Nos dicen que nos encontramos en el momento con menos paro de las últimas décadas,  recientemente, nuestros agentes sociales han logrado con mucho esfuerzo una subida del salario mínimo. Enhorabuena, podemos felicitarnos si no fuera porque se trata de un mensaje para ocultar el terrible deterioro de las condiciones de vida que sufre la clase obrera, inflación disparada, la precariedad es mayor que antes, el coste de la vida ha subido y el poder adquisitivo ha bajado… sí, cada vez más  la “clase media” lleva una libre y frugal vida de pobre.

 Todo esto valdría para una broma, sin embargo, no se trata de un meme, ni de uno de esos chistes que proliferan por los grupos de whatsapp. Es más real que un film de Fernando León de Aranoa, trabajando lo mismo somos cada vez más pobres. Naturalmente, la riqueza es una variable relativa, y de manera directamente proporcional, cuanto más pobres somos nosotros, más ricos son los ricos, es lo que se llama lucha de clases, aunque en honor a la verdad, dado que una de las clases está desorganizada y desmovilizada para sí misma, absolutamente alienada y hundida en un sueño de ansiedad, depresión y mezquinas aspiraciones, más que lucha de clases habría que decir paliza de clases.

No hace falta ser un lince, ni dedicar sesudos análisis para saber que las actuales consecuencias de la escalada de precios llevan a la clase obrera a un empobrecimiento que la ponen al borde del abismo, en una situación no muy distinta a los momentos precedentes a la crisis del 2008, en la que  el alto nivel de endeudamiento multiplicó la pobreza y los desahucios. La cuestión no es cómo afecta la situación a una clase obrera tan vulnerable dado su reducido poder adquisitivo y su alta precariedad, sino hasta qué punto este empobrecimiento es crónico, hasta qué punto lo que ocurre no es como nos quieren hacer creer, una singular eventualidad, una casualidad, un de repente, el covid, la crisis de suministros, la energía, la guerra, todo contingencias, una tormenta perfecta que pospone la tan ansiada recuperación de la normalidad, esa a la que llegaríamos más fuertes, esa a la que nuca llegamos.

Hace ya muchos años, allá por los esos años 70, cuando el franquismo transitaba hacia su completa americanización, y gracias al trabajo político de los organizaciones comunistas, todavía latía sangre combativa en el corazón de las masas. Destacó en Madrid el llamado movimiento vecinal. Una lucha de la clase obrera que se articuló sobre la batalla de los barrios arrabaleros que durante  décadas se habían ido acumulando en el extrarradio. En ese momento apareció una consigna que demuestra el carácter estructural del empobrecimiento de la clase obrera, y por consiguiente, que la lucha de clases nos es una cuestión de conciliaciones, “abajo los precios y arriba los salarios”, era una proclama económica que se elevó en una lucha popular con un fin político.

Pues bien, han pasado décadas, y siempre estamos con la misma necesidad y con la misma promesa. Cuánto más se va a aguantar, hasta cuánto aguantará la clase obrera. Si excluimos el palo y la zanahoria del reformismo sus esforzados agentes sociales, las perspectivas son extremas; o bien continuamos con la ficción hasta estar como en una de esas películas de ciencia ficción con un mundo distópico de macrourbes caóticas en las que con una pasmosa naturalidad se convive con tasas exorbitantes de delincuencia y precariedad, mientras las masas permanecen atentas a las estrechas pantallas de sus dispositivos móviles, con sus sueños y ansiedades geolocalizados y personalizados por algoritmos. O bien, rompemos la tendencia, la lucha decisiva es la lucha decidida, tu lucha decide.

Eduardo Uvedoble