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Empecé a ver The Boys porque un amigo comentó en alguna de sus redes que era la serie perfecta para explicar qué es el fascismo a la «chavalada». Pero el fascismo hoy, aunque, como veremos en un segundo artículo, el fascismo y el nazismo de toda la vida también tienen su importancia en la trama de la serie. La premisa de la que parte es la existencia de superhéroes, pero que, en lugar de ser justicieros solitarios (emprendedores románticos contra la sociedad y por ella), están a sueldo, millonario como estrellas del deporte, de una empresa, Vought, que tiene múltiples intereses.

Si comenzamos por lo último, Vought (empresa que oscila entre CocaCola, Disney y la producción de armamento) obtiene beneficios de toda una serie de merchandising de los superhéroes. Aquí parece casi un trasunto de Disney, desde platos y pósteres a grandes producciones cinematográficas. Por otro lado, comienza una campaña para conseguir que el Estado le alquile sus superhéroes para el ejército, como la privatización del sistema de represión tras la invasión de Irak. La referencia que hago a Irak no es fortuita; no obstante, para llegar a ella, he de dar un pequeño rodeo.

Los propios superhéroes creen que son elegidos por Dios para tener esos poderes, algo que dejaría sin explicar por qué trabajan para una empresa; pero la verdad es que Vought posee, en secreto, el monopolio de un compuesto que modifica genéticamente a los niños y los dota de poderes (casi como una vacuna para el coronavirus o la chispa de la vida) -se garantiza la fidelidad de los héroes por contrato con la familia y la imagen pública de ONG que los atrae como si solamente allí pudiesen cumplir con su papel salvador. Con objetivo de forzar al Estado a contratar sus servicios de defensa, es decir, a privatizar el Aparato de Estado, Vought ha estado inyectando el compuesto a niños en países hostiles a los intereses de EE UU por lo que aparecerían superterroristas que solo podrán ser contrarrestados con la misma moneda.

Cualquier abc del fascismo incluirá todos los elementos que apenas he nombrado en los párrafos anteriores. Pero, entre los elementos ideológicos, que son las cosas de las que me ocupo, destaca, junto a la creencia de ser un elegido por dios (no solo los individuos, los pueblos son electos de dios), la presencia del nacionalismo.

Los superhéroes están organizados jerárquicamente, insisto, como deportistas profesionales, entre héroes locales, provinciales, etc. (el criterio para estar en uno y otro rango jerárquico es la capacidad de generar ingresos por publicidad), hasta llegar a un grupo de élite llamado los siete. En la cúspide está Homelander, Patriota: un psicópata con los poderes de Superman, infantilizado, con berrinches criminales si no se hace exactamente lo que quiere vestido con una bandera estadounidense.

Para mí es este giro ideológico el que hace imprescindible la serie y tremendamente ingeniosa, al mismo tiempo que marca sus límites políticos. De hecho, en la primera temporada se presenta, como recién electa para la cúspide, a una muchacha (creyente, casta, ingenua y bondadosa), Luz Estelar, que proviene de la zona agraria del Medio Oeste de EE UU, como Superman. Mientras tiene como antagonista, precisamente, a esa inversión igualmente nacionalista de Superman. En este sentido, la serie es una vuelta de tuerca a la problemática ideológica del republicanismo clásico de la izquierda estadounidense: las grandes empresas que estrangulan al pequeño propietario y a los trabajadores hasta dejarlos secos.

Pero ese será el tema del próximo artículo. En este nos basta señalar que The Boys nos permite analizar de forma cercana el fascismo.

Jesús Ruiz

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