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Sesenta años (enero 1959 – enero 2019) de intrincado y heroico combate. El del pueblo cubano que con Fidel y los barbudos de la Sierra Maestra, y ya derrocado el dictador Fulgencio Batista, dijo ¡Basta! y echó a andar. ¡Basta! al lupanar que hicieron de Cuba gánsteres, forajidos y bandoleros yanquis durante 61 años; ¡Basta! al saqueo perpetrado por las multinacionales norteamericanas de sus riquezas y bienes naturales: azúcar, café, cacao, tabaco, níquel, cobre, hierro etc. ¡Basta! al crimen organizado e impune de la Cosa Nostra; ¡Basta! a la miseria galopante, enfermedades endémicas, paro, analfabetismo y ausencia de derechos sociales y políticos; ¡Basta! a “democracias” corruptas, gobiernos títeres y sangrientas dictaduras al servicio del Imperio.

Terminaba así aquella lacerante ·diversión, y empezaba a partir de entonces la construcción de un nuevo país, pues la Revolución, “la verdadera” como decía el Comandante, “vino a Cuba para quedarse”. Y así fue, la Revolución prevaleció para regocijo de los pueblos que lucharon y luchan en el mundo por su libertad y por sus derechos, y mejor aún, para desesperación y rabia de quienes quisieron y quieren sojuzgarlos y expoliarlos, Estados Unidos al frente. Sobre todo después que, un imperecedero día del mes de abril de 1961, el líder cubano proclamara oficialmente el carácter socialista de la Revolución cubana. Con aquella decisión, producto de la postura más consecuente y revolucionaria, Cuba apareció ante un mundo estupefacto como una nación independiente y liberada definitivamente del yugo colonial español y de las más de seis décadas de sometimiento yanqui. Pero aquel disparo en la yugular del Tío Sam supondría un desmedido precio a pagar.

“Socialismo próspero y sostenible

Hubo que remangarse las mangas bien arriba y bregar muy duro. Hubo que estar en alerta constante ante cualquier ataque imperialista. Hubo que adaptar el marxismo-leninismo a las circunstancias históricas de Cuba y a su idiosincrasia. Hubo que materializar la Revolución soñada por Fidel y el Che en 1955 en la casa mejicana de María Antonia: recuperar de la postergación a los héroes nacionales (José Martí, Antonio Maceo, Máximo Gómez, etc.) que dieron sus vidas por la independencia de Cuba; hacer la reforma agraria bajo el principio de “la tierra para quien la trabaja”; alfabetizar y educar a una población con el 60% de analfabetos en 1959; elaborar la constitución socialista y articular la democracia directa de la clase trabajadora en el poder popular; preparar profesores, médicos, ingenieros, deportistas, etc.; construir escuelas y hospitales; socializar la industria, la banca, los transportes, la energía, etc., etc. Hubo pues que planificar la economía y buscar los recursos económicos suficientes para ello. Y en eso llegó la URSS, a la que Cuba, con toda razón, rinde aún pleitesía. Y los años pasaron, y con ellos invasiones, amenazas, calumnias, atentados, leyes extraterritoriales, plagas, periodos especiales y numerosos intentos terroristas de magnicidio. Todo ello orquestado por el Imperio y sus lacayos del mundo capitalista. Una cosa abominable sin embargo perduró en el tiempo pese a ser condenado masivamente en la ONU durante 27 años: el ilegal e inhumano bloqueo comercial, económico y financiero impuesto por Estados Unidos desde octubre de 1960, y que tanto daño causa al pueblo cubano en todos los ámbitos. Según el gobierno revolucionario, desde 1959, más de 933 mil 678 millones de dólares de pérdidas, y tan solo desde abril de 2017 a marzo de 2018, periodo en el que el bloqueo se ha agravado, más de 4 mil 321 millones de dólares.

Pese a todo, y después de tantos vaticinios augurando el fin de la Revolución cubana un día sí y otro también, Cuba, “actualizando todo lo que sea necesario actualizar”, persiste y firma en la construcción de un “socialismo próspero y sostenible” para bien de su pueblo y ejemplo de quienes no nos doblegamos ni ante el Imperio ni ante el capital.

José L. Quirante