Durante la crisis política de 2004, las organizaciones de mujeres fueron de las primeras en denunciar los excesos del gobierno de Aristide. Pero tras el derrocamiento del expresidente, los secuestros y las agresiones contra las mujeres han agravado el panorama urbano. Con el pretexto de mantener la paz, las Naciones Unidas enviaron la llamada Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización y la Paz en Haití (MINUSTAH), que quedó bajo el mando militar de Brasil. Las feministas la consideraron una fuerza de ocupación y aprovecharon para crear dos estructuras que congregaron a las organizaciones feministas y de mujeres: la Coordinación Nacional de Defensa de los Derechos de la Mujer (CONAP) y la Concertación Nacional. En el seno de estas dos estructuras lideraron una década de lucha legislativa que abarcó: la penalización de la violación, la legislación sobre el trabajo doméstico, la unión consensual y la paternidad responsable, así como el cambio de nombre de diferentes calles, conmemorando diferentes figuras femeninas en todo el país.

Entre 2004 y 2018, un gran número de soldados de la ONU violaron a mujeres y hombres jóvenes, abandonaron a sus hijos nacidos en Haití y fomentaron la prostitución, al tiempo que llevaron al país una epidemia de cólera. Las feministas han reclamado que se procese a la MINUSTAH tanto por las violaciones cometidas como por la introducción del cólera. Además, en 2006, el feminicidio vinculado a la violencia de las bandas armadas emergió en el panorama político haitiano, como lo atestigua el secuestro y asesinato de Natacha Kerby Dessources.

Esta reflexión pretende mostrar la manera en que las agresiones internacionales sufridas por Haití fueron las que estructuraron al movimiento feminista haitiano, llevando a las feministas de este país a posicionarse por la soberanía del territorio nacional. El presente artículo analiza las respuestas del movimiento a los actos de animosidad internos y externos, revisitando la larga historia de lucha de las mujeres haitianas.

Sabine Lamour.

En el país, según la narrativa consensuada, el movimiento feminista haitiano comenzó con la primera ocupación de los marines norteamericanos en Haití (1915-1934). Sin embargo, desde 1804 se han documentado numerosos actos, sobre todo de mujeres, emparentados o asimilables con acciones feministas, como las luchas por la libertad de circulación de las mujeres y el derecho a la ciudad de las mismas. Más tarde, en la época de la ocupación, los marines utilizaron la violación de las mujeres como parte del dispositivo de sometimiento del territorio haitiano. Según Grace Sanders (2013) (1), la violación fue uno de los instrumentos de la ocupación de 1915. Al hablar de este periodo, Sandra Duvivier (2008) (2) sostiene que las agresiones a mujeres y hombres jóvenes formaban parte de un marco político y económico global que implicaba la devaluación racial, económica, política y sexual de los cuerpos negros del Tercer Mundo. Roger Gaillard (1983) (3) señala también que los marines solían realizar registros en los mercados contra los campesinos rebeldes, los llamados “Cacos”, molestando y robando a las vendedoras y a los agricultores que acudían a vender sus productos.

 

La crisis sanitaria provocada por la pandemia ha generado un impacto económico, social y laboral de tal calibre que ha agravado la brecha y las desigualdades estructurales existentes y como la mayoría de crisis y conflictos afecta de forma diferente según el género y clase.

Las crisis del capitalismo siempre las pagan la clase trabajadora y sectores populares, pero en esta las mujeres trabajadoras no solo están sufriendo las peores condiciones laborales y sociales, sino que se han contagiado más.

Del estudio de prevalencia del Ministerio de Sanidad destacan colectivos altamente feminizados con mayor seroprevalencia, de los 4,7 millones, 9,9%, de la población contagiada en 2020, el personal sanitario fue el 16,8%, cuidadoras de dependientes a domicilio (16,3%), limpieza (13,9%), migrantes y trabajo en residencias (13,1%). Las profesiones ligadas a las tareas de cuidados y en primera línea de la COVID-19 asignadas tradicionalmente a las mujeres y su rol de cuidadora: lavandería y cocina en hospitales, cuidadoras, trabajadoras de residencias, limpieza, dependientas o cajeras, además de las empleadas de hogar, se exponen a mayor riesgo sanitario.

El combate es necesariamente contra ambos.

Alejadas de la manipulación creada por los medios de propaganda, ahora tan preocupados por las mujeres y la población afgana en general, pero tan poco en la raíz del problema, el imperio y sus monstruos, la Secretaria Feminista del PCPE traslada su solidaridad y apoyo al pueblo de Afganistán, especialmente a las mujeres, que han caído de nuevo en manos del yihadismo talibán de extrema derecha. Tras décadas de guerras y opresión, a cargo de gobiernos ultra religiosos y fuerzas de ocupación, el peor de los escenarios se materializa, con el retorno al poder de la facción más fanática, misógina y narcotraficante.

Podríamos pensar, al escuchar las escandalosas declaraciones de un cura culpabilizando a la madre de las niñas Ana y Olivia de su desaparición y asesinato, que la violencia vicaria es aquella que ejercen distintos representantes de la Iglesia, que día sí y otro también, proclaman tanto desde el púlpito como a través de medios o redes sociales, su rancio discurso misógino y machista.

"Te daré en lo que más te duele" han verbalizado distintos agresores poco antes de asesinar o desaparecer a su descendencia. Ejercen la violencia vicaria, poco conocida, que es utilizar a hijas e hijos para infligir dolor a las madres. Las expertas consideran que es una de las formas más extremas y brutales que adopta la violencia de género, es una violencia habitual y que se denuncia poco. No es un acto aislado, es la culminación de un proceso de control y maltrato que sufren muchas mujeres.

En 1969, la policía entraba en el Stonewall Inn con el objetivo de hacer una redada. No era la primera vez, aunque aquel 28 de junio sería diferente. En el pub gay, situado en Greenwich Village (New York), las operaciones policiales eran frecuentes. A la 1:20 h de la madrugada, los agentes entraron en el bar gritando que «estaba clausurado». Habitualmente, los jóvenes salían y se identificaban. Se procedía a la detención de los hombres que fueran  vestidos de mujeres, o las pocas lesbianas que frecuentaban el bar que vistieran de «forma no femenina». Pero esa noche todo cambió. Alguien gritó «no nos vamos». Tres palabras que hicieron estallar el ambiente. Tres palabras que encendieron la mecha de los disturbios de Stonewall.

Hay matrimonios bien avenidos y luego está el matrimonio entre el capitalismo y patriarcado. Ese sí que es una pareja modélica, bien avenida y enriquecedora para las partes ¡Ni la mejor pareja de Hollywood podría protagonizar tal bombazo!

¿Y por qué decimos esto? Porque a día de hoy que el patriarcado continúe tan instaurado en nuestra sociedad no es casualidad, ni por asomo. El sistema capitalista lo necesita y mucho, y si es en pleno apogeo mejor, más se aprovecha de sus beneficios sociales, pero sobretodo económicos.

Y es que sin el patriarcado la reproducción de la fuerza de trabajo ¿en quién recaería? Está claro que el capital necesita a unos obreros y obreras sanas (o al menos útiles para explotar), necesita que comamos, al menos de vez en cuando, necesita que cuidemos a sus futuros obreritos y obreritas, que el beneficio no se extrae solo, y bueno… el cuidado de nuestros mayores no les importa mucho, pero tampoco es cuestión de abandonarlos en la cuneta que estaría feo. Por tanto, necesita que alguien se encargue de esas tareas y casualmente su maridito, el sistema patriarcal, asegura que las mujeres asumamos dichas tareas y encima de forma gratuita.

Cuando vivimos en una sociedad dividida en clases, el feminismo siempre estará dividido y conjugará las reivindicaciones de género con los intereses de la clase social de las distintas mujeres. Cada clase social percibe la lucha feminista en función de los privilegios de clase que disfruta o de la explotación que padece.

El feminismo institucional, excluye de su análisis la perspectiva republicana y socialista porque considera indeseable la transformación de las relaciones de producción y el socialismo. Por esa razón está incapacitado para liberar a la parte femenina de la clase obrera, cuya discriminación de género está directa e intrínsecamente unida a la explotación de la clase social de pertenencia. Las mujeres del pueblo trabajador no mejoraremos nuestras condiciones de vida y trabajo por mucho que las señoras de la oligarquía consigan asientos en los consejos de administración de las empresas del Ibex 35, ni la discriminación y explotación acaban por la existencia de reinas, princesas y porque ya no impere la ley sálica.

 

María Luisa Rodríguez es pensionista, es una de las fijas frente al parlamento en la concentración de los lunes de la Asociación de Defensa de las Pensiones públicas de Canarias, la primera en crearse en todo el Estado Español. Semana tras semana acampan por unas horas en una de las calles más transitadas de la capital chicharrera, con sus panfletos, carteles y megafonía haciendo que la reivindicación de unas pensiones públicas dignas para todas resuene constante. Su concentración semana tras semana no pierde ni fuerza ni alegría y se distingue por sus eternas camisetas amarillas con su lema claro, conciso y contundente: Gobierne quien gobierne, las pensiones se defienden.

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