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En abril de 2016, en los despachos de la presidencia francesa, de varios ministerios y de unas cuantas empresas, se brindaba con champaña de la buena. Acababan de cerrar un multimillonario negocio con Australia. Francia suministraría 12 submarinos a Australia por un valor de 34 mil millones de eurazos, los cuales, por arte de magia pasarían a ser 56 mil millones este pasado mes de septiembre.

Construir esos juguetes para la guerra iba a salvar los astilleros públicos DCNS; ahora se llama Naval Group, y ya tiene un 35% de acciones del gigante Thales Group, el cual tiene un 25% de acciones del Estado francés, un 25% de Dassault Aviation y un 50% de inversores diversos, básicamente capital financiero. Un contrato que iba a generar miles de empleos, como los que defienden PODEMOS y sus socios menores.

Desde hace años la Unión Europea sueña con la construcción de un complejo industrial-militar capaz de dotar de independencia tecnológica al tan cacareado euro-ejército que nunca se acaba de materializar. Y, al igual que el complejo estadounidense, deberá ser la chistera de mago dónde se metan recursos públicos y salgan beneficios privados. Nada nuevo bajo el sol.

Pues 5 años después de la firma del contrato lanzan el torpedo, nunca mejor dicho, de que se suscribía un pacto estratégico de defensa entre Australia, Reino Unido y EEUU para contrarrestar militarmente a China en la región del Pacífico y del Índico. Entre los compromisos del pacto está el suspender la compra de los 12 submarinos franceses de motor diésel, y comprometerse a comprar el equivalente en submarinos nucleares a los EEUU. La champaña se les fue por la nariz a los galos; Thales, el accionista privado de Naval Group, rápidamente emitió un comunicado diciendo que la inexplicable decisión australiana no iba a alterar sus magníficos resultados. El ministro de Exteriores francés, Jean’Yves Le Drian, dijo que “esto no se hace entre aliados”, y que literalmente “era una puñalada por la espalda”.

De este juego de trileros podemos extraer varias lecciones. En primer lugar, que la construcción de un complejo industrial-militar europeo será combatida por los EEUU y el Reino Unido, y que las posiciones timoratas de la nueva socialdemocracia de Unidas Podemos apoyando la industria de la muerte española “porque da trabajo”, aparte de cínica e inmoral, es hambre para hoy y más hambre para mañana. En segundo lugar, que ser miembro de la OTAN es estar subordinado a los Estados Unidos; ni socios ni amigos, la OTAN es la legión extranjera yankee. En tercer lugar, se pone de manifiesto, nuevamente, el aumento de la agresividad de los EEUU contra China; y la política militar expansiva a la que los EEUU nos  arrastra contribuye significativamente a nuestro empobrecimiento y a una guerra de consecuencias terribles para la humanidad.

La última lección, quizás la más importante, es que, en esa cueva llena de presidentes, ministros y directivos de grandes monopolios, con vestidos y corbata de seda, lo único que hay son hampones de la peor calaña, capaces de arrasar países, asesinar a millones y robarse la cartera entre ellos si ven la oportunidad.

En el imperialismo los pueblos y su mayoría trabajadora no podemos esperar nada bueno. La salida de la UE y de la OTAN es una necesidad para la clase obrera de los pueblos de España. Y por más que nos digan algunos memos que, como tenemos compromisos internacionales, debemos acoger de buen grado la Cumbre de la OTAN este 2022; los y las comunistas tenemos claro que es imperativa la conquista del Socialismo. Por la soberanía, la paz y la amistad entre los pueblos.

Ferran N.

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