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Casi la mitad de los jóvenes de entre 15 y 24 años se declaran interesados por la política. Al menos así lo indica un informe reciente de la Fundación S.M. Sin embargo, ese dato no se traduce en una gran participación en la práctica. La juventud puede tener inclinaciones políticas, pero no las canaliza a través de los cauces que se empleaban en mayor medida por parte de las anteriores generaciones (grandes manifestaciones, sindicatos, el propio voto…) ni se involucra de manera militante, organizada. De hecho, datos de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) revelan que solo el 3,8% de los jóvenes ve útil pertenecer a un partido, mientras que un 73,3% afirma no pertenecer a ninguno ni tener intención de hacerlo. 

Existen multitud de factores que contribuyen a la desmovilización. Entre ellos, y quizá el más importante, la estructura laboral atomizada y caracterizada por la temporalidad a la que se tienen que enfrentar muchísimos jóvenes. Pero no parece descabellado pensar que la influencia de Internet y las nuevas tecnologías también tiene algo que ver en todo este asunto.

En paralelo a los procesos de espectacularización, simplificación y banalización de la política, ligados a la necesidad de los grandes medios privados de obtener audiencia y beneficios, se fomenta la llamada cibermilitancia (o ciberactivismo). Esa tendencia a expresar las inquietudes, las reivindicaciones y quejas exclusivamente a través de las redes sociales ha repercutido en la concepción que tienen los jóvenes acerca de la política. Se tiende a concebir que acciones como escribir un tuit o rellenar un formulario en una plataforma de firmas tienen capacidad per se para cambiar el mundo o el entorno cercano (o al menos se utilizan como vía para evadirse o desahogarse frente a una realidad precaria y difícil), pero, en cambio, las reivindicaciones a pie de calle no parecen tener tanto éxito (afortunadamente hay excepciones). Y esto también tiene que ver con el inconformismo que se ha implantado entre las generaciones más recientes.

Día tras día el imaginario colectivo se llena de imágenes que vinculan la política a una actividad de hombres con traje y corbata, aburrida, incomprensible, ajena a la vida real, mafiosa o, cuanto menos, aprovechada. Se nos traslada la idea de que organizarse y luchar no sirven de nada porque siempre caen en saco roto, se promueve la cultura del individualismo y de la resignación ante las injusticias diarias, que se soportan gracias al placebo de la filosofía MrWonderful. En este panorama, donde se ha visto que votar cada cuatro años tampoco comporta un cambio significativo en la vida de la clase trabajadora, es normal que crezca el abstencionismo y la apatía con respecto a todo lo que tiene que ver con política.

Los medios de comunicación, al fin y al cabo, son determinantes en estas percepciones. Las nuevas generaciones, en general, están desinformadas políticamente a un nivel preocupante, a pesar de que son ellas las que están viviendo en sus carnes las consecuencias de un sistema político y económico desfasado. Porque no interesa que la juventud se informe y se forme, mucho menos que se organice políticamente y tome partido. Es nuestro deber como comunistas revertir este panorama desolador y canalizar la rabia contenida de la juventud de extracción obrera y popular para convertirla en lucha organizada; en formación y combate. 

Maite Plazas