Foto: Obra de la serie Nganga, de Alberto Lescay.

En varias ocasiones, cuando eran frecuentes mis conferencias y conversatorios con estudiantes y jóvenes interesados en los estudios y la valoración sobre arte, solía decirles que lo primero que debe desarrollar un analista de esas tan diversas expresiones de los seres humanos, son los sentimientos culturales. Sentir es casi la «puerta de entrada» a la órbita de objetos, imágenes o eventos de significación, requeridos de contemplación subjetiva y de una posterior comprensión crítica. Sin el enlace sensible que la conciencia de los receptores teje con los productos y ambientes de cultura, cuyo canal de articulación lo arman de impresiones y emociones (aun cuando estas sean de rechazo o desagrado), resulta ilegítima una lectura interpretativa, que entonces puede devenir solo especulativa, vacía, retórica o epidérmica.

En marzo de 1939 el doctor Juan Negrín, jefe del Gobierno republicano, regresó de París acompañado de los generales Enrique Líster y Juan “Modesto”. Llegaban al Madrid heroico con energías suficientes como para continuar la guerra y redoblar la resistencia republicana, pues todavía quedaba mucho territorio y sobre todo gran parte del Ejército republicano distribuido por diferentes frentes dispuesto a defenderlo. Pero eso era sin contar con la felonía del coronel Segismundo Casado, jefe del Ejército del Centro, quien en colaboración con las redes de espionaje franquistas, la Quinta Columna de Madrid, el general Miaja y los apoyos de socialistas y anarquistas como Julián Besteiro, Wenceslao Carrillo (líder de la UGT y padre de Santiago Carrillo) y Cipriano de Mera de la CNT, encabezó un golpe de Estado contra el Gobierno de la República el 5 de marzo de aquel año. El primer acto del Gobierno casadista fue fusilar a los mejores jefes de la defensa de Madrid, entre los que se hallaban los coroneles Barceló, Ascanio y el joven jefe de brigada Juan Morillo. ¿Cómo, probados republicanos, habían podido perpetrar tamaña traición?

“La revolución, nuestra diana”

En El Puerto de Santa María, cerca del mar, existía hace mucho tiempo un lugar lleno de arbustos y retamas blancas y amarillas llamado La arboleda perdida, al que Rafael Alberti acudía en su niñez. Tras 39 años de lacerante exilio, el gran poeta gaditano volvió, en 1977, a aquel añorado lugar acarreando en sus alforjas intactas sus ideas, indelebles sus recuerdos y fogosos todavía sus inextinguibles deseos de cabalgar hasta hundirlos en el mar.

 

Sólo en la revolución socialista los artistas podrán encontrar la libertad que necesitan, y, sobre todo, la libertad que necesita la humanidad en ellos. Foto: Ariel Cecilio Lemus

Además del secuestro capitalista de los mercados, del monopolio para la producción, para la distribución y para el consumo…, además de la crisis de «contenido», además de la saturación formal producida por el empobrecimiento de la capacidad creadora, por el plagio, la imitación y la suplantación…, además de la reducción de espacios para la enseñanza, la reducción de espacios para la crítica, y de los espacios para el debate…, además, si no fuese suficiente, está en crisis la capacidad que alguna vez se pretendió para el arte, como fuerza crítica y como fuerza emancipadora. ¿Descansa en paz?

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