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Hay un impasse estival en la lucha decidida del pueblo chileno por acabar con la prolongada constitución pinochetista, que, como la española, es continuadora de su criminal dictadura.

Entre las movilizaciones que se están produciendo en América Latina, por su continuidad, por su confrontación desnuda, por su extensión, por su intensidad, la que se está produciendo en Chile, destaca por su descarnada lucha de clases y porque los objetivos van más allá de la cosmética democrático-burguesa.

Desde el 18 de octubre del pasado año, las movilizaciones populares no sólo no se han debilitado, sino que se han reforzado como consecuencia de la salvaje represión de todos los cuerpos policiales, incluido el ejército que también ha participado activamente en reprimir las manifestaciones y actos de protesta espontáneos.

En este período, la represión ha sido tan criminal que hasta el Ministerio Público ha facilitado datos escalofriantes. Se han computado 5.558 denuncias por violación de los derechos humanos, dato que sólo enmarca la protesta social hasta finales de noviembre.

Hasta esa fecha, se habían producido 31 muertos en los manifestantes, 4 de ellas perpetradas por agentes estatales, y 2 de ellos cuando estaban detenidos en comisaría.

De todas las denuncias presentadas, cerca de 4.200 son por actuaciones ilegítimas de represión, 134 incluso por tortura y hasta 9 por violación. Los demandados son todos los cuerpos represivos y militares: el Ejército suma 244; la Policía de Investigaciones, 96; 27 corresponden a la Armada chilena; se han presentado denuncias individualizadas por identificación contra 294 miembros de los Carabineros. Es decir, la violencia represiva ha recuperado los métodos más criminales empleados en el Golpe de Estado de 1973.

Los cuerpos policiales siguen exhibiendo su naturaleza, disparando a dar, por lo que ya hay más de 400 casos de manifestantes con heridas oculares, algunos de ellos con pérdida definitiva de la vista en un ojo. Pero también participan en la represión autoridades públicas, como el Intendente (alcalde) de Santiago, responsable directo de la represión ocurrida en la Plaza de la Dignidad de la capital chilena. Episodios siniestros también han tenido cabida en la violencia desplegada por grupos fascistas, como el atentado contra el Museo de Violeta Parra.

Pero el pueblo trabajador ha despertado de su letargo y se prepara para continuar la lucha junto con sectores populares y hasta profesionales, como escritores, artistas, cantantes, directores de música, etc. Se están produciendo actividades públicas y gratuitas como conciertos de música que están gestando la unidad en este proceso de lucha.

En el ecuador del verano, se están preparando para regresar con más fuerza y organización al combate en la calle para próximo mes de marzo, cuando ya entre el otoño chileno. La intensidad de la lucha ha disminuido en este mes, pero no ha desaparecido, a pesar del cierre de las universidades y del resto de centros educativos, el período vacacional y las altas temperaturas del verano.

Bajo la consigna “No soltaremos la calle”, se continúa con las denuncias por las políticas del gobierno Piñera, así como contra la corrupción y los corruptos que aparecen en las causas.

El viejo modelo de dominación que el imperialismo impuso con su Golpe de Estado en 1973 se desmorona por las consecuencias de la implementación salvaje de unas medidas que combinaban la explotación, con la represión, con la pérdida de los derechos fundamentales, con la privatización de las áreas sociales como Educación, Sanidad, Vivienda, etc.

El pueblo chileno se prepara para una dura batalla, una batalla que requiere de la solidaridad internacionalista de todos los pueblos y organizaciones populares.

La fuerza y la confianza en la victoria se plasma en una canción rapera que se canta en las movilizaciones: “Mami, salgo a luchar por un Chile nuevo, ya lo verás, espérame que vuelvo”. ¡Hasta la Victoria siempre!

Victor Lucas