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La infección por SARS-CoV-2 mata, pero mata más en el capitalismo.

Este año el 28 de abril o Día Internacional de la Seguridad y Salud en el Trabajo viene marcado por la pandemia de COVID-19, causada por la infección del nuevo coronavirus SARS-CoV-2. Si bien es cierto que la exposición a dicho virus es la responsable de las más de 3 millones de muertes y aproximadamente 150 millones personas contagiadas en todo el mundo [1], también es cierto que buena parte de las muertes y contagios hubieran podido haberse evitado mediante la puesta en marcha de medidas que protegiesen al pueblo trabajador, en vez de los intereses del empresario.

Sería engañoso plantear que los efectos devastadores de esta pandemia eran inevitables puesto que se conoce lo que ocurrió durante la pandemia de la gripe española que causó entre 50 y 100 millones de muertes entre 1918 y 1919 en todo el mundo [2], así como por los brotes del síndrome respiratorio agudo grave (SARS) informado por la Organización Mundial de la Salud en 2003 y el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS) identificado en 2012, entre otros. Históricamente, es conocido que las infecciones respiratorias son una fuente de efectos devastadores en la salud del pueblo trabajador. Asimismo, queda patente que la clase social es un determinante principal de las grandes desigualdades en los resultados de salud. Cabe señalar la marcada diferencia en las muertes por 100.000 habitantes en diferentes estados: 0,35 en la República Popular China o 5 en la República Socialista de Cuba frente a las 164 en el Estado español, las 137 en Suecia o las 175 Estados Unidos, por citar algunos.

Nos hubiera gustado ver en nuestros barrios al personal funcionario de un estado socialista repartiendo comida en los domicilios de manera organizada durante los momentos más duros del confinamiento y la decidida protección de los y las trabajadoras, en vez de los mensajes en los medios de (des)información dirigidos a convencer a la clase obrera del necesario equilibrio entre economía y salud, justificando así la defensa de la burguesía y de su sistema económico capitalista. Un estado dirigido por la clase obrera tomaría las medidas necesarias para proteger al pueblo de la COVID-19 frente al dudoso inconveniente de impedir que un puñado de empresarios se enriquezcan a costa de los y las trabajadoras. Si no, el exceso de enfermedad y de mortalidad corre a costa de la clase obrera fundamentalmente.

Según la estadística de accidentes de trabajo en el avance enero-diciembre de 2020 del Ministerio de Trabajo y Economía Social, los contagios de SARS-CoV-2 atribuidos al entorno laboral (ATR-A13) fueron 9.858 con un total de 21 casos mortales reconocidos. De ellos, se contabilizaron 9.066 contagios en actividades sanitarias de los cuales 19 fueron mortales. Sin embargo, la metodología empleada en el registro de los casos atribuidos al entorno laboral parece infravalorar las cifras, tal y como sucede para otras enfermedades, como por ejemplo el cáncer de origen laboral.

Asimismo, se registraron 708 accidentes mortales, cerca de dos fallecimientos cada día. De ellos, 595 fueron en jornada de trabajo y 113 in itinere. Además, se registraron 485.365 accidentes, de los cuales 3.505 fueron graves, lo que representa unos 10 accidentes graves cada día. En la coyuntura mencionada por la pandemia por la COVID-19, se incrementó la tasa de paro, junto con una menor actividad económica, lo que coincide con la reducción de los accidentes mortales in itinere (40 menos que en 2019). No obstante, dicha coyuntura económica del sistema capitalista se conjuga con un incremento de los accidentes mortales en el puesto de trabajo (53 más que en 2019).

Junto con los accidentes y muertes contabilizadas entre los y las trabajadoras, el contagio de SARS-CoV-2 presenta un claro componente de clase, puesto que los trabajos más precarios son los de mayor riesgo de contraer y propagar la enfermedad. Los factores involucrados incluyen la insuficiente disponibilidad de mascarillas y otros equipos de protección personal, lugares que impiden el distanciamiento social, deficiencia en la ventilación, tiempos prolongados de actividad laboral, transporte público insuficiente y masificado, dificultad en la realización de test para el diagnóstico precoz de la enfermedad, ausencia de registro y seguimiento de casos, así como protocolos para la reincorporación al trabajo tras el cuadro agudo de la enfermedad, entre otros. Todo ello predispone a los y las trabajadoras ocupadas en los trabajos más precarios a sufrir un deterioro más grave de su salud. A su vez, la clase obrera migrante presenta un mayor riesgo en la actual situación, si cabe, por las barreras lingüísticas, la contratación ilegal y, en consecuencia, las dificultades de recibir atención sanitaria asociada a la actividad laboral y compensación económica por accidente laboral. En este punto, es necesario mencionar la incapacidad transitoria o permanente asociada al síndrome respiratorio por la COVID-19, así como sus riesgos psicosociales. Aparte de la inseguridad que supone per se el mercado laboral capitalista en el conjunto de la clase obrera, se añade la inseguridad laboral por las secuelas de la infección a nivel respiratorio, tales como la fibrosis pulmonar o la enfermedad vascular pulmonar, entre otras, que abocan a los y las trabajadoras a situaciones de paro de larga duración.

En tiempos de pandemia, la desinfección es uno de los elementos clave para mantener la higiene en el trabajo que, sin embargo, supone un riesgo añadido en profesiones altamente feminizadas en el conjunto de los sectores, así como en el sanitario. Aprovechamos aquí para elogiar merecidamente el papel del conjunto de los y las trabajadoras en el ámbito hospitalario, así como en el de cuidados en el hogar. En contra de lo recomendable, el personal de limpieza en hospitales, así como en otros sectores, realiza su labor frecuentemente con ritmos de trabajo enormemente incrementados, sin un aumento proporcional de la contratación, combatiendo en primera línea contra el SARS-CoV-2, en situaciones de precariedad y de desigualdad en función de si trabajas para una (parásita) subcontrata que lucra al empresario o para el servicio público de salud. El incremento de la frecuencia de uso y de la concentración de desinfectantes se ha relacionado con un incremento de afecciones a nivel respiratorio y dérmico, así como para el conjunto de la población. A nivel laboral, el uso de productos sensibilizantes e irritantes aumenta el riesgo de contraer asma o la enfermedad pulmonar obstructiva crónica.

La infección por SARS-CoV-2 mata, pero mata más en el capitalismo.

Olga Lepechinskaia


[1] Enciclopedia colaborativa en la red Cubana. Ecured.cu

[2] Enciclopedia colaborativa en la red Cubana. https://www.ecured.cu/Gripe_espa%C3%B1ola