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Hace pocos meses se conmemoraba el bicentenario del nacimiento de Friedrich Engels. Una de sus obras más destacadas es "El Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado", publicada en 1884, un año después de fallecer Marx. Según el mismo autor afirma en las notas a las ediciones inglesa de 1888 y alemana de 1890 del "Manifiesto Comunista", los trabajos arqueológicos llevados a cabo entre la primera publicación de esta obra en 1847 y la muerte de Marx, permitieron que Engels pudiera estudiar las relaciones de las sociedades primitivas y seguir el proceso de disolución de las mismas hasta la constitución de la familia patriarcal.

Los análisis de Engels plantean que en el proceso de división de la sociedad en clases, el patriarcado se desarrolló sobre la base de la división sexual del trabajo, según la cual a la mujer, fundamentándose en una diferencia biológica que no debiera significar más que una determinada capacidad reproductiva, se le otorga un papel social determinado; se construyen cultural y socialmente los géneros y éstos deben cumplir roles diferentes y desarrollar obligaciones y tareas impuestas de forma artificial y jerárquica.

Así, aunque el cambio cualitativo que marcaría el fin de las sociedades primitivas y el inicio de las sociedades de clases lo constituye la aparición de la propiedad privada, a partir del desarrollo de las relaciones sociales basadas en este tipo de propiedad, la libertad sexual de las sociedades primitivas se transforma en la familia monogámica sustentada en la figura del hombre, que va asumiendo poder económico a medida que la sociedad de clases evoluciona.

De este modo, la familia monogámica se configura como familia patriarcal y el hombre en el jefe de la actividad económica fuera de la familia, propietario de la tierra o el ganado, de las mercancías y de los esclavos que obtenía; dentro, asumiendo la propiedad de la mujer y de sus descendientes, así como de su trabajo.

Pero esta opresión no ha sido igual en los distintos modos de producción y en el desarrollo histórico con la aparición del capitalismo, el patriarcado sufre una transformación y da un carácter específico a la misma. El patriarcado fue incorporado estructuralmente por el capitalismo, porque le permite mantener y reforzar relaciones de poder y explotación, impactando de manera más brutal en las mujeres trabajadoras, que sufren el peso múltiple de la subordinación, la discriminación de género, la explotación de clase, el racismo y el sexismo.

Los mecanismos de opresión del patriarcado empiezan desde el nacimiento, cuando las mujeres ya son socializadas en el rol de cuidadoras y los hombres en el de proveedores, de tal forma que en la edad adulta la división sexual del trabajo ya está interiorizada, algo fácilmente detectable en cualquier mujer que afirme que “su pareja le ayuda/colabora en casa”.

Sin las actividades realizadas en el ámbito del Trabajo reproductivo, básica y exclusivamente por mujeres, relacionadas con la alimentación, los cuidados físicos y sanitarios, la educación, el apoyo afectivo y psicológico, el mantenimiento de los espacios y bienes domésticos, no habría posibilidad alguna de que en las actuales relaciones de producción las actividades productivas y mercantiles pudieran subsistir.

Frente al trabajo productivo, asalariado y reconocido socialmente, el trabajo reproductivo no es remunerado y permanece invisible, motivo por el que, pese a su gran importancia, se encuentra infravalorado. Así pues, el trabajo realmente valorado y al que se le concede primacía sobre el de la mujer, es el que realiza el hombre.

Sin embargo, el sistema fabril de principios del s. XIX enseguida optó por la incorporación de las mujeres y criaturas menores de edad al Trabajo productivo para poder aumentar los beneficios; de manera que además de ser las más explotadas en el mundo del trabajo, se les sumaban a las agotadoras y largas jornadas de trabajo del espacio productivo, las interminables tareas del espacio reproductivo.

Actualmente, la gran incorporación de las mujeres al trabajo productivo conlleva que pocas de ellas decidan dedicarse al trabajo reproductivo en exclusiva o como actividad principal. Sin embargo, existen momentos clave en su vida (nacimiento de una criatura, enfermedad o envejecimiento de familiares) en los que muchas mujeres toman la decisión o se ven forzadas a asumir las tareas de cuidado, al no contar con recursos económicos para pagar por servicios privados.

A pesar de todo, el trabajo reproductivo sigue recayendo en las mujeres en forma de doble jornada, discriminándolas por ello en el trabajo productivo con menores oportunidades de empleo, salarios y retribuciones (como las pensiones) y obstaculizándoles o impidiéndoles la participación en el movimiento obrero organizado (partido y sindicatos) y en la vida pública en general. Además, la violencia contra las mujeres aumenta cada año y las estadísticas muestran un repunte del machismo entre la juventud.

Por su parte, los hombres trabajadores se benefician de la división sexual del trabajo, no sólo porque muchos de ellos eluden sus responsabilidades domésticas y de cuidados, sino porque además pueden vender su fuerza de trabajo en mayor medida y a mayor precio que sus compañeras.

La familia patriarcal y la familia burguesa no son equivalentes, pero actualmente coinciden de forma coyuntural e instrumental, pues el modelo de familia que promueve el patriarcado resulta funcional al capital, que aprovecha la división sexual del trabajo para explotar más a las mujeres. Dado que en la actualidad la clase social dominante es la burguesía, el modelo de familia y los valores familiares que propugna e impone haciéndose valer de la superestructura social (representaciones e instituciones artísticas, culturales, religiosas, políticas y jurídicas) son aquellos que garantizan sus intereses.

Un proyecto revolucionario debe contemplar un modelo de relaciones interpersonales propio, así como unos valores coherentes con el mismo. La revolución socialista debe plantear un modelo en correspondencia con los intereses de la mayoría trabajadora y popular, incorporando masivamente a la mujer a la producción, socializando la inmensa mayoría del trabajo reproductivo, imponiendo el reparto equitativo del resto de las tareas domésticas y organizando el combate popular ininterrumpido contra los restos del arcaico modelo patriarcal.

Glòria Marrugat