Con el 55 % de votos favorables, Gabriel Boric ha sido elegido presidente de Chile. La segunda vuelta electoral se resolvía entre un candidato de la extrema derecha, José Antonio Kast, abiertamente favorable al dictador Pinochet y descendiente de un militante nazi emigrado a Chile después de la Segunda Guerra Mundial; y un joven candidato proveniente del movimiento estudiantil y calificado como de extrema izquierda, antisistema y hasta de comunista.

Boric, de apenas 35 años, es el presidente más joven que ha tenido Chile e inició su carrera política como líder estudiantil, siendo presidente de la Federación de Estudiantes Universitarios de Chile el 2011 y, apenas 2 años después, fue elegido diputado. En marzo de 2021 fue proclamado candidato a la presidencia por parte del partido Convergencia Social, parte del Frente Amplio, venciendo en las primarias de julio al candidato del Partido Comunista Chileno, Daniel Jadue.

Una carrera meteórica, aupada por toda la izquierda a la izquierda del Partido Socialista. En su evolución política no podemos dejar de ver similitudes con Pablo Iglesias, el flamante fundador de Podemos, que primero llamaba a tomar el cielo por asalto y a combatir a “la casta”, para poquito a poco ir modulando su discurso y tragar todos los sapos que “la casta” le servía refritos.

El discurso de Boric se ha ido modulando al mismo ritmo que se recortaba el pelo, la barba y cambiaba de fondo de armario. Su discurso se iba acomodando a las necesidades y, conforme los partidos tradicionales iban dando su apoyo a la candidatura de Boric, el rebelde líder estudiantil iba moderando su discurso hacia lo posible y lo políticamente correcto. Si el Partido Socialista y la Democracia Cristiana apoya a Boric no es gratis y rápidamente el progre de Boric lanzaba mensajes sobre su preocupación sobre los derechos humanos en Cuba, Nicaragua y Venezuela.

Pero no nos engañemos, el joven progre ex líder estudiantil, ya en 2018 y 2019, escribía artículos criticando el “autoritarismo” y la falta de respeto a los derechos humanos en Cuba, Nicaragua y Venezuela. En un artículo publicado en agosto del 2018 Boric escribía:

“¿Ser crítico del gobierno de Maduro significa necesariamente estar con el sector golpista de la oposición venezolana? ¿Condenar la violenta represión estatal en Nicaragua significa validar los asesinatos cometidos por bandas armadas contra militantes sandinistas? ¿Decir que el modelo de partido único de Cuba donde no hay libertad de expresión no debe ser nuestro modelo a seguir significa transformarse en un pseudo-agente de la CIA? ¿Dudar respecto a nuestras propias convicciones y tradiciones nos transforma en cobardes?

No. Categóricamente no. Desde la izquierda, el Frente Amplio, y en particular el Movimiento Autonomista, no podemos permitirnos continuar con el doble estándar en esta materia, ni escudarnos en el principio de autodeterminación de los pueblos para justificar violaciones a los derechos humanos contra esos mismos pueblos”.

No nos engañemos, Boric es a Chile lo que Pablo Iglesias es a España.

Es la cara de la nueva socialdemocracia, en este caso la chilena, con el único objetivo de modernizar el capitalismo chileno. Por ello, su bandera de la nueva constitución, de reformar el sistema de pensiones chileno (fundamentalmente en manos del capital privado), el sistema educativo, de salud y hacer una reforma tributaria nunca se saldrán de los límites marcados por las necesidades del capitalismo chileno, reformando las estructuras pinochetistas de los 70 y los 80, para adaptarlas a las necesidades del capitalismo del siglo XXI. La visceral oposición de la derecha heredera de la dictadura tan solo pone de manifiesto la pugna entre los diferentes sectores de la burguesía chilena, la que creció a la sombra de la dictadura y la burguesía “liberal” que pivota en torno del Partido socialista y la democracia cristiana, y que para imponerse a la burguesía “conservadora” necesitaba de una nueva marca y una nueva cara que generara los consensos sociales necesarios para las reformas que se precisan.

El capitalismo chileno fue el primer banco de pruebas del ultraliberalismo encabezado por Ronald Reagan y Margareth Thatcher en América Latina. Gracias a la dictadura se pudieron aplicar medidas como la privatización de las minas de cobre, de la salud, las pensiones, la educación…

Los apologetas del neoliberalismo hablaban del milagro chileno, en el que las cifras macro, convenientemente “tuneadas”, ofrecían grandes resultados. Estos apologetas obviaban la exclusión de las inmensas mayorías del “milagro chileno” y del aumento, no solo de la pobreza, sino también de la miseria en amplios sectores de la población. Obviaban también como, al igual que en la España franquista, juancarlista y felipista, las privatizaciones y los grandes negocios se hacían entre los amigotes del régimen y, por ejemplo, en Chile, el negocio del cobre quedó en manos de un puñado de generales. También obvian los vínculos de Pinochet y de su régimen en el tráfico de armas y cocaína de la mano de la CIA. Curioso es el caso de la cocaína negra, que llegó a salpicar al CESID español, pero esto daría para otro artículo.

Hoy resulta evidente que las costuras del capitalismo chileno empiezan a romperse y necesitan de una modernización que genere consensos sociales a la vez que permitan remover la costra pinochetista que hoy impiden su desarrollo.

Al final, el fenómeno Boric se podrá resumir con un “Boric lava más blanco”, tiempo al tiempo.

Ferran N.

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