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En la actualidad nos vemos constantemente sumidos en debates en los que se nos hace escoger entre cubrir completamente y con calidad una necesidad o lo que el sistema capitalista puede ofrecernos “el mal menor“. Así también ocurre con el cierre de bibliotecas o su reducción de horarios.

 

Los lacayos de la burguesía desvirtúan todas las luchas que da la clase obrera y los sectores populares desvalorando las reivindicaciones que se llevan a cabo y quitando importancia a sus éxitos. En el caso del cierre de servicios públicos la manipulación se agrava, pues siempre salen los típicos voceros: ¿pero de qué se quejan si se sigue dando algo de servicio?, ¿ahora les importa, si no lo usa nadie?

Las luchas contra los cierres de bibliotecas, de centros culturales, la reducción de su horario y de sus materiales no es un capricho de estudiantes; sino que tiene un carácter de clase, ya que esos recortes atacan a los/as trabajadores/as, pues mientras que sus hijos se quedan sin un lugar de estudio y ocio, los hijos de la burguesía pueden seguir disfrutando de espacios propios en sus casas o en centros de pago.

Los jóvenes trabajadores ven limitadas sus horas de estudio y consulta de material al tiempo entre clases o, si hay suerte, al final de su jornada laboral; ya que estos jóvenes suelen tener trabajos de media jornada turnándose con las clases, ¿y si las bibliotecas cierran los fines de semana cuándo pueden utilizarlas? Además, con el Plan Bolonia, esta situación no sólo afecta a los estudiantes-trabajadores, sino también a aquellos obligados a realizar prácticas en empresas y seguir estudiando materias, situación semejante a la que viven los estudiantes de FP durante sus 3 meses de prácticas obligatorias.

¡Pues que estudien en casa! Vocearán algunos que no conocen en qué viviendas está la clase obrera: compartiendo piso con 3 o 4 compañeros, con su familia compartiendo habitación con sus hermanos o hermanas, o simplemente en edificios de “tanta calidad” que se oye respirar al vecino. En esas condiciones difícilmente se consigue una concentración adecuada para estudiar, y mucho menos para tener el rendimiento exigido para obtener becas.

Pero una biblioteca no es sólo un sitio de estudio; es el lugar en el que los jóvenes pueden acceder a la cultura de forma gratuita, sacando libros, películas, música, en el que se realizan actividades de inserción a la lectura, ludotecas y actividades para mayores. Es decir, es un espacio de cultura popular; limitando su acceso a ciertas horas se impide que muchos trabajadores y sus hijos e hijas puedan disfrutarla. Así el Estado, como reflejo del sistema capitalista en el que malvivimos, se encarga de descuidar e incluso cerrar esos espacios y fomentar otros como macrobotellones, locales de fiesta, viajes a las playas costeras del boom inmobiliario.

La situación se agrava en el servicio bibliotecario rural: los escasos municipios con un centro cultural activo tienen escaso material y su horario apenas es de unas 4horas al día, muy limitadas.

Más voceros dirán ¡Pero ahora con Internet el acceso a la cultura es libre para todos y todas! ¿Acaso el servicio de Internet no se paga? ¿Acaso no hace falta un ordenador para conectarse? ¿Acaso ese ordenador no consume luz? Evidentemente el acceso a la cultura no es libre y gratuito para la clase obrera.

La administración se escuda en la mayor explotación que supone a los trabajadores ese servicio de 24h, sin embargo no le tiembla el pulso al firmar contratos temporales ilegales, no pagar sus horas extras, despedir por causas no justificadas, etc.

Los comunistas tenemos claro que este servicio de bibliotecas no puede cargar sobre los hombros de parte de la clase obrera, apostamos por unas jornadas de trabajo reducidas; no faltan trabajadores ni trabajo a realizar, lo que falta es tener en cuenta el interés de la clase obrera en el reparto presupuestario, y eso sólo se lograra rompiendo con el sistema capitalista, y tomando los medios de producción por y para la clase obrera.

Estrella Alonso