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En estos días nos han salpicado las noticias sobre la explotación en la agricultura. En este país tan europeo y avanzado se explota hasta niveles cercanos a la esclavitud. Sin contratos, sin convenio, sin ninguna garantía.

Son jornaleros y la mayoría inmigrantes, porque los españoles no quieren trabajar. O eso es lo que nos dice el capital. Que hay gente que no quiere trabajar como esclavo.

Mientras tanto, nuestra Constitución (la intocable) reconoce el derecho al trabajo pero no lo garantiza, porque el capital necesita bolsas de parados para presionar a quienes sí tienen trabajo. El ejército industrial de reserva que decía Marx: “en épocas anteriores a la implantación del sistema capitalista, el desempleo estructural a escala masiva raramente existía, aparte de aquel causado por desastres naturales y guerras. De hecho, la palabra «empleo» sería un producto lingüístico de esta era.

Un nivel permanente de desempleo presupone una población obrera ampliamente dependiente de un sueldo o salario para la supervivencia, sin posibilidad de otros medios de vida. Así como también el derecho de los capitalistas o empresarios de contratar y despedir empleados de acuerdo con condiciones económicas o comerciales (precariedad laboral)”

¡Oh! ¡Sorpresa! El desempleo no es nuevo, no es culpa de los inmigrantes, ni de que los obreros no quieren trabajar, tampoco de los robots, resulta que ha existido desde la revolución industrial y que tiene una finalidad clara: presionar a la clase trabajadora.

¿Y qué hacemos con toda esa masa de parados? Si no los mantenemos desaparecerán como ejército industrial de reserva y la clase trabajadora puede presionar al capital. Hay que “domar” a ese ejército industrial de reserva.

En momentos iniciales de la industrialización no hacía falta sostener a ese ejército, bastaba con que se mantuvieran vivos, tampoco hacían falta muchos, porque en aquella época se podía explotar sin que hubiera posibilidades de que se organizaran y conquistaran el poder.

Con la llegada de la revolución soviética surge la convulsión en el capital. El miedo les lleva a dos caminos, al fascismo como forma de presión violenta y al estado social (las políticas del New Deal, la socialdemocracia, cambiar todo para que nada cambie)

En esta situación estamos hoy: el estado social y democrático de derecho (burgués, por supuesto). ¿Cómo doman al ejército de reserva? Aquí vienen los subsidios: la prestación de desempleo se nutre de las aportaciones teóricas de empresas y de la clase trabajadora, y digo teóricas, porque al final son parte de los presupuestos del estado, que se reparten entre las prioridades que el “consejo de administración del capital” (o sea, el gobierno) estime en cada momento.

Así, la prestación de desempleo cumple su función. Tiene usted la posibilidad de vivir seis meses con el 70% de su base de cotización, otros con el 50% y después de alargamiento de prestación. Todo esto para evitar que ese trabajador se levante contra el sistema o fallezca, porque ni de un modo ni del otro sirve para el fin que el capital necesita.

Además, la prestación la pagamos entre todos. Un negocio redondo: con la plusvalía de nuestro trabajo sostenemos al ejército de reserva.

Para que veamos la diferencia entre un estado burgués y un estado de la clase trabajadora, podemos leer el artículo 118 de la Constitución de la URSS de 1936: “Los ciudadanos de la URSS tienen derecho al trabajo, es decir, a obtener un trabajo garantizado y remunerado según su cantidad y calidad. Garantizan el derecho a trabajo la organización socialista de la economía nacional, el crecimiento constante de las fuerzas productivas de la sociedad soviética, la eliminación de la posibilidad de crisis económicas y la supresión del paro forzoso.”

Ahora luchemos por un estado socialista y comuniquemos a la clase obrera el engaño de las ayudas. Solo el pueblo organizado salva al pueblo.

J.L. Corbacho

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