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El fondo ideológico fundamental de la sociedad del capital (por otro nombre sociedad burguesa), se ancla  en la concepción del individuo racional, utilitarista, libre (no se dice por los catarriberas del sistema que para la más que inmensa mayoría se es libre de los medios necesarios para conseguir sobrevivir)  y cuya competencia autista de unos contra otros en busca del beneficio individual resuelve paradójicamente la consecución, a través de una providencial mano invisible, del bienestar social.

El individuo no  inserto en una trama de relaciones sociales —de clases en las sociedades de clases— permite al sistema inventar y difundir todo tipo de artilugios ideológicos dirigidos fundamentalmente a profundizar en el imaginario social la no existencia de clases, lo que directamente da como resultado que hablar de lucha de clases sea de lunáticos. Y menos, que esa lucha de clases la suma y practique el capital contra el trabajo. ¡Pero si los capitalistas, los "empresarios emprendedores", sólo están preocupados por sacarnos de esta crisis con la cual la mano invisible no tiene nada que ver!

Para cualquier sistema de explotación ha sido necesario mantener a las clases explotadas y dominadas ignorantes del porqué de su "necesaria" explotación.   El sistema del capital, y más en la delicada actualidad por la que  atraviesa, necesita como nunca borrar del imaginario colectivo que la clase proletaria, que la clase trabajadora, existe como tal y está situada en relación antagónica con respecto a la clase del capital: la burguesía.

Sólo hay que fijarse, y sin mucho detenimiento, en los  machacones discursos electorales  vertidos estos días. Todos los partidos políticos y agrupaciones, exceptuando los comunistas, han perforado nuestros oídos con los términos ciudadanos y ciudadanía. Y hay que insistir en ello, el término ciudadano  exigido por la ideología burguesa y  preferido de la pequeña burguesía no es sino el traslado al ámbito político y electoral del individuo burgués. Es una evidencia más de su aceptación del sistema de explotación.

Pero no es la única manera de suprimir las clases y su enfrentamiento. Quizá una de las más insidiosas y taimadas formas de apartar de la conciencia de la clase trabajadora la existencia de las clases y su antagonismo, es el desarrollo de las negociaciones y los argumentos que se ofrecen para llegar a acuerdos relativos a las condiciones de vida y trabajo de la clase trabajadora.

Ahí "discuten" agentes sociales que representan, si es que representan, a determinados grupos sociales. Un colectivo de empresarios, no la clase capitalista,  por una parte y todo el conjunto de los trabajadores, no la clase trabajadora por otra —nunca se utiliza la denominación clase trabajadora ni (¡horror!) clase obrera—.

Ahí se "discute" a qué acuerdos hay que llegar para conseguir  "la mejor manera de salir de la crisis" que nos afecta a todos y de la cual todos tenemos la culpa. No es la crisis del capital. Ni de que todas las salidas que se planteen, si no es la salida hacia el socialismo, hacia la emancipación por ella misma de la clase obrera, son salidas capitalistas y en beneficio del capital.

Ahí los  autoproclamados y autoelegidos agentes sociales lo tienen muy claro. Defienden  "su" modelo de sociedad y a él se atienen. No hay que pedirles lo que no están en condiciones ni disposición de dar.

El reconocimiento de esa situación obliga, más si cabe, a  evitar al máximo el deslizamiento hacia posiciones o discursos que introduzcan el antisindicalismo o el antisindicatos entre la clase obrera, ofuscándola y confundiéndola. Sería una forma de hacer el juego al enemigo de clase. La tarea comunista en este ámbito ha de basarse en la estricta delimitación de posiciones y en la máxima finura en la argumentación, buscando la unificación de las luchas y de la clase.

¡No somos ciudadanos, ni somos clase media; somos clase obrera!

Granada, mayo 2015

Julio Mínguez