En otro ejercicio de práctica de un modelo de sindicalismo que se aleja de los intereses de la clase obrera, los sindicatos  CC. OO. y UGT   han desconvocado huelgas con las que se pretendía  ejercer presión sobre la patronal  buscando  mejoras en las condiciones laborales de diferentes colectivos obreros.  A consecuencia de esta forma de proceder de los sindicatos, que las obreras y los obreros consideran sus representantes ante la patronal, surgen opiniones que pretenden clarificar el porqué de esta forma de actuar de los que obreras y obreros consideran sus compañeros ¨aliados¨.

Deberíamos comenzar por hacernos alguna pregunta, ¿por qué esta forma de proceder? ¿se hace buscando privilegios personales? ¿hay un objetivo estratégico?

Una cuestión que se deberá comprender es que una o un  sindicalista, que   cuenta con la confianza de sus compañeras/os, no es un árbitro de conciliación entre patronal y obreras y obreros que, buscando resolver el conflicto, firma a la baja. Esa forma de proceder por sí sola demuestra una escasa o nula formación política, su labor y decisiones en un conflicto jamás deben ir más allá de lo encomendado por las asambleas  de obreras y obreros.

La delegada o el delegado sindical, generalmente  no goza de privilegios laborales o económicos, más allá de los créditos y horas de dedicación sindical. En su forma de actuar ante un conflicto no hay ninguna estrategia definida con la que poder arrinconar a la patronal, se va a la mesa de negociación  ya con la idea preconcebida  de la conciliación al precio que sea.

Conflicto tras conflicto vemos como los sindicalistas, compañeros en los que  se  ha depositado la confianza, en la mayor de las ocasiones  mantienen una posición alejada   del objetivo inicial por el que se llegó a la huelga.

Este modelo y comportamiento de miles de obreras y obreros que han decidido altruistamente representar a sus compañeras y compañeros tiene su origen en la penetración de ideologías ajenas a la clase obrera en el sindicato durante décadas, debido al abandono de posiciones revolucionarias por parte de los partidos que orientaban a los principales sindicatos UGT y CC OO, PSOE en UGT ya desde mediados del siglo XX  y PCE en CCOO desde la década de los 80 del mismo siglo. Estos dos partidos, en una práctica conciliadora entre clases, desarrollaron un proyecto sindical cuya expresión más significativa, fue la firma de los Pactos de la Moncloa. Para cumplir sus objetivos de conciliación entre explotados y explotadores se impone el actual modelo sindical en el que obreras y obreros nada deciden más allá de la elección de sus representantes, modelo basado en la democracia burguesa y la representatividad institucional.  Pero hay que educar a las delegadas y delegados para que practiquen dicho modelo sin cuestionarlo. Esto se consigue, primero, combatiendo con ferocidad a quienes exigen el modelo genuino del sindicalismo de clase, las asambleas son las que deciden, para seguidamente formar a los futuros sindicalistas, alejándolos de toda ideología revolucionaria que pueda cuestionar la actual práctica sindical.

¿Pero las cúpulas, la dirección central, son igual de cándidas? No rotundo, estas cúpulas sí comprenden que en la genuina práctica revolucionaria  sindical ni estarían ni se las esperaría. Pero aplicando la dialéctica comprenderemos que los que hoy son delegados o miembros de comité mañana pueden y en ocasiones son y serán dirección central. Pacto tras pacto, firma conciliadora tras firma, convenio tras convenio firmado a la baja, se va implantando la cultura de la conciliación entre explotados y explotadores, va anulando la dependencia de la clase obrera ante la ideología del enemigo de clase, la burguesía. Razón  por lo que hasta hoy por parte del conjunto de las obreras y obreros se ve con toda normalidad el que se desconvoquen huelgas.

Juan J. Sánchez                 

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