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Cuando a un/a obrera la máquina le secciona una mano, o se cae de un andamio, o se duerme al volante de un autobús o de un camión, la causa es su despiste, su negligencia o que iba borracho/a. Las jornadas extenuantes  y los ritmos de trabajo más allá de la resistencia física no tienen nada que ver con estos accidentes, ni mucho menos el ahorro criminal de la empresa en medidas de seguridad. 

En el caso de la tragedia ferroviaria del 25 de Julio en Santiago de Compostela, los medios de comunicación de la oligarquía organizaron inmediatamente la transferencia del dolor y la ira popular hacia la figura del conductor del tren. 

Desde el primer momento los medios, Fomento y las direcciones de RENFE y ADIF lanzaron a los perros contra el maquinista, ocultando cuidadosamente que el grupo constructor  ACS, adjudicatario del eje Ourense-Santigo, aprovechó, para abaratar costes, un tramo del trazado antiguo que ya se revelara como muy peligroso  cuando el convoy dio un bandazo en el mismo momento de su inauguración en diciembre de 2011. 

Los recortes del 70% en materia de infraestructuras y  mantenimiento, la falta de inversiones en sistemas de supervisión, seguridad y señalización; la propia apuesta por la Alta Velocidad a costa de  desmantelar las líneas y estaciones que constituyen una necesidad social, los EREs y despidos de personal, el castigo laboral a la impuntualidad (descuentos salariales, supresión de primas, amenazas de despido) aplicados a los trabajadores ferroviarios; todos ellos son elementos que no conviene incluir en el catálogo de causas posibles de la tragedia. 

No conviene,  porque a la chita callando, una semana después, el 31 de julio, se abre la primera fase de la liberalización del transporte de pasajeros en España; desmantelamiento  ya iniciado en 2005 bajo imposición de la Unión Europea, con la división impuesta por Bruselas entre  ADIF y RENFE. Un proceso de liquidación  del monopolio público del ferrocarril que en Gran Bretaña, en la década de 1990, fue seguida por una serie de accidentes mortales que se  cobraron cientos de vidas. 

No conviene que salgan a la  luz estos hechos cuando los monopolios españoles se disponen a hincarle el diente a la construcción del  AVE  Sao Paulo-Río de Janeiro, cuando el negocio de la alta velocidad  es fuente de pingües dividendos para potentes grupos empresariales españoles  como los adjudicatarios (Adif, Cobra, Consultrans, Copasa, Dimetronic, Inabensa, INECO, Indra, Imathia, OHL, Talgo y Renfe)  del AVE La Meca-Medina en Arabia Saudí, para la construcción de la superestructura y de los sistemas ferroviarios de energía, señalización y telecomunicaciones, así como el mantenimiento, el suministro de trenes y la operación de la línea durante un periodo de doce años. 

El obrero en el papel del villano  es ya un clásico  del discurso oficial de la dictadura  del capital. 

Los empleadores no pueden crear empleo  porque los ambiciosos e insolidarios  asalariados no entienden las ventajas  de la jornada de 16 horas de lunes a sábado por menos del SMI, sin convenio, vacaciones ni derechos jubilatorios. El crecimiento se estanca porque los conservadores  y tacaños trabajadores no consumen al ritmo de los felices años en que también eran culpables porque vivían por encima de sus posibilidades. A veces se permiten huelgas generales que suscitan la desconfianza de los mercados disparando la prima de riesgo, y no acaban de asimilar la lógica del impacto asimétrico de la crisis: para que unos pocos ganen mucho, much@s tenemos que perderlo todo. A veces, "todo" es la vida, como el 25 de Julio en Santiago. 

Marina Quintillán