencia alcanza su potencia más elevada cuando renuncia a convertirse en patrimonio exclusivo de élites profesionales y participa activamente en la comprensión colectiva de las contradicciones sociales.

La investigación rigurosa encuentra entonces una responsabilidad ética inseparable de su precisión metodológica: contribuir al desarrollo de capacidades intelectuales que permitan distinguir entre apariencia y esencia, entre accidente y estructura, entre contingencia y necesidad histórica.

La Humanidad enfrenta una disputa: la disputa capital-trabajo permanente entre fuerzas orientadas hacia la ampliación universal del conocimiento y fuerzas empeñadas en convertir la ignorancia en recurso estratégico para perpetuar explotación, saqueo de recursos naturales, desmoralización inducida y privilegios.

Ninguna victoria permanece asegurada. Cada generación recibe una herencia contradictoria compuesta por conquistas extraordinarias del pensamiento y por mecanismos refinados destinados a neutralizarlas.

La tarea histórica consiste en transformar el saber acumulado en patrimonio común, democratizarlo y politizarlo, fortalecer formas cooperativas de producción intelectual y construir una conciencia capaz de reconocer que toda liberación auténtica comienza cuando los pueblos desarrollan conciencia de clase y descubren las raíces materiales e ideológicas (falsa conciencia) de su propia condición y convierten ese descubrimiento en acción organizada, con un plan de lucha emancipado y emancipador, para conquistar relaciones sociales fundadas en igualdad, dignidad y justicia.

Otros Medios: Almaplus.tv.  Autor: Fernando Buen Abad

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