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“¡Lávate las manos, que acabas de llegar de la calle!”. “Déjame ponerle el termómetro a mami, que tiene gripe y el horno no está para pasteles”. “Quítate esa ropa sucia antes de tirarte en la cama”. “¿Y adónde te crees que vas con esos patines? Casa quiere decir casa”.

A ráfagas, más claras o casi inteligibles, las frases entran por mis ventanas y muestran un pedacito de la realidad de estos días. Son tiempos de coronavirus y el maldito bicharraco se cuela en las conversaciones, acapara las noticias y se convierte en protagonista de los diálogos de las casas vecinas. Aunque no lo mencionen directamente. Pero una coincidencia machacona me perturba esta tarde, mientras cavilo el próximo teclazo para las letras de jueves: todas esas voces que escucho ordenando, vigilando, cuidando, son de mujeres.

Aunque el nuevo coronavirus no tiene preferencias de sexo, una vez más, las mujeres reciben impactos diferenciados frente a la pandemia. Para ellas, por ejemplo, recluirse en casa con la familia representa, no solo aislamiento, también mucho más trabajo. Si en tiempos normales sobre sus hombros suelen recaer tareas como la limpieza, la gestión de alimentos o la cocina, ¿Qué esperar en tiempos de crisis?

Para colmo, el confinamiento casi obligatorio aumenta la carga del cuidado de la gente menuda de casa y también de abuelas y abuelos, que son población de alto riesgo. Obviamente, las colecciones de libros, los conciertos on line, o esas recomendaciones de disfrutar el ocio, no son para las “dueñas de casa”.

Se trata de una realidad heredera de una práctica legitimada desde la tradición. Por solo poner un ejemplo, cerca del 57 por ciento de la población cubana mayor de 50 prefiere, en caso de necesitar cuidados, que estos sean ofrecidos por mujeres. Solo poco más del 5 por ciento elegiría a un hombre como cuidador, según la Encuesta Nacional de Envejecimiento de la Población, realizada en 2017 por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI).

No es mito. Las crisis de salud, como la generada por la COVID-19, afectan a hombres y mujeres de distintas formas y a menudo exacerban las diferencias de género. Lo reconoció el pasado 21 de marzo el secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres. El funcionario llamó a prestar especial atención a las necesidades y el liderazgo de las mujeres frente a la pandemia, pues ellas son “cruciales para la respuesta al brote de este nuevo coronavirus”.

También de este lado del mundo sucede así. Además de ser mayoritariamente quiénes reciben el impacto de las cargas domésticas o de las colas para comprar productos deficitarios; las cubanas suman más del 70 por ciento de las personas empleadas en el sector de la salud, lo que las ubica justo en la diana del impacto de la enfermedad. No son pocas, incluso, las que laboran en los centros de aislamiento donde ingresan pacientes bajo sospecha, realizan pruebas para el diagnóstico específico de la COVID-19 en los laboratorios designados para ello o integran algunos de los contingentes médicos cubanos que han salido a Jamaica, Surinam, Italia, Granada, Nicaragua y otros países, para auxiliarles frente a la pandemia.

Por otro lado, los impactos para ellas también pueden ser económicos. “Respecto a la autonomía económica de las mujeres, no puede pasarse por alto el regreso a los hogares de una buena parte de las trabajadoras por cuenta propia, incluidas emprendedoras que garantizan su sustento diario y aquellas que, empleadas en puestos de mayor remuneración, quedan disponibles hasta que los negocios puedan activarse nuevamente”, alertaba hace pocos días la psicóloga Yohanka Valdés, del Centro Oscar Arnulfo Romero (OAR).

Las recientes medidas anunciadas por el gobierno cubano protegen, con la integridad de su salario durante un mes, a aquellas cubanas que deban quedarse en casa cuidando a hijas e hijos en edad escolar. Dejar los círculos abiertos, sin dudas es un acierto para quienes no tienen otra opción y deben seguir trabajando. Pero, ¿qué pasará con esas otras que trabajan en el sector no estatal? ¿No sería bueno potenciar que, en las familias donde sea más factible, los padres también puedan quedarse en casa cuidando a los suyos sin ver su salario afectado? ¿O usar las redes sociales para, además, pedir a las familias que ayuden a redistribuir las cargas?       

Una pregunta, repetida muchas veces por otra psicóloga cubana, Beatriz Torres, presidenta de la Sociedad Cubana Multidisciplinaria para el Estudio de la Sexualidad (SOCUMES), cobra un nuevo significado en los tiempos que corren. Ellas cuidan, pero ¿quién las cuida a ellas? Retomarla en cada hogar, comunidad o centro de trabajo que se mantiene funcionando puede hacer la diferencia.

Esta maldita epidemia, que obliga a modificar los flujos y ritmos del andar cotidiano, podría servir para poner una mirada crítica en ese orden secular que suele duplicar y triplicar las cargas sobre los hombros femeninos.

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Publicado en http://www.mujeres.co.cu el 26 de marzo 2020