Nació en 1726 en Vélez Rubio. Con 23 años fue capturada en la Gran Redada antigitana e inició un periplo de pesadilla, pero también de resistencia.

Trasladada desde su pueblo hasta Almería, allí fue recluida junto a menores de siete años y a las demás mujeres gitanas detenidas en la zona. Posteriormente, enviada a Granada y luego a Málaga a un depósito de mujeres, en espera de un destino definitivo asignado por los represores.

Tras 2 años de encierro, junto con las detenidas de Palencia, se dispuso fueran trasladadas en barco, en carretas y a pie hasta el encierro definitivo en la Casa de Misericordia de Zaragoza. Más bien casa de horrores y exterminio, donde se construyó una galería destinada a encarcelar a las gitanas. Al llegar, las mujeres se negaron a entrar en aquel barracón insalubre preparado por sus carceleros y exigieron permanecer en el patio al aire libre.

Las prisioneras eran obligadas a abrazar el catolicismo, pero ellas realizaban todo tipo de actos de rebeldía, desde desnudarse completamente, rompiendo su ropa para, así, caminar desnudas por la Casa de la Misericordia y evitando con ello recibir misa, o besándose entre ellas para escándalo e hiriente forma de enfrentar a los curas carceleros. Sus informes dan cuenta de la resistencia de aquellas mujeres, que ni se sometieron ni se doblegaron, y cuyo ejemplo de resistencia ha dado lugar a una de las palabras más hermosas del romaní: PHENJALIPEN (hermandad entre mujeres). Phenjalipen existía antes que la sororidad fuera utilizada por el feminismo burgués y hegemónico.

Se produjeron muchos intentos de fuga. Rosa Cortés protagonizó y lideró el más conocido que tuvo lugar el 18 de enero de 1753, tras abrir un boquete en la pared de la sala común con un clavo. Cincuenta y tres gitanas huyeron por aquel angosto agujero, siendo casi todas nuevamente presas al cabo de los días. Rosa fue una de ellas. Cayó en el olvido, su nombre e historia se intentó borrar, como el de todo su pueblo, a través del Proyecto de Exterminio emprendido entre 1749 y 1765, y que continúa hasta la actualidad por otras vías.

Rosa encarna las resistencias cotidianas frente al poder, las invisibles, las del día a día… también las de gran valor y determinación. Todas ellas nos han permitido llegar hasta hoy. No hay una única forma gitana de ser y vivir, pero sí hay una gitanidad en la que nos reconocemos y tiene que ver con el orgullo por nuestro pueblo y con todo el legado de Resistencia.

Tío/tía en argot gitano es muestra de cariño y respeto hacia nuestros mayores y tía Rosa en nosotras es expresión del profundo reconocimiento a aquellas mujeres que fueron y nos permiten ser quienes somos. Gitanas y feministas, siempre firmes. Y porque somos, también seremos.

Sastipen talí.

María Royo

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