Ástor, no tengo el gusto, o lo contrario, de conocerte personalmente. He leído algunos artículos tuyos publicados en Unidad y Lucha cuando Emma Esplá era directora del periódico, y creo que después también. Entonces tú eras asiduo colaborador del órgano del Comité Central del PCPE y más tarde, si no me equivoco, responsable de relaciones internacionales del Partido, o quizás al revés, en fin eso da igual. El caso es que he de confesarte sinceramente que, en general, compartía algunos de tus análisis y opiniones. Y no pongo comillas en esos términos. Me parecían reflexivos, intensos, productos de una realidad no deformada, y siempre defendiendo los intereses de la clase obrera y el socialismo. Fue el caso, por ejemplo, del artículo publicado en el mes de enero de este año sobre Macri y la situación argentina después de la derrota del “kirchnerismo”, pero igualmente cuando, en otras ocasiones, denunciaste en tus escritos el carácter oportunista y reformista de Podemos. Tu estilo me pareció claro, conciso y, por supuesto, de enjundia revolucionaria. Es decir, acorde con el proyecto político y con la sociedad comunista que defendemos desde hace muchos años en esta publicación bajo el aforismo marxista: “de cada cual según sus capacidades”. Sin petulancia, sin doctas lecciones, humildemente, pero creyendo de veras en lo que hacemos, y orgullosos/as de participar en esa dura tarea que es difundir informaciones, comentarios y reportajes que permitan, a la clase obrera y a otras capas populares, afrontar el tremendo bombardeo mediático de la burguesía.

No cabe duda. ¡España es diferente! Todavía mejor: “Spain is different!” que para eso estamos lobotomizados. Perdón, quise decir globalizados. El caso es que lo que está sucediendo en Catalunya, y por rebote en el resto del Estado español, alcanza cotas de puro esperpento. Ya saben, aquel magnífico género literario creado por el genial Ramón del Valle-Inclán en el que, a beneficio del poder, “se deforma sistemáticamente la realidad recargando sus rasgos grotescos y absurdos”. Así, algo tan sencillo y democrático como el que la gente pueda manifestar su opinión a través del voto, ha sido, y es presentado por un poder corrupto como un auténtico delito. Peor aún, ese bloque de poder y sus inestimables medios de comunicación, han movilizado a los/as españoles/as más castizos/as (esos/as que creen brazo en alto que esta tierra es coto de su propiedad) contra ese derecho fundamental: “el de estar unidos y de separarnos si nos queremos separar”, como precisaba Carmelo Suarez, el secretario general del PCPE, en el acto sobre el centenario de la revolución bolchevique el pasado 14 de octubre en Madrid.

Durante la última campaña electoral, y mientras militantes del PCPE distribuíamos propaganda del partido por las calles de nuestro árido pueblo, unos conocidos currantes, que habitualmente compran nuestra prensa con cierto interés, nos abordaron entusiasmados gritando que había llegado “la hora del cambio real”, que lo que nosotros defendíamos y por lo que luchábamos desde hacía años, y lo que ellos sostenían políticamente, era ídem de lo mismo. Se referían al movimiento surgido del 15M, en concreto a Podemos y a sus cachorros. Argumentaban alborozados que la discrepancia residía en una cuestión de táctica, de simple forma, pero que en el fondo ellos también querían la desaparición del capitalismo y, por supuesto, la victoria del socialismo. Que efectivamente “las cosas no se podían decir así, a lo bruto, porque daban miedo al respetable pero que en realidad el asunto iba como lo del caballo de Troya, y que, en poco tiempo, iba a salir polvo de lo mojado”. Y la fábula caló y coló.

 

 

El Diccionario de la lengua española define la palabra repugnancia como “asco profundo o alteración del estómago que impulsa a vomitar”. Precisamente el sentimiento que me producen los medios de comunicación masiva públicos y privados del Estado español. ¿Exagerado? Apenas. Hay que tener mucho estómago, o ser un indolente físico o mental, para engullir todo lo que larga a diario esos medios presuntamente modélicos. Aquello que dijo un día Joseph Goebbels, ministro de Propaganda nazi, de “miente, miente que algo quedará, cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá”, ha encontrado aquí, en esta España cañí, inigualables émulos que han hecho de aquella frase taimada una regla de conducta profesional. Son los “paraperiodistas”, como los define la profesora de la Universidad Complutense de Madrid, Ángeles Diez, es decir “periodistas afiliados a medios masivos que siguen una disciplina militar arrojando bombas informativas sobre los objetivos definidos por sus empresas”. Ellos, ejecutores sin escrúpulos de esos medios, juegan un papel esencial en el reparto de poderes en la sociedad burguesa (el cuarto dicen algunos) creando opinión pública, decidiendo qué noticias se han de leer, oír o ver, eso sí, siempre en función de los intereses capitalistas e imperialistas, y reduciendo el mundo contemporáneo a una visión estereotipada de “buenos” y “malos”.

Lo consiguieron en Honduras. En la madrugada del 28 de junio de 2009, unos 200 militares encapuchados al mando del teniente coronel René Antonio Bueso, irrumpieron violentamente en la residencia presidencial y secuestraron al presidente electo Manuel Celaya. Después lo deportaron a Costa Rica donde arribó en pijama, y solo con sus gafas, su DNI y una tarjeta de crédito. Las cartas estaban echadas. El país centroamericano debía volver al redil. Luego continuaron en Paraguay. El 22 de junio de 2012 Fernando Lugo, Presidente de la República, fue destituido igualmente.

Quién lo iba a imaginar en aquellos años. Entonces se hablaba en Francia de derecha e izquierda. La primera defendía sin complejos el sistema capitalista. Para eso la habían parido sus fundadores desde hacía siglos. La segunda, sin embargo, aparecía como la alternativa real a ese modo de producción injusto basado en la explotación y el expolio de la clase obrera. Y buena parte de esta la creyó posible y alcanzable. Así se hizo fuerte e influyente el Partido Comunista Francés en el seno de los verdaderos creadores de riqueza. Desde el Congreso de Tours, en 1920, rompiendo con el reformismo socialdemócrata imperante en la IIª Internacional hasta bien entrada la crisis económica de los años 1970, pasando por la lucha heroica en su resistencia al nazismo. Por aquel entonces las nuevas generaciones se sintieron orgullosas de haber tenido padres comunistas.

Decía Franco que la Fiesta de los Trabajadores era una conjura rojo-masónica. Cosas del fascismo. Por ese motivo, y después de abolirla mediante decreto el 12 de abril de 1937, la remplazó con la venia del Papa de Hitler, Pío XII, por la de San José Artesano, un casto, próvido e indulgente patrono de Nazaret encargado de proteger a los currantes. Puro surrealismo. Al tétrico 18 de julio, día de la Exaltación del Trabajo, se le unía así una retahíla de misas por todo el país para que los trabajadores, en vez de luchar, rezaran. Cosas de santurrones, colegas de los fascistas. Y todos, militares, oligarquía y clero, tan contentos. La clase obrera como entelequia del delirio franquista.

 

La primera vez que en las elecciones presidenciales el pueblo galo tuvo que elegir entre lo malo y lo peor, entre la peste y el cólera, fue el 5 de mayo de 2002. Unos días antes, el candidato del Partido Socialista, Lionel Jospin, se había defenestrado inopinadamente en la primera vuelta, dejando en liza dos perros viejos de la política del país vecino: el derechista Jacques Chirac y el fascista Jean Marie Le Pen. Ambos politicastros eran la herencia de 14 años de promesas incumplidas, de desencantos populares y de humillantes cohabitaciones entre el socialdemócrata François Mitterand y la derecha más reaccionaria. En aquella ocasión el vencedor fue el ex alcalde de París. Y muchos franceses y muchas francesas durmieron tranquilamente aquella noche. Ahora, para las próximas elecciones presidenciales previstas también a doble vuelta los días 23 de abril y 7 de mayo, las cosas se complican más.

Salvo lógicas excepciones, quienes peinamos canas o acariciamos calvas mondas y lirondas sabemos holgadamente que el arribo cada equis años de un nuevo presidente a los EEUU es, cuando menos, causa de desasosiego. Es como cuando compramos un coche de segunda mano y no sabemos cómo va a salir. El vendedor lo presenta macanudamente, ya saben la relación calidad-precio, etc., pero poco a poco las goteras aparecen irremediablemente. Siempre ha sido así respecto a los mandatarios del maldito imperio. Al menos desde que yo me conozco, es decir, desde que tengo consciencia de mi existencia. Y ya son 11 los potentados inquilinos de la Casa Blanca que han visto mis hastiados ojos, si obviamos el último, merecedor él solito de un capítulo aparte.