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Durante estos últimos meses estamos asistiendo a lo que posiblemente es el mayor descrédito de la institución monárquica en las últimas décadas.

Los continuos achaques del Rey y sus evidentes limitaciones para cumplir sus funciones, los casos de corrupción con la Infanta imputada incluido... Todo ello ocupa continuamente aperturas de telediario, editoriales de periódico, tertulias y programas en los medios de comunicación burgueses. No está muy claro en qué dirección, pero todos coinciden en que soplan vientos de cambio. 

Al mismo tiempo, la crisis capitalista continúa profundizándose, descargando su peso sobre los hombros de las trabajadoras y los trabajadores. Ante esto nuestra clase cada vez percibe con más claridad la necesidad de un cambio que permita revertir dicha situación. La monarquía, como encarnación de todo lujo y corrupción capitalista, parece el primer enemigo a abatir. Hasta el punto que no pocas son las personas y organizaciones que apuntan a la República como solución redentora de todos los males. Pero, ¿qué ofrecen estas propuestas para revertir la situación que atraviesa la clase trabajadora actualmente? Puesto que son ideales relativamente difundidos entre la juventud, es conveniente que nos detengamos a analizarlos. 

Un denominador común del republicanismo es el situar a la política como el elemento determinante de la situación económica. Para el republicanismo, es la política, y particularmente el modelo político monárquico, el que nos mete en la crisis; y no es la economía, con sus crisis cíclicas, la que determina las políticas que se tomen. Por lo tanto, el problema es de gestión, no estructural, y podría solucionarse con otra gestión. El modelo que ofrecen vendría a suponer un modelo de capitalismo beneficioso para todo el pueblo, incluido las trabajadoras y los trabajadores (diluidos en ese concepto borroso de la “ciudadanía” que equipara idealmente a sujetos tan antagónicos como Amancio Ortega y el trabajador más explotado).  

Si analizamos en detalle las propuestas programáticas que recogen, podremos ver que beben de experiencias como la Revolución Francesa de 1789 o la II República española. Basándose en los principios de "igualdad, libertad, fraternidad", surgen interesantes propuestas como la banca pública, la transparencia de las instituciones, los Derechos Humanos, el control ciudadano, la reforma fiscal, etc. 

Pero, ¿a qué intereses corresponden estas propuestas? Como decimos, muchas de ellas se inspiran en experiencias históricas que venían a cumplir una función concreta: acabar con los restos del feudalismo que lastraban el desarrollo del capitalismo. Por lo tanto, muchas de estas propuestas (y podríamos entrar a analizar una a una, pero baste de momento por dotarnos de una visión general) correspondían con los intereses de la pequeña burguesía incipiente en su lucha con el viejo régimen feudal. 

A día de hoy, cuando el capitalismo ya se ha desarrollado plenamente en el Estado español (dominado por los grandes monopolios e inserto plenamente en la cadena imperialista) estas ideas resurgen sobre la base material de la amenaza de estos monopolios a la pequeña burguesía, que ante ello pretende volver a una etapa premonopolista. Diseñan una idílica sociedad capitalista, en una versión desprovista de los abusos y males que produce, para así también ganarse al proletariado para su lucha contra los monopolios. Desde este punto de vista, propuestas aparentemente progresistas, adquieren un carácter reaccionario.  

Pero la historia no da pasos hacia atrás. El capital monopolista está firmemente asentado en el Estado español y sus intereses no pasan por someter a sus representantes políticos a una democracia “participativa”, ni perder su buena amistad con la Iglesia Católica. La propia monarquía, si persiste a día de hoy es porque resulta funcional para los intereses de la gran patronal. Pero no es descabellado pensar que esto pueda cambiar a corto/medio plazo. Como decíamos al principio, soplan vientos de cambio, y la burguesía es especialista en ponerse en la dirección del viento. Si para recobrar una pizca de legitimidad para su régimen caduco ante las masas tienen que aparcar al Borbón y sacar la tricolor, no dudará en hacerlo. Y por la correlación de fuerzas actual, éste parece el escenario republicano más probable: una república al estilo de tantas otras, en las que la clase obrera sigue igualmente explotada. 

Los modelos ideales que propone el republicanismo son irrealizables, pues no hay una fuerza social que pueda imponerlos ante los intereses de la oligarquía. La única clase social con capacidad para llevar a cabo una lucha resuelta contra estos intereses es la clase obrera, y ésta sólo lleva en sus entrañas un modelo de sociedad, la sociedad socialista.  

¿Queremos decir con todo ello que no debemos luchar por una República? Las y los comunistas no nos oponemos a avances democráticos como el fin de una institución arcaica. Pero lo que no podemos hacer con ello es situar al proletariado a la cola de los intereses de la pequeña burguesía, desproveernos de nuestra independencia de clase. Podemos celebrar la llegada de una modelo de estado republicano, pero sin dejar de señalar que hasta la república burguesa más democrática supone democracia para la burguesía y dictadura para el proletariado. No podemos excusarnos en que el nivel de conciencia de nuestra clase es muy bajo, que le asusta el socialismo, y decir que por tanto hay que luchar por pequeños pasos, aparentemente más fáciles de conseguir. Para ello instamos al lector a preguntarse: ¿supone un avance democrático hoy en día el paso en España de una monarquía a una república? 

Es nuestra obligación poner apellidos a esta República, hablar de República Socialista. Es una exigencia del momento el preparar el nivel de conciencia y organización de nuestra clase para que, si llega una República, la clase obrera no se deje adormecer con cambios formales o conquistas fácilmente reversibles, sino que continúe decididamente su lucha por la emancipación y el fin de toda forma de opresión, por la construcción del socialismo-comunismo.  

Sergio Pena