
Hace un par de meses, RT publicó las opiniones de Ladislav Zemánek, investigador del Instituto China-CEE de la Academia China de Ciencias Sociales, en Budapest, sobre la amenaza que para la «civilización de Europa occidental» supone lo que algunos denominan la revolución demográfica y otros siguen calificando como «el Gran Reemplazo».
Nada nuevo en un relato compartido por el sector más reaccionario de Europa. Lo traemos a colación porque, aprovechando la expectación que suscitó el Mundial de fútbol, hubo quienes, como M. Rajoy, negaron que los jugadores de la selección francesa fueran franceses. También hay quien duda de la pureza de sangre de Nico Williams o Lamine Yamal, aunque las victorias patrias son capaces de soterrar estas minucias. En cualquier caso, se trata de una variante de la misma letanía xenófoba y racista. La virtud de este último episodio reside en la capacidad que tiene el deporte rey para acercar este debate al común de los mortales.
Aunque «los obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no poseen», hay quienes profesan una fe infinita en banderas ajenas y presumen de autoridad para repartir carnés de autenticidad nacional y ciudadanía, incluyendo en ello a sectores desclasados de la propia clase trabajadora.
La duda sobre la «europeidad» o nacionalidad de ciudadanos de ascendencia africana, visibilizada con grotesca nitidez en el terreno del fútbol, desnuda la esencia excluyente y biologicista que subyace al nacionalismo burgués. Cuando se cuestiona que una selección nacional esté compuesta por jugadores negros o de origen migrante, no se apela a ningún criterio jurídico o cultural objetivo, sino a un mito racial de pureza completamente ajeno a la evidencia histórica y antropológica más elemental.
Lo cierto es que la propia Europa se construyó, desde sus orígenes, sobre una multitud de pueblos que hoy serían considerados «extranjeros» por los racistas. Basta observar el caso de España, donde, durante casi ocho siglos, la presencia de pueblos norteafricanos, bereberes y árabes no solo dejó una impronta cultural imborrable en la lengua, la arquitectura o la agricultura, sino que también se mezcló con los sustratos íbero, celta, romano y visigodo. El ADN del europeo actual, sin excepción, es el resultado de sucesivas oleadas migratorias milenarias: cazadores-recolectores prehistóricos, agricultores procedentes de Anatolia, pastores de las estepas, fenicios, griegos, romanos, pueblos germánicos, eslavos y también africanos que cruzaron el Mediterráneo mucho antes de que existieran las fronteras actuales. Hablar de una supuesta «pureza europea» no solo constituye una aberración científica; es también un insulto a la propia historia material del continente.
El relato de la homogeneidad étnica, cultural y religiosa solo ha servido para legitimar el dominio del capitalismo sobre un territorio delimitado. El fascismo, su hijo más monstruoso, elevó ese relato a la categoría de mito e intentó imponerlo mediante los campos de concentración.
Ladislav Zemánek comenta, a este respecto, que «barrios enteros funcionan» en Europa «cada vez más según normas que difieren notablemente de las del país de acogida... La inmigración masiva ya no se limita a cambiar la demografía. Está reconfigurando la política, la cultura y, en última instancia, el carácter futuro de las sociedades europeas».
Quienes dicen defender la identidad europea suelen ignorar la profunda americanización de Europa mientras convierten la inmigración en el principal problema cultural. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial y, especialmente, tras la caída de la Unión Soviética, el mundo occidental ha quedado bajo una hegemonía cultural liderada por Estados Unidos. En consecuencia, numerosos elementos tradicionales de la cultura europea han cedido terreno frente a productos, valores y símbolos procedentes del ámbito anglosajón.
En el plano idiomático, mientras las lenguas autóctonas minoritarias son despreciadas por su escasa utilidad para el mercado, los idiomas oficiales incorporan constantemente anglicismos, rindiendo pleitesía al imperialismo.
La mayor parte del consumo audiovisual europeo procede de Estados Unidos. Las películas más vistas pertenecen, casi siempre, al universo de Hollywood. Los héroes culturales de varias generaciones ya no son personajes de la literatura española o europea, sino Superman, Batman o Spider-Man. Si el Capitán Trueno pudiera venir...
Hasta mediados del siglo XX, cada país europeo conservaba una identidad musical muy marcada. Hoy, la música que domina las listas de éxitos responde mayoritariamente a patrones creados por la industria angloamericana. El inglés se ha convertido en la lengua predominante del pop internacional.
La vida cotidiana europea está rodeada de símbolos estadounidenses. Un paseo por cualquier ciudad española revela la presencia dominante de cadenas como McDonald's, Burger King, Starbucks o KFC.
El Estado nación clásico, surgido con el capitalismo ascendente, constituía el marco necesario para la acumulación originaria y la competencia interburguesa. Sin embargo, en la era del imperialismo y, sobre todo, en su fase actual, el capital monopolista ha desbordado por completo las fronteras estatales. Los mismos oligarcas que claman por la «defensa de la soberanía nacional» frente a los inmigrantes trasladan sus fábricas a países con mano de obra semiesclava, depositan sus fortunas en paraísos fiscales y se someten a los dictados de instituciones supranacionales como el FMI o el Banco Central Europeo, que vacían de contenido cualquier democracia formal. El Estado nación se ha convertido en un cascarón represivo que defiende ferozmente las fronteras para las personas mientras se arrodilla ante la libre circulación del dinero y las mercancías. Su defensa a ultranza constituye hoy un proyecto exclusivamente reaccionario, pues solo puede sostenerse inventando enemigos internos racializados y reproduciendo una falsa unidad nacional que oculta la lucha de clases.
La nación es una categoría histórica sometida a la dialéctica. No es un ente biológico. Surge del desarrollo del mercado capitalista y de la unificación de territorios bajo una lengua y una cultura burguesa dominantes. No es una comunidad de sangre, sino un producto transitorio de unas determinadas relaciones económicas.
Por nuestra parte, la consigna «¡Proletarios de todos los países, uníos!» no es un adorno retórico; constituye la única estrategia efectiva frente a la explotación capitalista. Cuando el capitalismo señala con el dedo al jugador negro y lo acusa de no ser «verdaderamente» francés, inglés o español, busca, como siempre, un chivo expiatorio. Echa balones fuera e impide que la respuesta a los problemas se dirija contra los verdaderos responsables.
Kike Parra












