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Con el título “La dama errante” anuncia Alain Guy el capítulo dedicado a María Zambrano en su libro Historia de la Filosofía española.

 

Este sobrenombre no es una casualidad. Su periplo errante comienza a partir de 1939, tras su forzoso exilio.

María Zambrano nació en Málaga en 1904, siendo aun muy niña se traslada a Madrid y más tarde a Segovia. Es en esta ciudad donde su padre comienza a formar parte de la Agrupación Socialista Obrera, de la que llegaría a ser presidente, y en la que pondría en marcha el periódico Segovia y la revista Castilla. Durante estos años conoce a Antonio Machado, al que le unirá una gran amistad y quien le dedica un poema a su muerte. Esta amistad más tarde continuará con la propia María.

En 1921 comienza sus estudios de filosofía en Madrid, teniendo como maestros, entre otros, a José Ortega y Gasset, Manuel García Morente, Julián Besteiro y de Xavier Zubiri.

Es en esta época cuando participa en la fundación de la Liga de Educación Popular en los años de la Dictadura de Primo de Rivera, interviniendo de forma directa en los actos públicos que se organizaban y que influirá en la caída de la dictadura.

En su artículo “Delenda est Monarchia”, defiende abiertamente la República y aunque nunca militó en ningún partido, sí mantenía relaciones muy cercanas tanto con militantes y simpatizantes comunistas, entre ellos Rafael Alberti, Emilio Prados, Herrera Petere y Miguel Hernández.

María Zambrano refleja en su obra su pensamiento político, defiende la tesis de anteponer la vida sobre la razón, como propia de la política revolucionaria, contraponiendo el “optimismo vital” al “pesimismo cognoscitivo”.   Unos años después Gramsci escribirá desde la cárcel sobre la contraposición el “pesimismo de la inteligencia” y el “optimismo de la voluntad”.

Con el triunfo de la II República  participa de forma directa en las llamadas Misiones Pedagógicas,  llevando a todos los rincones del territorio la educación y la cultura.

Cuando comienza la guerra, su compañero Alfonso Rodríguez Aldave se incorporó al Ejército Popular y ella colaboró en la defensa de la República, por lo que fue nombrada Consejera de Propaganda y Consejera Nacional de la Infancia Evacuada.

En 1939 parte para el exilio, tras pasar por Francia y Nueva York, decide ir a La Habana, donde fue invitada como profesora de la Universidad y del Instituto de Altos Estudios e Investigaciones Científicas, de ahí a México, y así por diversos países hasta que regresa a España con el fin de la dictadura.  Muere en 1991.