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El quinto país en extensión (8,516 millones de km2) y el sexto en población (209 millones) aborda un proceso electoral para presidente de la república, preñado de situaciones escandalosas que se han ido produciendo en los últimos años.

Cuando este artículo salga a la luz, ya se habrán celebrado las elecciones en la segunda vuelta prevista para el 28 de octubre. No obstante, este artículo se configura sobre el propio proceso electoral, más allá del resultado final, y se configura para descifrar el fenómeno “Bolsonaro” en el contexto brasileño y de la lucha de clases en la región, en América Latina.

Cualquier mente cabal que no manifieste una preocupación política especial, seguro que, ante la candidatura de este farsante y mediocre personaje, se tiene que hacer la pregunta de ¿cuál es la situación del capitalismo en Brasil para que la derecha proponga a un filibustero y antiguo militar como candidato a la presidencia de la República? y la respuesta trataremos de desgranarla a partir de la incapaz posibilidad de la salida de la crisis del capitalismo por los propios medios de producción del sistema.

Las victorias electorales de Lula y Dilma en Brasil generaron un especial entusiasmo en amplios sectores populares, que desafortunadamente no han tenido el calado que se esperaba e incluso se necesitaba. Baste como ejemplo las fuertes tensiones que se han manifestado con las ocupaciones del “Movimiento de los sin tierra” que se han saldado siempre con una desmesurada violencia por parte de la policía, similar a la que se realizaba con cualquier gobierno anterior de la derecha.

Como hemos indicado en otros artículos, en la fase actual, el capitalismo ya no puede ofrecer mejores condiciones de vida a la clase obrera y al resto de los sectores populares. Brasil, en estas elecciones, está padeciendo la misma situación que anteriormente vivieron Paraguay (con Fernando Lugo), Honduras (con Manuel Zelaya), Ecuador (a través del traidor Lenin Moreno) y hasta Argentina (con los Kirchner), así como los todavía resistentes Nicaragua y Venezuela. El imperialismo norteamericano está ejecutando un modelo de intervención directa en América Latina a partir de los llamados “golpes blandos” que combinan la amenaza con las sanciones económicas y con los retorcimientos de procesos jurídicos para voltear las voluntades populares.

En el caso de Brasil, más allá de los errores en la “gestión” de las reformas introducidas, las contradicciones surgidas como consecuencia del mantenimiento de las relaciones capitalistas de producción, han provocado un fuerte desaliento en los sectores populares que ha sido aprovechado por la reacción para colocar la candidatura de Bolsonaro como solución a problemas que debían haberse trabajado desde el campo ideológico para ir avanzando en la conciencia de clase y, por tanto, en el camino de la Revolución.

Efectivamente, la corrupción y la demagogia han dado paso a que el foco de la campaña electoral se centrase en la inseguridad ciudadana, la criminalidad, el narcotráfico y el soborno. El escándalo del caso “Lava Jato” o de lavado de dinero descubierto en un lavadero de coches, ha llegado incluso a implicar a otros gobiernos de la región, como es el caso del gobierno peruano.

En esta especie de histérica situación política, la derecha más reaccionaria encuentra un candidato amoldado estas condiciones, donde “el orden” es el valor supremo de la burguesía y de los sectores pequeñoburgueses que se han enriquecido en las coyunturas económicas favorables.

Bolsonaro, capitán del ejército, junto con Antonio Hamilton Mourau, general retirado, forman la pareja candidata de la derecha que recuerda en sus figuras y en su esencia a la dictadura militar de 1964.

Profundizaremos en el siguiente número de UyL, una vez que se produzcan los resultados de las elecciones del 28 de octubre.